Juan Soto - El Garabato del Torreón

Entre Xelmírez y Xanceda

Una vida de un siglo da para mucho, en la de Albor no hay episodio que desmienta su bonhomía y su optimismo

Juan Soto
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Hay una visión miope y restrictiva de la famosa mesa camilla de Xelmírez, 15. Es aquella que limita a un tramo de edad la persuasiva labor de proselitismo y captación que Ramón Piñeiro llevaba a cabo (o eso se cuenta) sin moverse del refugio doméstico. Estaríamos, pues, ante una suerte de viaje iniciático que concernía exclusivamente a jóvenes universitarios residentes o desembarcados en Compostela, aquejados todos ellos de antifranquismo, cacao mental y galleguismo de Misa de Rosalía y Cousas de Castelao.

Tan falta de fundamento está esa pretensión de elevar la lozanía juvenil a categoría de concienciación generacional como aquella otra —difundida también en hojas volanderas, tertulias radiofónicas y hasta tesis doctorales— que aminora la importancia de la Casa Grande de Xanceda hasta restringir su uso y disfrute a la lucrativa (aunque poco aristocrática) actividad ganadera, centrada en la explotación de vacas, no recordamos si de leche o de carne, si frisonas, holstein o rubias gallegas. Un mundo, este de las vacas, muy presente desde siempre en la economía y la política gallegas.

La persuasión emanada de Xelmírez, 15 alcanzó asimismo a gente sobradamente talluda y fogueada. Y en la Casa Grande Xanceda, además de tanques de frío y salas de ordeño, hubo también su aquél de intriga y conspiranoia, casi siempre a media tarde, cuando ya estaban agotados los temas de obligado tratamiento: la corresponsalía bajo las bombas de la Luffwaffe, la antigua y sumisa fidelidad de los labradores de A Mezquita, la invención feudal de Galicia, la añoranza de un país sin rojos ni nacionalistas...

Muy pocos privilegiados se lucraron de las enseñanzas y beneficios de ambas factorías ideológicas. Uno de estos afortunados fue Gerardo (o Xerardo) Fernández Albor. Cierta vez se hizo un autorretrato fiel y bastante escrupuloso: «católico, de derechas y galleguista». Le faltó el matiz adverbial: moderadamente. Al menos para las dos últimas particularidades, porque lo de la conciencia y las convicciones religiosas cursan privadamente: moderadamente de derechas, moderadamente galleguista. Se puede ser católico, galleguista y de derechas. Lo fue Filgueira, lo fue Risco, lo fue Banet Fontenla, lo fue Beiras García, lo fue Cunqueiro, lo fue Xaime Illa Couto...

Su galleguismo moderado y amable, muy cultural, muy poco político, muy de nadar y de guardar la ropa, estaba llamado a no pasar la frontera del compromiso tibio y sin riesgo de contaminación: el patronato Rosalía de Castro (aquí se impone la mención a Agustín Sixto Seco, médico como Albor, galleguista como Albor, de derechas como Albor, católico como Albor), la Fundación Penzol, la editorial SEPT o, ceñido por fin el laurel fraguiano, la Fundación Alfredo Brañas. Antes del contrato como militante y de la ficha de Alianza Popular, a Albor sólo se le conocía un gesto de cierto compromiso político, siempre, eso sí, sin salirse del comedimiento: la firma al pie del iluso manifiesto de los ilusos promotores de Realidade Galega. Por entonces, Piñeiro ya le había convencido de que era necesario impregnar de galleguismo a las balbucientes instituciones autonómicas. La insistencia piñeirista fructificaría en los cuatro «independientes» (él mismo y otros tres) incrustados en las listas del PSOE, cuyos votos, llegados el momento de la investidura, caerían del lado de «o amigo Xerardo», captado para la ocasión por el propio Fraga, mediante intercesión y alabanza de Augusto y Totora, tras el consabido almuerzo en Xanceda.

Aquello sucedía a finales de 1981. Desalojaba el despacho Quiroga Suárez, otro médico. Y se iniciaba en la vicepresidencia Romay Beccaría. Al poco tiempo, convocado a menesteres de mayor rango, sería sustituido por Xosé Luis Barreiro, un joven licenciado en Políticas que buscaba trabajo a través de la sección de anuncios por palabras Sería Barreiro y su quinteto de conselleiros quienes, cuando declinaba 1986, desalojasen a Albor de la Presidencia de la Xunta y acomodasen en ella a un inexperto González Laxe. Lo que vino después, ya se sabe. «Aquí pasou o que pasou», resumió el viejo zorro Iglesias Corral.

Una vida de un siglo da para mucho. En la de Fernández Albor no hay episodio que desmienta su bonhomía y su optimismo. «Deus é bon e o demo non é malo», podría haber sido la leyenda de su heráldica. Es difícil encontrar en su biografía pública un palabra de ultraje o un gesto de desdén. Es un magnífico legado personal, desde luego. Pero tal vez el desempeño de la política exija inconfesables capacidades maniobreras y colmillos más retorcidos.

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