MAYORES QUE VIVEN SOLOS

Cuando la soledad es compañera de piso

Más de 120.000 mayores de 65 años viven solos en Galicia. Son más de un millón en toda España, y la lista no deja de crecer

LugoActualizado:

En el salón de Jaime hay un sofá con una cheslong que él nunca ocupa. «Yo siempre me siento aquí», comenta este catalán reconvertido en lucense señalando el asiento lateral, junto al que se eleva una montaña de periódicos deportivos. Sobra preguntarle de qué equipo es. «Me gusta el fútbol porque durante muchos años me dediqué a los fichajes de jugadores de equipos base. Yo me encargaba de arreglarles los papeles, de que los chavales llegasen al entrenamiento y de que nunca les faltase el bocadillo», explica desde su lado del sillón. Jaime nació hace 79 años en un barrio de Barcelona, pero por amor ha pasado los últimos veinte años de su vida en Galicia. Hace cuatro que su mujer, Maribel, falleció. «Se me fue entre las manos una noche», recuerda con la mirada fija en una de las fotografías de la pareja, que sigue presidiendo el salón.

Las estadísticas revelan que el número de personas mayores de 65 años que viven solas en España supera ya el millón. En el caso de la Comunidad gallega, esta cifra ronda los 120.000. Como Jaime, son muchos los que no tienen pareja ni una familia de la que echar mano. Es entonces cuando la soledad llama a la puerta. Aunque aquejado de reuma, Jaime se ocupa bien de su casa. Cocina, limpia, cambia la cama, lava y tiende la ropa. «Lo único que no puedo hacer es plancharme las camisas. Eso me lo hace una vecina», matiza apoyado en su bastón, con el que llega a cruzarse la ciudad a pie para hacer gimnasia en el puesto de la Cruz Roja.

Un salvavidas al cuello

Fue allí donde, poco tiempo después de perder a Maribel, Jaime pidió ayuda a una asistente social. Había dejado de dormir porque tenía miedo a que le ocurriese algo estando en casa y nadie pudiese socorrerlo. Y así, este septuagenario se convirtió en el primer lucense en tener un dispositivo GPS que lo localiza por satélite cuando sale a la calle. «Parece un móvil, pero no lo es. Una vez al mes tengo que llamar para confirmar que me pueden encontrar. Me dicen 'estás en tal calle' y efectivamente», expone con el aparato en la mano. De su cuello cuelga, además, un botón rojo del que nunca se separa. «Si me encuentro mal, me resbalo o me caigo, lo pulso y mandan a alguien que me ayude porque está conectado con el teléfono de casa». Le pregunto si ha tenido que usarlo alguna vez y exclama: «¡Gracias a Dios no, pero ahí está y duermo tranquilo!».

En casos como los de Jaime, en los que no hay hijos ni un familiar próximo en el que apoyarse, los vecinos se convierten en una ayuda fundamental. «Si me pasa algo y no pueden entrar en casa, mi vecina tiene una copia de mi llave. Incluso lo tuvimos que dejar firmado», incide. Al igual que él, más de 5.000 gallegos disponen de un servicio de teleasistencia que vela por su seguridad. Tener más de 65 años, vivir solo y mantener cierta autonomía son los tres requisitos que una persona debe cumplir para acceder a estos sistemas, que incluso pueden detectar si un mayor lleva demasiado tiempo sin moverse. «Yo vivo tranquilo, es lo mejor que una persona que se queda sola puede hacer porque ayuda mucho saber que, si lo necesitas, hay alguien al otro lado», resuelve este antiguo trabajador de la madera mientras trastea con la loza del día anterior en la cocina que él mismo fabricó. «Cuandos nos vinimos a vivir aquí no había mucho dinero y la hice yo», comenta mientras recorre un piso con dos habitaciones vacías y un baño que ya nadie usa.

El temor que empujó a Jaime a solicitar protección en su casa no es infundado. Según la Policía local de Vigo, los casos de accidentes en el hogar de mayores que viven solos se han disparado en los últimos tiempos. También los de ancianos que tienen que ser atendidos en plena calle porque se desorientan o se desvanecen. Y las perspectivas no son halagüeñas. La cifra de viviendas unipersonales habitadas por mayores de 65 años aumentó en más de 10.800 en la Comunidad gallega en los dos últimos años y es seguro que irá a más.

De las paredes de la casa de Jaime cuelgan varios puzzles con paisajes costeros. Son el reflejo de una afición que también ocupa su hueco en el salón. «¿Ves aquella mesa? Pues ahí hago los puzzles. Me entretiene mucho, pero no pueden ser de más de 1.500 piezas porque entonces no me caben. Ahora se me cansa la vista, pero me hubiera gustado mucho poder hacer uno de 2.000...», relata mientras se acerca a la ventana. Desde este séptimo piso se ve el jardín que está a la entrada del edificio, por el que Jaime vela día y noche. «Soy el presidente de la comunidad, es mi responsabilidad», nos sorprende. «Aquí no somos ricos, no hay mucho dinero, pero nos gusta vivir bien», reflexiona como responsable de un bloque de protección oficial con 92 vecinos.

Acostumbrado a los papeleos que acarreaba su trabajo como gestor en los equipos de fútbol, este inquieto anciano no dudó al hacerse cargo de la presidencia de la comunidad. «Mi mujer no quería, pero me metí. Ahora me ayuda mucho a estar distraído. Ando pendiente de que arreglen los suelos, de que pinten las paredes...». Hasta se hizo cargo de la colocación de una treintena de cámaras de vigilancia que evitan que el edificio, ubicado en un barrio conflictivo de la urbe amurallada, se exponga a peligros.

Con un manojo de llaves en un bolsillo y el móvil que lo mantiene localizado en el otro, Jaime baja hasta el portal a despedirse. En el trayecto, remarca las mejoras que se han acometido en el edificio y lo que queda por hacer. De regreso a su piso, este culé volverá a sentarse a la derecha del sillón, dejando libre el espacio que le correspondía a su mujer. Nadie lo acompaña, pero no está solo. Una luz que parpadea junto al teléfono de casa se lo recuerda.