El parto de los montes

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Es sabido que los Montes de Piedad, antepasados ilustres de las Cajas de Ahorros, fueron un invento franciscano, nacido para evitar la usura con la que procedían los prestamistas.

Ocurrió en la Italia del siglo XV, en lugares de historia vieja y nombre venerable como Mantua, Savona o Florencia. De este modo, campesinos, artesanos y comerciantes podían aspirar al progreso acudiendo al Monte di Pietà en busca de amparo en tiempos de dificultad y de soporte económico cuando las coyunturas de bonanza aconsejaban la búsqueda de nuevas oportunidades.

Apoyándose en el auxilio de aquellas instituciones, podían eludir los intereses usurarios que les exigían los protobanqueros del momento, nunca por debajo del 20% del valor del préstamo y, a menudo, dos o tres veces más que aquel disparatado valor. El mecanismo de la transacción resultaba muy sencillo, el solicitante empeñaba algún objeto de valor del que pudiese desprenderse, una capa de buen paño, alguna pieza de oro o plata, y el monte le otorgaba un préstamo a ningún interés o imponiendo uno muy razonable, hasta la extinción de la deuda.

En cuanto a las Cajas, como modernamente se entienden, se suele citar al filósofo utilitarista inglés Jeremy Bentham como el verdadero inspirador de las primeras cajas de ahorros del siglo XVIII. Bentham, un filósofo conceptualmente impecable, poco amigo de las alharacas del pensamiento y firme partidario de las políticas útiles y efectivas, al que le gustaba decir: «Bien y felicidad son la misma cosa, y evitar el dolor y promover la felicidad constituyen las dos reglas básicas de todo buen gobierno de un país civilizado», entendía aquellas fundaciones para el ahorro como una forma de inspirar seguridad y esperanza en el futuro a los más desfavorecidos.

De este modo, Europa se fue sembrando de Cajas de Ahorros, nacidas bajo los mismos presupuestos filantrópicos que habían inspirado aquellos primeros Montes de Piedad, hasta convertirse en entidades financieras de volumen cada vez más grueso. Algo que, naturalmente, no escapó a la atenta mirada del poder, de forma que, singularmente en España, fueron puestas primero bajo el «real patrocinio» para verse a cada paso más intervenidas por las autoridades estatales y provinciales, que con las sucesivas iniciativas legislativas del siglo XIX lograron asentarse cómodamente en sus consejos de administración.

¿Qué queda ya de todo aquello? Obviamente nada, las cajas modernas son bancos tutelados por el poder político, que tradicionalmente han debido plegarse a las veleidades de sus caprichosos patronos, fuesen o no viables los proyectos que les plantaban encima de la mesa. El resultado de tanto exceso aparece bien claro a vista de todos, las cajas, sometidas al arbitrio de aficionados al gasto y al oropel a costa de los demás, se han mostrado mucho menos efectivas y rentables que sus homólogos de dirección exclusivamente privada.

Ahora todo es llanto y crujir de dientes, como acostumbraban a hacer los viejos caciques en tiempos de Cánovas, los prebostes del norte y del sur de Galicia se aferran a la prebenda y claman contra el desdoro de la nación.

Que cada quien haga lo que quiera, en mi opinión, el dinero nunca ha tenido color, ni patria, ni religión; lo único que verdaderamente debiera preocuparnos es que quien cuida de nuestros ahorros, quien financia nuestras desmadradas hipotecas, sea honesto, eficaz y de fiar, con eso es más que suficiente.