La gallega Dolores Vázquez en una imagen de archivo en los juzgados
Veinte años del caso Wanninkhof

Dolores Vázquez, la víctima en la sombra

Dos décadas después del asesinato de Rocío, la primera condenada por su muerte, protagonista del mayor error judicial de la historia española, trata de olvidar. Lo hace protegida por su pueblo, y esperandoun «perdón» que no acaba de llegar

Betanzos (La Coruña) Actualizado: Guardar
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La vida de Rocío Wanninkhof se truncó hace veinte años, cuando Tony King se cruzó en su camino y le asestó ocho puñaladas. Pero la joven malagueña no fue la única víctima de un crimen que conmocionó al país durante meses y, finalmente, le mostró sus vergüenzas. Por el camino quedó la imagen pública de Dolores Vázquez, protagonista de uno de los mayores errores judiciales de la historia española. Su cara —que llegó a calificarse como «el rostro de la maldad del principio del siglo XXI»— copó telediarios y portadas desde los albores de una investigación en la que la presunción de inocencia no tuvo cabida. Tras el juicio mediático, un tribunal popular la acabó sentenciando a 15 años de prisión por haber matado a Rocío, hija de una mujer con la que había mantenido una relación sentimental, pese a que no existían pruebas en su contra.

A toro pasado, resulta incomprensible que la acusación se sustentase sobre la base de que unas fibras de la ropa de Dolores apareciesen en una prenda de Rocío —un segundo análisis lo descartó— y sobre el presunto «rencor y odio» que la fallecida sentía hacia ella. Poco más al margen de una agente que se infiltró en su entorno y tachó a Dolores, una exitosa directiva hotelera, como «fría, calculadora y agresiva». La gallega, que llevaba años residiendo en la Costa del Sol, siempre negó los hechos, pese a las presiones a las que fue sometida. «Sabían que me asustaba la oscuridad, y esa noche encendían y apagaban la luz y me decían: ‘fuiste tú’» narró la propia Dolores sobre el proceso de investigación. «La Guardia Civil me decía: ‘cuando terminemos contigo ni tu abogado va a creer en ti’», recuerda de aquellos días oscuros. Después, un juicio con demasiados cabos sueltos y una condena de la que llegó a cumplir 17 meses hasta que su defensa consiguió la repetición de la vista y el ADN encontrado en el escenario de otro crimen (el de Sonia Carabantes) desenmascaró a Tony King.

Aquel inesperado giro del destino devolvió a Dolores su libertad, pero su imagen quedó empañada. A su salida de prisión no pudo encontrar empleo, por lo que se fue a vivir a un pequeño pueblo inglés donde nadie la conocía y reorientó su vida trabajando en una empresa de transportes. La distancia actuó durante años como barrera entre un pasado que olvidar y un futuro incierto, pero tras este autoexilio, Dolores Vázquez decidió recuperar su verdadera identidad y regresó a su pueblo natal, donde ha vuelto a ser Loli, «la de siempre».

De vuelta a casa

Por las calles de Betanzos, una localidad coruñesa de apenas trece mil vecinos, es frecuente toparse con ella cuando sale a hacer la compra o a desayunar. Hace un par de años que se compró un piso amplio y con garaje en el que vive sola, aunque cerca de una de sus hermanas. «Su madre —cuenta su entorno— murió poco después de que ella quedase libre, de lo que la pobre sufrió porque, aunque su familia se lo quiso ocultar todo porque ya era muy mayor, se acabó enterando», lamentan.

Hace años que nadie fotografía a Loli, que ha rechazado participar en este reportaje prolongando un silencio que ya dura años y en el que se escuda para seguir adelante. Su círculo la apoya y sus vecinos hacen frente común. «Lo pasó muy mal y no hay por qué revolver aquello» resume la camarera de una cafetería en la que Dolores suele parar. Lejos de esa imagen de frialdad que la sentenció, quienes la tratan coinciden al describirla como una mujer amable y hasta risueña. «Durante mucho tiempo perdió la sonrisa, pero ha vuelto a recuperarla» explica a ABC una amiga próxima. «Anímicamente está bien» introduce esta persona para valorar lo que la detención supuso en la vida de la gallega. «Era una profesional con una trayectoria impecable y una gran responsabilidad. Tenía más de cien empleados a su cargo y cuando tienes una responsabilidad así te vuelves una persona con narices, con peso, ganas carácter, pero para nada uno como el que vendieron. Eso fue todo una patraña. Ella es muy alegre, aunque es cierto que durante muchos años esa sonrisa se le borró, y con razón», relatan. «Amable, educada, respetuosa y prudente» son otros de los calificativos que todos los consultados encadenan al referirse a Loli, una mujer que, dicen, «sabe escuchar».

La acusación de asesinato que pesó sobre ella casi desde la desaparición de Rocío hasta que su verdadero verdugo entró en escena —en 2003, unos meses antes de que se repitiese el juicio contra Dolores— dejó graves secuelas en la personalidad de Loli. Por ejemplo, una necesidad casi irracional a la hora de apuntar sus rutinas en una libreta, de fijarse en las caras de los desconocidos o de memorizar matrículas. Se trata, aseguran los expertos, de una forma de protegerse ante una acusación falsa que le hizo perder toda confianza en la justicia. Cuando la investigación se dirigió a King, ella solo pidió que «reabran la investigación, lo hagan bien y encuentren al asesino de Rocío, porque alguien tuvo que hacerlo». Y así sucedió. Seis años después, el británico fue condenado a 19 años por la muerte de la joven, que falleció desangrada.

Un cambio integral

Dos décadas después de aquello, además de por dentro, Loli ha cambiado por fuera. El aumento de peso es sustancial con respecto a las últimas instantáneas que se conservan de ella y, a sus 67 años, acostumbra a teñirse el pelo de colores llamativos. «A veces lo lleva verde, a veces azul. Pero siempre va muy arreglada y guapa», explican en Betanzos. Acompañada de una prima o de sus amigos más íntimos es normal verla frecuentar la zona de vinos de la localidad, donde pasa parte de su tiempo de ocio. Ya no trabaja, pero sí ha llegado a colaborar con jóvenes del municipio en actividades culturales en las que demuestra sus conocimientos en el sector turístico. «Cuando empezó a venir no le gustaba mucho salir porque estaba como amedrentada, pero hace unos tres años que ha retomado la normalidad y es una vecina más», insiste su círculo, que reconoce que «ella nunca se refiere ni habla de lo sucedido».

Diana de uno de los mayores linchamientos públicos que se recuerdan —en prisión, las reclusas la recibieron al grito de «asesina»— la espina clavada con la que Loli convive no es solo la de su paso por la cárcel, sino la del trato recibido. En las contadas ocasiones en las que ha hablado públicamente de su particular calvario (la última, en unas conferencias en 2013) siempre ha reprochado que nadie haya levantado un teléfono para disculparse. «Nadie me ha pedido perdón», afeó muy emocionada en un acto en Madrid sobre la presunción de inocencia. En ese mismo escenario se reveló el daño moral ocasionado y que un especialista tradujo en cifras, asignándole a Dolores un valor de 35 cuando el de una persona normal, sin su trauma, llega a 100.

Darle la vuelta a estos valores es una de las metas de la Loli actual, que pidió cuatro millones de euros por el descomunal error del que fue víctima. Pero tampoco tuvo suerte en esta reclamación, que tanto la Audiencia Nacional como el Tribunal Supremo tumbaron. «Ni un duro por todo lo que le hicieron. La presión mediática fue terrible y la forma en la que sucedió todo... Ella siempre decía que no había ninguna prueba, pero que las tejieron con hilos para ir a por ella», expresan sus amistades, que en la actualidad reconocen «no saber cómo está bien después de todo lo que sufrió». La clave, su «gran entereza».

Rodeada de sus hermanas, de sus tíos y de sus ahijados, Loli ha logrado dejar atrás a la Dolores Vázquez que un país entero acusó. Su pueblo la protege y los fantasmas del pasado duermen al fondo del pasillo. Solo aniversarios como el que ahora se cumple son capaces de reabrir la herida. Quizás por eso estos días Loli prefiere no salir a la calle y esquivar por enésima vez un foco que nunca debió posarse sobre ella, la inocente condenada.