Juan Soto - EL GARABATO DEL TORREÓN

Rencores incesantes

Muchos escritores que evacúan vía crowdfunding creen que Borges es una marca de frutos secos

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Quizá a esos muchachos que se malganan la vida googleando ante el ordenador y ahorrándole papel higiénico al editor el nombre de Bocelo les diga nada. La desmemoria es sino de los tiempos, como el descrédito, el desatino y otros prefijos de inversión. Es morbidez generacional: muchos de los jóvenes escritores que evacuan sus excreciones vía crowdfunding creen que Borges es una marca de frutos secos. Pero además de en el tiempo, el nombre de Bocelo se ha desleído en la opacidad de un apagón intencionado, en una mudez revanchista, como la de los novios cornudos que no logran superar el trauma de que su chica les cierre un día el corazón y las piernas.

Nació hace un siglo y este verano se cumplen 21 años de su muerte. Casi toda su carrera periodística transcurrió al frente del primer periódico de Galicia, al que consiguió situar en el cogollo elitista de los de toda España, aunque para ello tuviera que arrostrar sanciones, fricciones y suspensiones de una Dirección General de Prensa que se balanceaba entre el jonsismo de Aparicio y el falangismo de Fernández Sordo.

Bien cierto es que desde que el mundo existe se viene cumpliendo el deprimente aforismo lopista de que «el ingrato el bien escribe en agua, el mal en piedra». Y quizá con eso baste para explicar el intento de evaporar toda mención a Bocelo y con ello borrar su huella. La ingratitud, como la maledicencia, es la alfalfa del inquisidor. Pero, por fortuna, las maquinaciones silenciadoras no pueden, ni ahora ni nunca, con la firmeza de quienes están decididos a impedir que la verdad quede arrinconada en un mundo de fantasmas. Con esa determinación acaba de editarse el libro ‘Bocelo. Crónica de un tiempo olvidado’ (EspacioCultura Editores), cuyas casi ochocientas páginas sirven para refrescar memorias, reparar olvidos y enmendar agravios. No hay morralla tan amnésica como la de los sustitutos y beneficiarios. Su vocación es la de enterradores y su impulso, la envidia. Pero siempre quedan algunos albaceas morales dispuestos a que el odio no lo devore todo.