La estrategia del PP

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Si se diera crédito a lo que se cuenta por aquí y por allá sobre la estrategia del PP para este nuevo curso, uno tendría que concluir que sus dirigentes están un poco alterados. Resulta más conveniente atenerse a lo que dicen y a lo que callan en un momento en el que parecen convencidos de que, tras las próximas elecciones, van a gobernar. Lo que dicen es que Zapatero no tiene ni recorrido ni futuro, ni en lo político ni en lo económico. Se trata de señalar con el dedo y esperar el triunfo, vamos, el fracaso del PSOE.

El poder es una droga y por permanecer en él se hacen estupideces que se vuelven contra uno mismo. Nuestro Gobierno es un ejemplo paradigmático. Pero la oposición también puede ser un estupefaciente y lleva consigo el riesgo de meter la pata. Pedir al PP que actúe ahora no sólo como el partido que espera sino como el que va a gobernar parece un imposible porque es evidente que sus estrategas, a veces disimulando en algunos asuntos, no consideran conveniente concretar la alternativa y el programa. Se teme meter la pata, entendida como enfadar a alguien, tener que colocarse en el lugar del que da explicaciones en vez de exigirlas.

Veremos en qué se concretan las 50 iniciativas parlamentarias anunciadas, que ya tienen el tufillo sospechoso del número redondo, pero el PP, quizá, debería reflexionar en estos meses de esperanza partidaria que la oposición no conlleva necesariamente a la inanidad del «son ellos los que gobiernan, no nos corresponde hacerlo a nosotros». De un lado, gobierna en muchas comunidades autonómas y, mal que les pese, no ha servido para que se visualice un modo distinto de hacer las cosas. Por otra parte, tiene a su disposición todo el terreno de lo simbólico, que no es precisamente el de la retórica sino el de la ejemplaridad y el de las ideas y los ideales movilizadores de una sociedad desconcertada y en buena medida angustiada. Un exceso de prudente silencio se opone más a la movilización del electorado que al intento de evitar errores.