Juan Soto - El garabato del torreón

Vicetto y el privilegio lucense

En Galicia, sobre todo escritor de ficciones históricas descuella sin duda el ferrolano Benito Vicetto

Juan Soto
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Ni siquiera desde el chovinismo más irreductible podrá negarse que, hasta hace relativamente poco, los estudios sobre la historia de Galicia científicamente solventes eran más bien escasos, casi insignificantes comparados con el torrente de textos más próximos a la mera conjetura literaria que al rigor, y más sustentados en la imaginación que en la consulta e interpretación de fuentes fiables. Limitándonos a jurisdicción lucense, un libro de gran aprecio para los bibliófilos, «Argos Divina» (hacemos gracia del extenso encabezamiento de su título), obra póstuma del canónigo Juan Pallares y Gaioso, dada a la imprenta en 1700, cuando el capitular llevaba más de treinta años en el otro mundo, es mencionado, una y otra vez, como «la primera historia de Lugo», virtud verdadera y no menor. El mérito, sin embargo, no puede ocultar algunas de sus fantasiosas digresiones, consecuencia, dirá el indulgente historiador y arzobispo Antolín López Peláez (gallego de El Bierzo, como él mismo se consideraba), del empeño de Pallares en «transcribir y comentar los falsos cronicones, estúpidos engendros de la malicia de cuatro desaprensivos bellacos».

A Manuel Amor Meilán nadie podrá discutirle el mérito de acometer la tarea de escribir la primera «Historia de la provincia de Lugo», al que hay que añadir una virtud estimable: algunos de sus tomos (todos en edición costeada por la Diputación) se leen como una novela, es decir, como lo que realmente son.

Pero en Galicia, sobre todo escritor de ficciones históricas descuella sin duda el ferrolano Benito Vicetto, poeta, periodista, dramaturgo, novelista y autor de una monumental «Historia de Galicia» en siete volúmenes. A los lugueses nos toca de cerca su novela «Los hidalgos de Monforte», una de las curiosísimas divagaciones salidas del magín de quien fue calificado alguna vez como «el Walter Scott de Galicia».

El próximo domingo, octava de Corpus, se repetirá en la catedral de Lugo la ceremonia de la ofrenda del antiguo reino de Galicia a Jesús Sacramentado, actualización del acuerdo protocolizado en 1669, si bien no sustanciado hasta 1772. Como es sabido, la Ofrenda comprometía a las capitales del antiguo reino de Galicia a pagar a la catedral lucense una renta de «mil quinientos ducados» destinada a reparar «el poco ornato y decencia de luces» de que, por lo visto, adolecía el tabernáculo del Santísimo, en exposición permanente por privilegio todavía hoy discutido en sus orígenes. A eso precisamente, a la raíz de la prerrogativa, echa su cuarto a espadas Benito Vicetto, en un trabajo que permanece inédito y en el que afloran las dos principales características de su autor: imaginación bastante exorbitada y prosa un tanto afectada.

En su «Estudio histórico sobre el privilegio que goza la Santa Iglesia Catedral de Lugo de tener manifiesto constantemente a Jesús Sacramentado» Vicetto da respuesta (o eso cree él) a una cuestión hasta entonces no ya irresoluta sino ni siquiera planteada: ¿Por qué la catedral de Lugo tiene constantemente de manifiesto a Jesús Sacramentado? El dictamen vicettiano es categórico y, para que no quepan dudas acerca de su firmeza, lo proclama antes de argumentarlo: «Porque Lugo fue la primera ciudad episcopal que la España cristiana reconquistó a la España árabe, así como Granada fue la última».

A las otras catedrales de lo que Vicetto llama «el antiguo reino de los gali-suevos» no les fue otorgado el mismo privilegio porque se mostraron más pusilánimes frente a «la inundación árabe», consecuencia sin duda de encontrarse «invadidas por la pestilencia del arrianismo y del priscilianismo». Tras varias excursiones por episodios como la destrucción de la antigua Britonia «hasta los cimientos» o la audaz resistencia de los campesinos lugueses a las malvadas pretensiones colonizadoras de «las guarniciones ismaelitas de Astorga y León», el autor deduce, como conclusión irrefutable, que el obispo Odoario determinó por sí propio esablecer el privilegio de la exposición permanente. Y una vez tomada la decisión, ahí quedó hasta hoy. «¡Qué sed, qué hambre de ver continuamente al Santísimo Sacramento no tendrían esos cristianos, antes de la reconquista de Lugo, al vivir como habían vivido hasta entonces en las cavernas más ocultas», se lee en la emperifollada prosa del ilustre ferrolano.

Vicetto, tesonero e irreductible en sus especulaciones, reconoce que tal vez alguien pueda objetar contra su teoría el hecho de que esa decisión de la exposición permanente no conste en las memorias del obispo repoblador. Es un reparo insignificante, que no merece siquiera ser considerado, porque «¿a qué consignar él lo que, para el caso, venía a ser una puerilidad o una cosa que sumamente que caía de suyo?».

De cualquier modo, a todo aquel que se atreva a cuestionar la opinión vicettiana, nuestro autor le recomienda, en las líneas finales de su ensayo, que no despache su tesis con una lectura apresurada de las cuartillas en las que la expone, sino que se tome la cosa con calma y espíritu receptivo. «No nos leais superficialmente, porque entonces os parecerá todo una monstruosidad. Así sucede con el Escorial: visto de lejos parece un conjunto informe, pero cuánto más uno se acerca a él y lo penetra y lo profundiza, entonces irradian esplendor sus más profundos lineamientos». Seguiremos su consejo, por supuesto.

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