Fernández Albor, en una imagen de 2013, durante un homenaje que se le rindió en Compostela
Fernández Albor, en una imagen de 2013, durante un homenaje que se le rindió en Compostela - MIGUEL MUÑIZ
PERFIL

El siglo de Fernández Albor

Su contacto con los intelectuales galleguistas en los cincuenta y sesenta fraguó su compromiso con Galicia, que plasmó en su presidencia. Tras la moción de censura que lo derroca en 1987, encuentra un nuevo escenario en Europa, donde su mensaje de concordia le granjea gran aprecio

SANTIAGOActualizado:

Cuando Gerardo Fernández Albor vio la luz el 7 de septiembre de 1917 en Santiago de Compostela, Europa estaba en guerra, la primera de sus contiendas mundiales. Cien años después, cuando su centenario corazón decidió apagar su luz, el viejo continente seguía enredado en sus conflictos internos sobre quiénes y cómo formaban parte de su proyecto. En cien años, al doctor Albor le dio tiempo a contemplar el cruento conflicto civil español, la Segunda Guerra Mundial, una larga dictadura y el regreso de la democracia a España, donde su Galicia natal recuperó su condición de territorio histórico. Un siglo de vida en paralelo a la trayectoria más convulsa que se recuerda de Europa, España y Galicia, y en la que tuvo un papel protagonista en esta última.

Fernández Albor nació en una Compostela de aldea y catedral, en el seno de una familia que regentaba un céntrico hostal y que se empeñó en que su hijo, el segundo de cinco hermanos, pudiera estudiar. A mitad de sus estudios de medicina en la Universidad de Santiago, la guerra lo obliga a alistarse en la Marina. Solo la intercesión de un mando militar que lo envía a la aviación le impide morir en el naufragio del crucero Baleares, en el que estaba destinado. Participó y se formó en el ejército alemán, lo que sus detractores emplearon para manchar su trayectoria vital. Pero lo cierto es que volvió a Galicia una vez concluyó el conflicto bélico español para retomar sus estudios de medicina y obtener su título de doctor por la Universidad de Salamanca.

Su primer contacto con los intelectuales galleguistas se produce en las décadas de los 50 y 60, coincidiendo con el regreso de Ramón Piñeiro a Compostela. Su contacto con los intelectuales de la editorial Galaxia, los Otero Pedrayo, Fernández del Riego o Isla Couto acentuó su compromiso con Galicia, ayudando a la creación de la Fundación Penzol o el Patronato Rosalía de Castro. En el seno de la actual USC, promovió la creación del Instituto da Lingua Galega, para la difusión de la lengua propia de Galicia.

Entrada en política

La política llamó a su puerta por primera vez en los setenta. Lo hizo Meilán Gil para que engrosara las filas de la UCD, a lo que Albor se negó, anteponiendo su compromiso profesional al frente del hospital La Rosaleda, que él había fundado en Compostela y que era mucho más que un centro médico. Su inquietud política se materializó en «Realidade Galega», un grupo de intelectuales galleguistas de amplio espectro ideológico. Su salto a la política se produce de la mano de Alianza Popular en 1981, cuando Manuel Fraga le propone encabezar la lista de las primeras elecciones tras la aprobación del Estatuto de Autonomía. «Es tu deber en este momento», le dijo su mujer. Y el doctor Albor accedió. Detrás de aquella decisión también estuvo la mano de Maria Victoria Fernández España y Augusto Assía.

Milagrosamente —como recuerda José Luis Barreiro—, aquella AP que parecía concienzudamente antiautonomista ganó las elecciones de 1981 y accedió al gobierno gallego, ayudada por la exclusión del parlamento de varios diputados nacionalistas que se negaron a prometer la recién nacida Constitución de 1978.

Fue tras el derrumbe de la UCD en las municipales de 1983 cuando la frágil mayoría de AP encuentra solidez para empezar a desarrollar una autonomía que estaba en un estado embrionario, sin infraestructuras ni instituciones sobre las que construir el autogobierno. El mérito de Albor y su equipo estuvo no solo en poner en marcha proyectos como la actual sede de San Caetano, los medios públicos o las primeras grandes obras viarias, sino desarrollar una legislación que aquilatara el sentimiento identitario de un pueblo que no sabía qué era aquello de la autonomía. Un ejemplo fue la ley de símbolos de Galicia o la de normalización lingüística, que rescataba al gallego de la larga noche de piedra de las décadas anteriores. Cuenta la anécdota que Felipe González, durante una reunión en Moncloa, bromeaba con que acababa de recibir al presidente catalán, quien le llevaba la señera como símbolo de su territorio. Albor no se contuvo: «Pues yo traigo también la mía», le replicó.

La convicción galleguista de Albor fue una pica introducida en el ADN de AP —y posteriormente del PP— que marcó a fuego el mensaje político del centro-derecha hasta nuestros días, abrazado posteriormente por Manuel Fraga, Xosé Cuiña o, en la actualidad, Núñez Feijóo. Su legado fue honrado y respetado por sus herederos políticos.

Su momento más duro como político fue la moción de censura que, liderada por su exvicepresidente José Luis Barreiro, le apeó de la Presidencia de la Xunta en 1987. «Nunca dejamos de querernos», confiesa Barreiro, «nunca tuve nada contra él, y Albor nunca me manifestó la idea de estar enfadado conmigo». Hoy recuerda al Albor presidente como «una persona magnífica, de diálogo, excelente antes y después de la moción de censura», y que conseguía empatizar con un pueblo gallego «que le gustaba lo que le decía».

Su epílogo político estuvo en Europa, a la que viajó en 1989 como eurodiputado y para afrontar un papel protagonista como presidente de la comisión de asuntos exteriores, la de reunificación alemana o el intergrupo del Camino de Santiago. «Era una persona buena, de concordia, algo muy apreciado en Bruselas», recuerda Marcelino Agís, uno de sus colaboradores más estrechos en los últimos años.

Se retiró de la política activa en 1999, con 82 años y una lucidez envidiable. Desde su casa de Biduido siguió contemplando Galicia, sus gentes y su política, y su última alegría fueron las victorias electorales de Núñez Feijóo, un político al que le profesaba —y era recíproco— un enorme cariño personal. En él veía «al discípulo que lograba la culminación de su sueño autonómico».