Candela, su pareja y sus tres hijas, en la casa de Souto Grande a la que llegaron hace cuatro años
Candela, su pareja y sus tres hijas, en la casa de Souto Grande a la que llegaron hace cuatro años - TERESA DÍAZ
LAS MIL GALICIAS | LA TIERRA QUE ENVEJECE (III)

Alquileres gancho en el rural

Galicia suma más de 1.600 aldeas fantasma, el doble de la media española. Algunas de ellas se consumen y desaparecen fruto del abandono. Otras se aferran a la vida con nuevos vecinos

SantiagoActualizado:

La desertización del rural en Galicia ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad palpable y cuantificable. Las estadísticas revelan que a principios de 2015 el número de aldeas abandonadas en la Comunidad gallega —con especial incidencia en las provincias de Lugo y Orense— sumaba ya más de 1.600.

La cifra duplica la media española. Algunas de estas «aldeas fantasma», en las que los muros luchan por mantenerse en pie tras años de abandono, están pasando a manos de compradores extranjeros que ven en ellas una oportunidad de negocio. Rehabilitar sus casas y convertirlas en complejo turísticos rurales es el objetivo de estos promotores. Otras, en las que apenas sobrevive un puñado de vecinos, tratan de darle la vuelta a la tortilla para atraer savia nueva. Hermosos paisajes, vida tranquila y alquileres irrisorios son el reclamo para que las familias se lo piensen. Muchas se informan y unas pocas, como la de Candela, se atreven y dan el paso.

«Aquí no hay peluquería y el supermercado tiene lo más básico, pero hemos echado raíces y no nos queremos ir»

Esta familia de cinco integrantes —los padres y tres hijas de trece, once y seis años— llegaron a la aldea de Souto Grande hace cuatro años. «Vimos en la televisión que buscaban niños para que el colegio de Vilarino de Conso no se cerrase y nos vinimos», explica Candela en una charla con ABC. Acostumbrados al día a día de Vigo, la ciudad más grande de Galicia, reconocen que el cambio fue «brutal», pero que no se lo pensaron. El marido de Candela buscaba tranquilidad para superar una enfermedad y en la pequeña aldea de Souto, con apenas siete viviendas habitadas, encontraron la desconexión y la calidad de vida que anhelaban.

Vista de la pequeña aldea en la que viven Candela y los suyos
Vista de la pequeña aldea en la que viven Candela y los suyos - TERESA DÍAZ

En el supermercado que los abastece no «encuentras nada fuera de lo cotidiano», no hay peluquerías, la farmacia más cercana está a cuatro kilómetros y ante una urgencia médica tienen que desplazarte hasta Viana do Bolo. Son los inconvenientes «asumibles» de vivir en un lugar aislado en el que el alquiler más caro no supera los 200 euros. Por esta cantidad, Candela tiene una casa grande y una finca que le permite vender castañas y setas en temporada.

Además, y contra todo pronóstico, esta madre de familia no tardó en encontrar empleo tras su llegada al pueblo. Trabaja como acompañante en el autobús que lleva a los niños, unos treinta, al colegio de Vilarino. «Recojo a mis hijas en la puerta de casa y todos lo días veo a la misma gente. Vivimos conectados y eso no lo cambio», explica convencida de que ella y los suyos «estamos echando raíces aquí». Ubicada entre A Gudiña, Viana do Bolo y Cabeza de Manzaneda, en la aldea de Candela los inviernos son duros, con temperaturas de hasta once grados bajo cero. También hay problemas de cobertura que los han obligado a cambiar varias veces de compañía telefónica, pero su vida «está aquí», rodeados de vecinos de edad muy avanzada y de un paisaje incomparable.

«Retorno a la montaña»

Iniciativas como la que hace cuatro años cambió la vida de Candela han aflorado en los últimos años en otros puntos de la Comunidad gallega, que entienden la llegada de nuevas caras como una última oportunidad. Es el caso del orensano concello de A Veiga, donde su joven alcalde busca poner freno a la sangría poblacional. Su ocurrencia pasa por crear un plan denominado «Retorno a la montaña» que atraiga a parejas jóvenes y con niños. Ofrecen ayudas económicas para completar el pago del alquiler y también apoyos al transporte y a la natalidad. Facilidades para iniciar una nueva vida en aldeas donde los últimos vecinos se resisten a apagar la luz.