Un momento de la clase magistral
Un momento de la clase magistral - IAGO LÓPEZ
GALICIA

Arcilla sinfónica en manos noveles

La OSG celebró esta semana la segunda edición de su masterclass en dirección orquestal, bajo la guía de su titular, Dima Slobodeniouk

La CoruñaActualizado:

Levanta la mano desde el fondo del escenario, desde donde escruta con mirada inquisidora la ejecución de los músicos, y llama la atención del ocupante del podio. «En mi opinión, están tocando como quieren», le apunta a la figura de negro que hoy aferra la batuta de la OSG y que, curiosamente, no es él. No es un reproche, sino un matiz, una apreciación que el receptor, un estudiante de dirección de orquesta, recibe como lo que es: una píldora de sabiduría de la que aprender.

Esta semana, la Orquesta Sinfónica de Galicia ha celebrado la segunda edición de sus clases magistrales de dirección de orquesta, impartidas por su titular, Dima Slobodeniouk, una figura emergente en el panorama musical internacional después de haber dirigido en los últimos años a los prestigiosos conjuntos de Boston, Chicago, la Gewandhaus de Leipzig, la Filarmónica de Berlín, la Concertgebouw de Amsterdam o la London Symphony.

Una proyección que incrementó el número de solicitudes para estas clases por encima de las 60 procedentes de distintos países, de las cuales cuatro fueron admitidas —Francisco Valero-Terribas, Jaume Santonja, Frans-Aert Burghgraef y Pablo Devigo Vázquez— para ser participantes y otras once como oyentes. Entre las muchas metáforas que se le pueden aplicar a una orquesta es el de una arcilla sinfónica con vida propia, que en función de las manos que la moldeen tendrá un resultado u otro. Los escultores con callo conocerán el oficio para sacarle el máximo partido; aquellos noveles necesitarán de mancharse las manos hasta el codo para aproximarse al resultado soñado. Es también una suerte de caballo salvaje, que responde con soltura a las indicaciones de su jinete habitual, pero que se revuelve ante los que intentan cabalgarlo por primera vez.

Cada uno de los alumnos admitidos tendrá su oportunidad de subirse al podio y hacer suya a la OSG. El repertorio elegido son cuatro piezas sobre las que todos han tenido que trabajar previamente: movimientos de sinfonías de Mozart, Beethoven y Mahler, y varias páginas sinfónicas de Bartok. Pero la forja del director comienza antes incluso de asir la batuta y marcar el inicio de la música. «Hay muchas cosas en esta profesión que no se pueden enseñar», reconoce Slobodeniouk a ABC, «para ser director se necesitan algunas cualidades naturales, que lo hacen más fácil, pero que tampoco garantizan nada». «Trabajar con una orquesta es un proceso muy psicológico», asegura, ya que lo primero que hacen los músicos con el director es «analizarlo» antes de tocar la primera nota. «Tu apariencia física, el modo en que hables con los músicos y les pidas es determinante», y todo eso llega «antes de que empieces a dirigir».

Lograr el respeto

La construcción del respeto entre orquesta y director es uno de los arcanos intangibles de la música sinfónica. «En el pasado, ese respeto se imponía, y de ahí proceden las denuncias de abuso de poder que conocemos hoy», afirma el maestro, «la cultura de la dirección de orquesta ha evolucionado en nuestros días». Él mismo recuerda su época de estudiante de dirección, en la Sibelius Akatemia de Helsinki. «Dirigíamos a la orquesta dos días por semana», aunque «nunca tanto tiempo como tienen aquí los alumnos». Tiene claro que «solo se aprende dirección de orquesta dirigiendo una», por obvio que parezca.

Slobodeniouk insiste. No se enseña a interpretar una página determinada del repertorio «porque las lecturas son infinitas», pero «al menos les aportas reflexiones para que mediten sobre ellas, sobre el fraseo, sobre la articulación, el estilo…». A su juicio, «lo más difícil para un director, al menos durante sus diez primeros años, es escucharlo todo», porque si bien «tienes una partitura donde está todo escrito, necesitas que tus oídos te conecten con esa partitura». «Lo más importante es escuchar lo que está interpretando la orquesta en realidad, no lo que tú crees que está sonando». Por eso él mismo le pidió a sus músicos de la OSG que eviten la tentación de caer en el modo «piloto automático» y sigan al detalle las indicaciones de los estudiantes, aunque eso implique alejarse de la calidad sonora que atesora la orquesta y que es una de sus señas de identidad.

Bromeaba Riccardo Muti que incluso un taxista puede dirigir una sinfonía de Schubert levantando el brazo con la batuta y moviéndolo pausadamente de arriba a abajo y hacia un lado y otro. «Las orquestas pueden volverse un poco salvajes, sobre todo si se dan cuenta de que no reciben instrucciones suficientes del podio». Acaba la charla y Slobodeniouk regresa a las profundidades del escenario, casi para espiar al siguiente alumno, analizar su comunicación gestual y ponerla en perspectiva con el resultado que ofrecen los músicos.

Suena el Adagietto de la Quinta de Mahler, la melodía con la que Dirk Bogarde languidecía hasta expirar en la Venecia de Visconti. Unos la dirigen con las manos desnudas, otros aferrando la rígida batuta. Pero es música que, incluso emanada de un podio con la L colgada a su espalda, ata al oyente a la butaca y le impide la evasión. Son los arcanos del sinfonismo.