CORROCOCOS

Tres convictos, tres

Por OBDULIO JOVANI
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DÍAS atrás estuvo en Valencia en revista de comisario, el señor de los mostachos, esa empalizada de escarpias que luce en el sobremorro; trajo en oferta, otra vez, esa franquicia que es el «seny», codicioso butrón en tabique ajeno. Porque más allá del Ebro hay cierta bulimia mental, cierta quemazón que excita el instinto identitario, ese andamiaje ideológico que hurga en los primarios instintos de la tribu. Se ha alborotado el gallinero de las Ramblas -morada feudal del rencor- y se oye un cacareo fatuo, un retranqueo.

Subidos en peanas de arrogancia, sufren el síndrome del engolamiento, al tiempo que desarrollan una retórica victimista y coercitiva, muy propia del nacionalismo (ese anacronismo, en palabras de Fuster). No se espere del nacionalismo un discurso racional sino un enorme rasero concupiscente de legitimidad, una lengua revestida de hostilidad. «El español es uno de esos engaños que todo nacionalista está obligado a inventar para justificarse» (Solé Tura). Porque hacen de la lengua un código, un canon... y un atestado. Lo dijo García Calvo, «la convierten en arma para la definición y por tanto la muerte del pueblo». ¡Hacen de las palabras filología!, advertía Umbral. Una lengua por ley. Una Historia que no se enseña, se arenga. Así nacen personajes como Alfred Bosch, Joan Coscubiela y Durán i Lleida, voceros de la diatriba. ¿Pondrán un Guardia Civil en cada aula? No, un «mosso d’esquadra», esa policía que fundara ¡Felipe V! Para el segundo, el modelo educativo es totalitario. Véase la viga en sus ojos, estudie a Pompeu Fabra, gran depredador de palabras vivas. Del tercero, de gesto compungido, me avivan estos versos: «No levanta la voz ni para el grito, y de su dulce faz de alma bendita, emana la verdad de la mentira».

Acabo con Pujol: ¡Cervantes no me dice nada! No extrañe, el manco buscaba «la verdad pura y averiguada», decía. Sin importarle el escandalo de las mercancías...