Restricción o responsabilidad

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En 1940, el premio Pulitzer y profesor de historia constitucional, Charles Howard McIlwain, dio a la imprenta su obra definitiva, construida pacientemente con las miles de notas acumuladas a lo largo de los años en su pequeño despacho de Harvard. La llamó «Constitucionalismo antiguo y moderno», apenas 160 páginas en su edición original de la Cornell University Press, que ejercieron una extraordinaria influencia en todos los que con posterioridad se ocuparon de analizar los entresijos de la relación latente entre los ciudadanos y el poder que, mal que bien, los gobierna.

Descubrió entonces McIlwain una vieja dicotomía que aparecía reiterada y machaconamente en cualquier texto que tuviese que ver con el pacto entre gobernantes y gobernados, desde las categorías jurídicas medievales, hasta las constituciones modernas. Tal dicotomía se refería, en esencia, al difícil equilibrio que se apreciaba entre lo que precisaba regularse, incluso prohibirse y lo que debería en pura justicia dejarse al buen criterio y a la recta razón del ciudadano.

Habló entonces de restricción frente a responsabilidad, contemplando los múltiples matices que tenían cabida entre tales límites, concluyendo que la experiencia aconsejaba restringir sólo lo inevitable y confiar en los altos niveles de responsabilidad que podían apreciarse sin dificultad alguna en las sociedades abiertas.

No parece que las conclusiones de McIlwain hayan perdido su dosis de frescura desde entonces. Sigue siendo evidente que cuanto más restrictivo es un modo de gobernar, menores posibilidades caben a los ciudadanos para su desarrollo y prosperidad.

Creímos, más bien ingenuamente, que la caída del muro de Berlín habría desanimado suficientemente a los partidarios de la sujeción, viendo, como todos vimos, a qué descarnadas honduras de deshumanización había conducido el deseo de regularlo todo, según los preceptos de una felicidad impuesta.

El tiempo nos ha quitado la razón, ya es 2010 y los amigos del precepto permanecen cómodamente instalados en el poder, más aplicados que nunca a la tarea de señalarnos caminos, vendidos como celestiales aunque a algunos nos sigan pareciendo retorcidas sendas de burra. Véase la España de Zapatero, ya en el camino de convertirse en ejemplo canónico de cerril restricción.

Un lugar insalubre y tristón, donde el gobierno se hace omnipresente, señalando, por ejemplo, en qué idioma deben aprender sus infantes, cómo han de rotular sus negocios los comerciantes, qué ideología debe dominar en la escuela y todo lo que se quiera poner a continuación, restricción sobre restricción enmarcada en una vacua sonrisa.

Aseguran que no pasa nada, que reina la normalidad, reparten pan y circo en forma de cresos sindicatos subvencionados y una intelectualidad interesadamente afecta. Con todo y al final quedan los hechos con su tozuda realidad, caminaremos juntos, hombro con hombro, como los operarios de Metrópolis, dicen que hasta los 67 años, tal vez los 70, era de esperar, tanto óbolo ganador de voluntades, tanta economía de estufa, raquítica y sobreprotegida, ha dejado las arcas secas y los corazones arrasados por la tenue perplejidad.