Juan Soto - El garabato del torreón

Fray Plácido, hace 100 años

A finales de este año se cumplirá un siglo de la nominación del franciscano Plácido Ángel Rey Lemos para la diócesis de Lugo

Juan Soto
Actualizado:

Enaltecido hasta la santidad por unos, criticado hasta la calumnia por otros, discutido por casi todos, no hay duda de que el franciscano Plácido Ángel Rey Lemos fue el obispo de Lugo más popular no ya del siglo XX sino desde mucho tiempo atrás hasta nuestros días. A esa popularidad contribuyó, primero, el hecho de haber nacido, de familia muy humilde, en la Praza do Campo, en el mismísimo corazón de la capital de la provincia, y luego, sus conflictivas relaciones con el estamento eclesiástico y con algunas organizaciones religiosas. En Lugo, ciudad tan aficionada a conmemorar cuantas idioteces tuvieron asiento en ella, no hay placa que señale su casa natal.

A finales de este año se cumplirá un siglo de su nominación para la diócesis de Lugo. Era entonces administrador apostólico de la de Jaén. Su nombramiento para la sede lucense tiene algo de permuta: Manuel Basulto, que la ocupaba desde 1910, pasa a desempeñar el obispado jienense, cometido en el que permanecerá hasta su muerte en agosto de 1936, víctima de las siniestras jornadas de Paracuellos.

Siguen estando borrosos por la confusión muchos de los episodios que jalonan la prelatura lucense de Rey Lemos, cuyo nombramiento para la misma se demoró varios meses, a causa de las denuncias que se hicieron llegar al nuncio Ragonesi. Algunas de tales imputaciones procedían de fuentes tan cualificadas como el cardenal Guisasola, quien calificaba al franciscano lucense (por escrito, para que quedase constancia) de «ligero, mundano y lleno de vanidad» y lo acusaba de mostrarse «excesivamente familiar con las mujeres». Esta recriminación venía a coincidir con el testimonio de algunas religiosas misioneras de la orden del Sagrado Corazón, las cuales advertían una excesiva ‘confianza’ entre el franciscano y varias jóvenes novicias.

Tampoco Pablo Garnica, titular del ministerio de Justicia —del que dependía la dirección general de Asuntos Eclesiásticos— era proclive a la promoción episcopal de Rey Lemos, a quien achacaba «ligereza, vanidad e imprudencia», según consta en la interesantísima documentación que obra en el Archivo Secreto del Vaticano, concienzudamente estudiada y publicada por el profesor Rodríguez Lago.

Los casi siete años de fray Plácido en Lugo tampoco estuvieron exentos de maquinaciones e intrigas, algunas de ellas alentadas desde instancias próximas a sus hermanos de hábito y otras motivadas por clérigos vinculados a su secretaría de cámara. Más de una de estas quejas y observaciones se le hicieron llegar desde Lugo a Pio XI y varias estaban sobre la mesa del pontífice cuando, en mayo de 1927, recibió al controvertido prelado en visita ad limina. La estancia de fray Plácido en Roma se prolongó mucho más de lo previsto y cuando regresó a Lugo ya no lo hizo como obispo residente, sino con un despido por elevación: arzobispo de Pelusio, una de las muchas archidiócesis católicas suprimidas y únicamente existentes por título honorífico pero desprovistas de territorio y jurisdicción.

Menos de una semana bastó para que fray Plácido recogiese sus cosas y formalizase los trámites de despedida. A finales de septiembre salió para el convento franciscano de Zarauz. Allí falleció en el invierno de 1941 y allí está enterrado.

Este año se pretende, por lo visto, dotar de cierto realce los actos de la Ofrenda del Antiguo Reino de Galicia a Jesús Sacramentado, tradición que cumple 350 años y que lleva mucho tiempo en curso de caída libre. Quizá convenga recordar que fue fray Plácido quien tuvo la iniciativa de implicar en la Ofrenda a las capitales del Antiguo Reino, con invitación expresa a sus representantes para que asistiesen a la ceremonia y se estableciesen los turnos oferentes que —con algunos retoques— se mantienen hasta hoy, según ciclo formalmente reorganizado en tiempos del alcalde Manuel Portela.

En términos históricos, el período episcopal de Rey Lemos todavía está cercano. Ya llegará el momento de los balances reposados y las valoraciones desapasionadas. Pero, así, a primera vista, da la impresión de que, con sus luces y sus sombras, quienes le sucedieron en la mitra lucense no superaron su talla. Y eso que fue hombre de corta estatura.

Juan SotoJuan Soto