La curva donde Maxima y Angelina perdieron la vida, seis meses después
La curva donde Maxima y Angelina perdieron la vida, seis meses después - MIGUEL MUÑIZ

Chandebrito despierta de la pesadilla

Han pasado seis meses desde que en esta desconocida parroquia el día se hizo noche. Una pavesa anunció a Maximina y Angelina la tragedia que se cernía sobre ellas. Ahora, sus vecinos las lloran entre cenizas y brotes de futuro

SantiagoActualizado:

En el barrio alto de Chandebrito, una fuente emana agua de forma permanente. Sobre ella, una placa recuerda a Angelina Otero y Maximina Iglesias, las dos vecinas que perdieron la vida mientras trataban de huir del infierno en el que su aldea se convirtió el pasado 15 de octubre. Ha pasado medio año de la tragedia que sacudió Galicia, pero en Chandebrito el agua no se lo lleva todo. Tampoco el tiempo. Aunque cada vez menos, en las conversaciones de los apenas 500 vecinos de esta parroquia pontevedresa ese oscuro domingo vuelve a asomar una y otra vez. Con el dolor a medio digerir, y sobre las cenizas que aún señalan el recorrido de las llamas, algunos recrean los últimos momentos antes de que la desdicha se desatase y este rincón verde se convirtiese en una ratonera incandescente.

Pendiente de la llegada semanal del pescadero, la persona que compartió con Maximina y Angelina su última partida de cartas recuerda que, aquella tarde, nada les hizo presagiar la desgracia. No hubo malos augurios, ni siquiera un miedo contagiado por lo que ya estaba sucediendo en el monte, cerca de allí. Solo una pavesa. «Eran las 4 de la tarde y una cuñada de Vincios me llamó para preguntarme si ardía en Chandebrito. Pero aquí no se veía ningún fuego. Así que me levanté y me fui a casa de Maximina, en el barrio de abajo». Las tres mujeres se sentaron, como cada domingo, en la cocina donde solían jugar. Hasta que una levantó la vista hacia la ventana y comentó: «Mira qué muxica más grande acaba de pasar».

Esta vecina la recuerda ahora como una advertencia, quizás la primera gota de la tormenta de lapas y ceniza que estaba a punto de cubrir el pueblo. «Al poco tiempo vimos gente corriendo por la carretera y tiramos las cartas. Ya estaba ardiendo todo». Cuando las tres vecinas salieron de la casa habían empezado los desalojos de las viviendas que mayor peligro entrañaban. «Y ahí nos separamos. Yo dije que no me iba sin mi marido, que estaba en el barrio de arriba refrescando la casa, y me fui a buscarlo. Ya no las vi más», lamenta.

«Soltamos las cartas. Había gente corriendo y estaban desalojando casas. Yo dije que no me iba sin mi marido y ya no las vi más»

La rapidez con la que las llamas se propagaron desató la histeria entre algunos habitantes, que lo abandonaron todo para ponerse a salvo. Otros se negaron a irse mientras peleaban por proteger sus casas, pese a que el agua se agotó enseguida. «Un fuego plantaba aquí, y al momento, plantaba allí», narra José Manuel, uno de los vecinos de Chandebrito que resistió en el pueblo. Al echar la vista atrás piensa que pudo ser una temeridad, «pero me quedé para guardar lo único que tengo», asegura. Medio año después de la tragedia, todos tienen claro que no hubo buenas ni malas decisiones. «Solo gente que se fue y otros que quedamos. Quién iba a saber lo que podía pasar. No es culpa de nadie», confiesan algunos ante las circunstancias en las que se produjeron las muertes de Angelina y Maximina.

Fuente que recuerda a las dos vecinas fallecidas
Fuente que recuerda a las dos vecinas fallecidas - MIGUEL MUÑIZ

«Mucha gente gritaba que nos teníamos que ir porque íbamos a arder todos», explica otra vecina que abandonó el pueblo por la estrecha carretera que sube al alto del Alba en el coche de un vecino. «Había llamas por todas partes. Yo le decía al chaval que tirase, que tirase, que no se parase con nada». Y así se salvaron. La misma decisión tomaron las dos únicas víctimas mortales de esta ola de incendios, pero eligieron otra carretera que a la postre fue la peor de las salidas.

La pesadilla que transformó el día en noche en Chandebrito se prolongó durante más de diez horas en las que los vecinos no estuvieron solos. Un equipo formado por dieciséis agentes de la Policía Nacional de Vigo puso rumbo a esta parroquia con las primeras voces de alarma. Desconocían el terreno y también el peligro al que se enfrentaban, pero su labor fue vital. Entre todos ayudaron a desalojar a un buen número de personas —muchas de ellas mayores— durante las primeras dos horas. Después, la situación se volvió impracticable y diez agentes quedaron acorralados en el pueblo junto a un centenar de habitantes que aún resistían. Su testimonio sobre ese domingo negro sigue sobrecogiendo. «Pensábamos que no íbamos a salir; nos mirábamos y nuestras caras reflejaban el pánico. Hubo compañeros que llamaron a su familia para despedirse o desenfundaron la reglamentaria por si se avecinaba el desastre morir sin sufrir», resumió uno de los efectivos tras salvar la vida de milagro.

«La temperatura exterior alcanzó los 100 grados y las llamas cruzaban en horizontal de un lado a otro de la carretera»

Sobre las críticas que debieron soportar por la muerte de las dos vecinas que perecieron cuando el coche en el que iban se incendió, los policías reconocieron que hubo vehículos que los siguieron mientras una patrulla buscaba una vía de escape del pueblo que resultó ser letal, y pese a que no habían dado ninguna orden. En ese momento, la temperatura exterior alcanzaba los 100 grados y las llamas cruzaban en horizontal a uno y otro lado de las estrechas carreteras que dan salida a Chandebrito. «Fue un milagro que no hubiese más víctimas».

Amanece en la aldea

En la curva donde Maximina y Angelina murieron calcinadas ya solo queda un manto de cenizas. Los árboles han sido talados, al igual que los del resto de monte que circundan la parroquia, en un intento por olvidar la tragedia y repoblar lo que ahora es un paisaje lunar. Pero cuando transitan por esta carretera, pocos logran desviar la mirada. «Ellas quedaron ahí. Vieron la muerte porque le dijeron a la chica que las llevaba que se salvase, que las dejase...» revela una conocida. Ahora, en Chandebrito los camiones que transportan la madera quemada se encuentran con los autobuses que suben a los escolares que colaboran en la repoblación del monte.

«Va a pasar mucho tiempo hasta que esto vuelva a ser lo que fue. Es una pena mirar y pensar. Y esa espina, esa tristeza, nos va a quedar siempre», se abren algunos de los que aseguran que, ese domingo, la muerte los rondó. Y desde el alto del Alba donde muchos encontraron la salvación, una imagen para la esperanza. El verde de las plantaciones de nuevos árboles que, poco a poco, ganan terreno a los tocones que el fuego ennegreció tras una larga noche de la que Chandebrito empieza a despertar.

Talado de árboles en las áreas incendiadas
Talado de árboles en las áreas incendiadas - MIGUEL MUÑIZ