«Las voces del cine actual son musiquilla de violín»

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LAvoz de Lola Gaos, en el Más Allá, no suena muy distinta a como lo hacía en el Más Acá. Arrastra un eco aguardentoso que le hace pensar a uno en noches frías trasnochadas hasta el amanecer, con profusión de discusiones subidas de tono, con cartones de tabaco fumados en compañía de amigos y amigotes, con carcajadas de aficionados a conspirar en los cafés y los bares. Pero el caso es que con esa voz se nace y se muere, no se consigue de forma gratuita, por más que se conspire, se trasnoche y se fume. Por más cazalla que uno quiera tomarse para adquirir gravedad de jurisconsulto romano. La voz de Lola Gaos sigue siendo en el Otro Mundo un cuerpo dentro de su cuerpo, como si desde su interior hablasen otras voces hechas de instrumentos desafinados y lunas de cristales rotos.

Lo cierto es que la encontré igual que la recordaba en sus películas: con su rostro afilado y huesudo, delgada a más no poder, con un aire de figura quijotesca. Iba tocada con un pañuelo de flores anudado bajo la barbilla. Por pocas dotes psicológicas que tenga un entrevistador, se percibe con claridad que el frágil perfil de Lola Gaos esconde una fuerza de la naturaleza, un temperamento que podría comandar una carga de caballería.

—Doña Dolores —me arranqué, pero un gruñido me interrumpió en seco—.

—No me llames Dolores: llámame Lola, hijo.

—Doña Lola, pues. ¿Qué significa nacer en una familia con catorce hermanos, entre ellos dos importantes poetas y un famoso filósofo? ¿Imprime carácter?

—Todas las familias imprimen carácter. Tuve hermanos muy inteligentes y brillantes, pero el más artista de todos fue mi padre.

—Debió de ser un personaje único: seguro. Tengo entendido que fue notario y comunista, dos profesiones difíciles de conciliar.

—Insisto, hijo: fue el más artista de todos nosotros.

—Esa figura me recuerda el título de la conocida novela de Fernando Pessoa: El banquero anarquista.Cambiando de tema, ¿cómo fue la aventura de trabajar con Buñuel?

—Una aventura. Don Luis estaba siempre de mala leche durante los rodajes, a causa de su sordera. Fernando Rey y yo, cuando descansábamos después de alguna escena de «Tristana», imitábamos sus ataques de cólera aragonesa y nos reíamos hasta las lágrimas.

—Los más jóvenes la recordamos en especial por su papel en «Furtivos», de José Luis Borau. Todavía nos morimos de miedo al pensar en aquel apaleamiento de un perro, doña Lola.

—Joder, hijo. Por un perro que maté, mataperros me llamaron.

—¿Cómo ve hoy en día el cine español, doña Lola? ¿Lo sigue mucho aquí, en la Otra Vida?

La verdad es que no tengo mucho tiempo, porque me tienen entretenida con clases de logopedia. Ando muy atareada haciendo escalas y recitando el abecedario, para ver si aprendo a proyectar la voz y se me dulcifica un poco. En cualquier caso, las voces actuales del cine español están faltas de carácter. Sobre todo las femeninas: son musiquilla de violín.