José Luis Jiménez - PAZGUATO Y FINO

Contra Moncloa se vive mejor

En los discursos de los cuatro principales partidos influirá notablemente la variable del cambio en la Presidencia del Gobierno

José Luis Jiménez
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Arranca el curso político en Galicia y lo hace con dos novedades respecto al anterior: la inminencia de las elecciones municipales y el nuevo inquilino del Palacio de la Moncloa. En los discursos de los cuatro principales partidos gallegos, son las dos variables que condicionarán los mensajes de los próximos meses.

Empezando por esta segunda novedad, la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno es para el PP un balón enorme de oxígeno. Poder elevar el tono contra el Ejecutivo central sin caer en deslealtades siempre resulta beneficioso, aunque por el camino haya que explicar algún giro en el discurso, como por ejemplo en el caso del Puerto de La Coruña. Hace un año no se pedía la condonación de su deuda y ahora sí; pero es que hace un año, Fomento no pretendía borrar los números rojos del Puerto de Valencia, y ahora sí. Quien dice eso, dice el controvertido trato de favor a Cataluña en materia de peajes firmado por el ministro Ábalos, dentro de esta política de apaciguamiento del independentismo. El grado de sobreactuación de los populares medirá inversamente su credibilidad.

El PSdeG queda en una posición comprometida. Se equivocaría si se convierte en un simple palmero de aquello que decida la Moncloa, porque las primeras semanas están demostrando que si se va a beneficiar a algún territorio, ese no va a ser Galicia. Tienen prioridad Cataluña, Valencia y Andalucía, esta última aguardando a que Susana Díaz alumbre fecha electoral para el otoño. Curiosamente (o no), tres caladeros electorales que el PSOE necesita revivir para remontar en el Congreso. Su peso en escaños frente al de Galicia habla por sí solo. Gonzalo Caballero debe encontrar ese punto de equilibrio entre la reivindicación y el cierre de filas con Sánchez: despojarse de la indumentaria de profesor universitario y ponerse el traje de estadista, aunque aún no sea de su talla.

En una posición intermedia queda En Marea. Es cierto que los rupturistas forman parte del conglomerado Unidos Podemos que se ha erigido como socio parlamentario del Gobierno Sánchez, y que han adquirido una capacidad de persuasión (o coerción, llámenlo como quieran) sobre el Ejecutivo notable. ¿Pero es eso suficiente para torcer la voluntad de la Moncloa para que Galicia obtenga réditos políticos? ¿Y qué réditos podrían ser esos? ¿Condonar deudas portuarias o transferir la AP-9? Eso sería, al menos, estudiable. ¿Cambiar el voto emigrante? En eso ya parece haber acuerdo. ¿Modificar la financiación autonómica? La duda ahí no está en si el Gobierno transige (que no se ve factible), sino si en el propio seno de Podemos permitirían tratos desiguales cuando están jugándose electoralmente otros territorios que sí celebran autonómicas en mayo.

En aplicación de su inquebrantable coherencia (que algunos considerarán inmovilismo), el BNG mantiene su letanía de viejas propuestas: concierto económico, tarifas propias de luz, comisiones bilaterales al modo catalán... Por muy débil que sea el Gobierno de Sánchez, el simple hecho de que el Bloque no tenga uno o dos escaños con los que jugar en el Congreso envía sus reivindicaciones a la papelera, sin ni siquiera entrar a considerar su viabilidad o no. Son los peajes de la intrascendencia.

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