Melancólico laúd
M. MUÑIZ

Melancólico laúd

Entrevista a Carlos Ariel Gracia Báez, director de orquesta

MANOLO DO RÍO
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Es el violoncello el melancólico laúd de los versos de Leopoldo Lugones, y la primera devoción e instrumento del músico y director de orquesta Carlos Ariel Gracia Báez. Nacido en Ciudad de México hace 37 años, el joven director ha encontrado tiempo para tejer un dilatado currículo que incluye estudios en el Reino Unido (donde obtiene los premios Post Office Young Conductors Award, Hugh S. Roberton en Escocia y Ralph Nordell) y diferentes trabajos de dirección (de la sinfónica y sociedad coral de la Universidad de Glasgow, el Genesis Ensemble, la Camerata de Zacatecas y huésped de las sinfónicas Nacional de México, Carlos Chávez, de Cámara de Bellas Artes, Filarmónica de Zlin, Xove y durante el encuentro con la Joven Orquesta Nacional de España en las Navas del Marqués), de ópera (The Rape of Lucretia, Faust para los «Amigos del Covent Garden» el estreno mundial de Doña Zenaida con Solistas de Morelos y como asistente del maestro Guido Maria Guida durante la producción del Der Ring des Nibelungen de Wagner). Otras actividades incluyen musicalizaciones varias para teatro, radio y televisión o la dirección del Collegium Musicum de Galicia, plataforma para impulsar la música clásica y los jóvenes intérpretes gallegos.

Collegium Musicum: cómo nació, funciones, objetivos...

La génesis de CM fue hace unos 7 años con la idea de asociar a los músicos profesionales en Galicia. Su finalidad principal es tanto promover la música clásica como crear salidas laborales para los músicos. La primera vez que vine a Santiago me di cuenta de que había muchísimos músicos talentosos (hay muchos conservatorios) y bien preparados pero que no encuentran salidas laborales. No ha sido tarea fácil: precisamente los músicos jóvenes, cuando salen del conservatorio, encuentran muy difícil el quedarse en Galicia, y emigran

¿Y el principal proyecto que habéis llevado adelante?

Desde hace 3 años elaboramos un catálogo de los músicos locales (edad, estudios, instrumentos…). Aunque cada año se renueva la plantilla, siguen apareciendo artistas del primer nivel, y nuestros esfuerzos se encaminan a que puedan encontrar salidas aquí.

¿Cómo te ha influido Santiago en tu labor de dirección, tanto por lo que se refiere al espacio físico como a las tradiciones musicales locales y a sus medios (órganos, música de la catedral, ordo prophetarum)?

Si, me ha influenciado, y muchísimo. Desde hace años tengo mucho interés por música medieval, del renacimiento y cancioneros, pero al llegar a Santiago, que es una ciudad llena de magia, me cautivó. Al profundizar he descubierto la inmensa riqueza que aún queda por descubrir. Y asimismo la música tradicional. Ya que hablamos del órgano (hace unos días estuve en Mondoñedo en un concierto informal para probarlo) me sorprende que las iglesias no incorporen suficientemente la música al culto. Mi primera impresión fue que había que llenarlas de música. Por desgracia, muchos de los órganos están en un estado tristemente lamentable. Es un patrimonio tan valioso como cualquier monumento arquitectónico. Nos hemos acercado a las autoridades eclesiásticas y para que se gestionen las ayudas necesitamos obtener opiniones especializadas de organeros. Ésa es otra de las misiones en las que está luchando el CM, y concretamente espero que este año podamos avanzar en este tema, al menos salvar un par de órganos, afinarlos y darles un poco de vida.

¿Eres moderadamente optimista sobre esta recuperación de órganos, muy abundantes en muchos pueblos y pequeñas iglesias gallegas y volver a ponerlos a sonar?

Es complejo. El órgano es un instrumento lleno de misterios y de historias. Al ser el instrumento más complejo hecho por el hombre, ha sido también el más codiciado. Ya desde tiempo de Bach sabemos de organistas mediocres que sólo esperaban la muerte de sus antecesores para apoderarse del órgano y que nunca dejaban tocarlo. La necesidad de mantener estos instrumentos en activo la entienden muy bien los ingleses y los alemanes, y eso por desgracia no pasa aquí. Los instrumentos están muy abandonados, muchos han sufrido reconstrucciones «modernas»… ¿Cómo vamos a entender la historia si no nos remitimos exactamente al sonido original y sus posibilidades expresivas?

Aparte de su trabajo con Collegium Musicum, también realiza (o ha realizado recientemente) trabajo con grupos pequeños, como la Academy of St. Matthew’s, espectáculos de cabaret…

Sí… La Academy es una ensemble pequeña que formamos en Londres con mis compañeros de colegio. Ahora hacemos, junto con la orquesta de cámara de Cerdeña, una colaboración permanente en el Medio Campidano, un festival en el que se fusiona música clásica, música autóctona -sarda-, etc… Los de Londres procuramos juntarnos por lo menos una vez al año para realizar un concierto. Y la experiencia es muy mágica: no sólo es un privilegio tocar con músicos estupendos, sino que además son amigos, y ese creo es el punto fundamental.

¿A tenor de estas relaciones con lo étnico y lo popular, como ve la situación actual de la música clásica? ¿No da ésta la impresión de haberse convertido en un nicho cultural y de mercado cerrado, al margen de los gustos populares?

Te lo digo con mucha franqueza: a mi me cuesta mucho trabajo ir a un concierto. También creo que la música clásica como está concebida ahora (incluso aquí, en Galicia) es elitista, y está hecha para un público demasiado erudito que no existe. Yo me desvinculo totalmente de esta forma de hacer música. Pienso que, sobre todo aquí, hay que hacer mucho trabajo previo de cara al público. Mucha gente no sabe lo que es, o las posibilidades que tiene una orquesta sinfónica, o que gran parte de sus impuestos se van a pagar a esas orquestas sinfónicas. En la medida en que nosotros, el público, seamos más exigentes, entonces sí que puede surgir un diálogo. Pero de momento, es un diálogo de sordos. Decía Häendel el día del estreno del Mesías cuando le dijeron «Maestro, qué extraordinaria pieza de entretenimiento ha compuesto usted», y él, extrañado, contestó: «Mi deseo no era entretenerlos, sino hacerlos mejores». El concierto es un acontecimiento, una comunión entre público y músicos y la divinidad, y si eso no se da en cada concierto, y si esto se convierte en una actividad rutinaria, donde ni siquiera los músicos se están divirtiendo, ¿cómo se va a divertir el público?

Usted es de formación cellista, y recientemente ha estado dirigiendo piezas de Bach. Como sabe, suele haber muchas polémicas sobre la autenticidad de las interpretaciones en relación con los instrumentos que se emplean (y recrean). ¿Qué opina del tema?

Yo respeto el academicismo de los puristas. Ahora bien, considerando que cuando Bach compuso «La Pasión según San Mateo» o «La misa en Si menor» y estaba por estrenarlas, siempre se quejaba de los pocos recursos, cantantes… Lo cual me lleva a pensar que un músico de sus características era un visionario. Si nos limitamos a interpretar su música con pocos recursos, o instrumentos época, estamos recreando una pieza de museo, y no una obra de arte -que debe ser atemporal-. Hoy por hoy vivimos en una era tecnológica que permite tener instrumentos de primerísima calidad, que no se desafinan cada cinco minutos, y sin cuerdas de tripa. Creo que Bach no se hubiese opuesto a abrir las posibilidades de interpretación. Actualmente estoy estudiando a dos compositores que me fascinan: Juan de la Encina y Mateo Flecha, del renacimiento español. Y justamente veo que ya la música de esta gente era lo suficientemente intensa, dramática y potente como la misma ópera romántica. En la versión de los puristas, no suena de esa manera. Yo prefiero irme a un concierto y llenarme de emoción, a que todo suene mortecino, con un color y timbre relativamente bonitos pero todo sin expresión. Eso no puede ser: no se ajusta. Bach y los medievales también eran apasionados. Y eso es lo que hay que hacer para que la gente vaya a los conciertos: emocionarlos.

Para terminar, quisiera preguntarle por la influencia que ejercen sobre usted sus tradiciones autóctonas, sobre todo de la música colonial mexicana, virreinal y renacentista?

En efecto, me apasiona muchísimo ese siglo de la historia. No sólo por la enorme producción musical (la obra musical en el mundo hispánico de la época es casi tan grande como los últimos dos siglos de producción actual). Además, la complejidad rítmica, armónica, contrapuntística de la música de aquella época es digna de mención. Los jóvenes tienden a descalificarla pensando que es música antigua, «música de iglesia». Pero aunque hubiese menos tecnología y un pensamiento lineal, era una música muy evolucionada, con gran variación. Si me permite la analogía, era una música que empleaba todo el alfabeto -mientras que muchas de las piezas actuales y populares restrigen su registro a las vocales-. Al descubrir América, toda esta música se exporta. Y después de la conquista viene la evangelización, que se hace con música. En las crónicas se habla de la habilidad enorme que tenían los nativos para aprender a cantar; esto me apasionó. Pero, por desgracia se conoce poco y quedan muchos manuscritos por rescatar. n