Marta Rivera toma posesión de su nuevo cargo el pasado 20 de agosto
Marta Rivera toma posesión de su nuevo cargo el pasado 20 de agosto - EFE
VACÍO DE PODER

Ciudadanos, sin rostro reconocible en Galicia a un año de las autonómicas

El trasvase de Marta Rivera al Gobierno de Madrid les descabeza ante la cita de 2020

SANTIAGOActualizado:

La sede central de Ciudadanos en Galicia, en Santiago de Compostela, amaneció el 27 de abril, víspera de las elecciones generales, con el exterior seriamente dañado por un acto de vandalismo. El frontal, acristalado, había quedado agrietado por lo que parecían golpes realizados con un objeto contundente. Con letras rojas, una pintada:«Fascistas fora da Galiza. Independencia» (sic). Cuatro meses después, borrada la pintada, el cristal sigue a la espera de arreglo. La sede, en cualquier caso, es escenario de una actividad muy reducida;la formación naranja convoca muy esporádicamente a los medios de comunicación. Un reflejo de que su penetración en la Comunidad sigue siendo muy escasa.

Esta falta de arraigo podría explicarse en parte por la idiosincrasia de la política gallega, donde el PPconcentra el voto del centro derecha en cotas que no se dan en ninguna otra autonomía española. Las tres últimas mayorías absolutas, sumadas a la larga etapa de dominio de Manuel Fraga, así lo atestiguan. Difícil papeleta la de cualquier recién llegado que intente pescar en un caladero marcado por la hegemonía histórica de los populares. Pero Cs tampoco ha puesto los medios necesarios para convertirse en un rival con capacidad para plantar cara en condiciones.

La última evidencia tiene nombre y apellidos: Marta Rivera de la Cruz. La lucense, tras sacar plaza en el Congreso por La Coruña el 28-A, parecía llamada a ser el rostro de Cs en Galicia, por puesto y perfil. La finalista del Premio Planeta puede presumir de un tirón mediático del que carece su compañera Beatriz Pino, que obtuvo escaño por Pontevedra. La noche de aquel día de finales de abril se aseguraba desde la sede naranja que «Ciudadanos está en Galicia y está para quedarse» y que Rivera y Pino serían la «voz de Galicia en Madrid». En el caso de la novelista, esa voz no ha tardado ni cuatro meses en apagarse: la semana pasada formalizó su adiós al Congreso y su salto a la Comunidad de Madrid como consejera de Cultura y Turismo, en el Gobierno de coalición que encabeza la popular Isabel Díaz Ayuso.

Vocación efímera

«La situación del partido es mucho mejor, estamos muchísimo más implantados y yo lo que tengo que hacer es lo que todo candidato: dejarse la piel», aseguraba Rivera en una entrevista con ABC el pasado mes de marzo. Una promesa electoral que ha demostrado tener temprana fecha de caducidad. Dado el bloqueo impuesto por Pedro Sánchez, la escritora no ha llegado a defender en ningún momento los intereses de su tierra natal en el Parlamento. Una presunta vocación que se ha evaporado en un suspiro. El nuevo capítulo en la trayectoria política de la también periodista es coherente con un recorrido en el que Galicia quedará como una mera nota al pie. Ya había sido diputada por Madrid y concurrir por La Coruña fue un movimiento fruto de las necesidades del partido, que carecía de un rostro reconocible, de un nombre que despertara una mínima conexión con el electorado.

Curiosamente, la que será su sustituta en la Cámara Baja, María Vilas, también ha prometido ser la «voz de los coruñeses y de los gallegos» en la capital. Vilas no solo recurre al mismo cliché manido, sino que reincide en el problema de fondo de Ciudadanos: su falta de recursos. Como consta en la web de la formación naranja, Vilas es su portavoz y coordinadora en Santiago desde 2016. El 26-M se quedó sin asiento en el ayuntamiento:Cs no pasó del 3,17% de los votos. Con ese bagaje da el salto a Madrid.

Batacazo en 2016

Con Rivera metida de lleno en sus nuevos quehaceres, Cs vuelve a quedar descabezado en Galicia en el peor momento posible: a un año de las elecciones autonómicas. Ese será el auténtico examen de su implantación en la Comunidad. Toda una reválida después del batacazo de la convocatoria de 2016, en la que se quedaron en un pírrico 3,38% de apoyos. Entonces la cabeza de cartel fue otra periodista, Cristina Losada, que tampoco presentaba las credenciales necesarias para lograr la suficiente tracción entre los votantes del consolidado segmento que dominan los populares.

El problema para la marca gallega de Ciudadanos no reside tanto en el año que resta para la llamada a las urnas, sino en que no se atisba entre las filas naranjas el imprescindible mirlo blanco para concurrir en esta ocasión con más garantías. La de Rivera no es la primera «espantada». A principios de julio la hasta entonces portavoz del Comité Autonómico, Olga Louzao, renunciaba a su cargo para, aseguraba en un escrito, «centrar mis esfuerzos en la ciudad que me vio nacer», en alusión a su desempeño como concejala en Lugo. En la práctica ponía tierra de por medio.

Figura como máximo representante en Galicia el secretario de organización, Laureano Bermejo, pero éste quedó tocado por su labor al frente del equipo que negoció los pactos postelectorales después del 26-M. A Bermejo le salió mal el órdago de pedir la cabeza de Manuel Baltar para apoyar al PPen la Diputación. Una demanda de máximos que resolvieron los populares aliándose con Democracia Ourensana. Cs jugó a ser decisivo y se quedó sin nada. Bermejo, con escaño en el ayuntamiento. A la formación naranja no le queda siquiera el asidero de incrustarse en la fórmula Galicia Suma después de que Génova claudicara ante el rechazo de Feijóo. Cs irá en 2020 en solitario y, salvo que saque un conejo de la chistera, sin apenas opciones.