J.J.Ripoll, la esencia

La estrella del presidente de la Diputación de Alicante se apagó. Sus pobres resultados electorales han sido la puntilla

ALICANTE Actualizado:

«Los de Valencia no son malos, son peores». Enardecido, triunfal, también displicente, Ripoll recibía parabienes y lanzaba dardos bajo el abeto junto al que felicitaba las navidades de 2008 a los periodistas locales. Acababa de obtener la pírrica victoria del congreso provincial del PP y, fiel a su estilo, la calibraba como un triunfo más de su alicantinismo intransferible sobre todo aquello que no lo es, como una vindicación propia que, al uso de los regímenes totalitarios, precisa fabricarse un demonio exterior para apuntalar su encastillada fortaleza.

El 14 de diciembre de ese año, durante su discurso de agradecimiento tras doblegar por un puñado de votos a Manuel Pérez Fenoll, se acordó de «El Chano» y de «El Botas» en la inmensidad del teatro-circo de Orihuela, escenario del cónclave popular. El guiño a esos dos incondicionales en la zona revelaba que aquel día el recinto oriolano fue más un circo que un teatro sobre el que desparramó su peculiar forma de entender el liderazgo. La asonada incluyó una sonora pitada al presidente de la Generalitat, Francisco Camps, que clausuró el congreso perplejo.

Ripoll ganó, pero no convenció. Sólo la ocurrencia de convertir el local en una olla a presión le permitió extender en el tiempo una trayectoria política cortada de raíz el pasado miércoles, cuando supo que no permanecerá en el Palacio Provincial de la Avenida de la Estación, que su hegemonía pública es ya historia.

En 2003, cuando José Joaquín Ripoll regresó a Alicante tras jugar a ser político en la Generalitat como lugarteniente de Eduardo Zaplana, lo hizo sin muchas ganas. Su destino como presidente de la Diputación poco podía seducirle tras protagonizar una escalada institucional con final en la vicepresidencia primera del Consell una vez José Luis Olivas hubo de cubrir atropelladamente el vacío dejado en la cúspide por el flamante ministro de Aznar.

Pero, como los toreros de su tierra, este arquitecto sin musa acabó gustándose en el papel de primera autoridad de la provincia. A partir de ahí, enfiló un rumbo cantonalista basado en su baldío intento de equipararse en rango con Camps y en cultivar los contactos que, en Génova, le había ido franqueando su mentor y conservaba él mismo como recuerdo de sus aventuras políticas en Madrid.

Los agravios

En seguida descubrió también la importancia del presupuesto de la Diputación —209 millones de euros en 2011— para afianzarse como referente en la política local. Y en seguida, era inevitable, comenzó a acumular una creciente colección de rivales en su propio partido que discurría paralela a la red clientelar que iba tejiendo por toda la provincia.

Ripoll no pasará a la historia de la institución que ha representado durante los últimos nueve años como un presidente precisamente ecuánime. Torrevieja, la quinta ciudad de la Comunidad Valenciana en población, apenas ha recibido subvenciones provinciales en todo este tiempo. Daya Vieja, un minúsculo pueblo de la comarca de la Vega Baja cuyo alcalde es afín a Ripoll, ha acaparado más ayudas que la capital turística del sur de Alicante. Es sólo un ejemplo de su forma de hacer, pero también del extraordinario peso de sus múltiples enemigos: en julio de 2005, Pedro Hernández Mateo, el ya histórico alcalde salinero, denunciaba en ABC las prácticas asimilables a la «extorsión» desplegadas por quien estaba a dispuesto a mantener en un puño la estructura del PP en la provincia. Hernández Mateo fue el primero de muchos, los mismos que se ha conjurado en las últimas semanas para mostrar a Ripoll el camino de salida.

Confusión de planos

Mientras establecía sus propias coordenadas al margen del PPCV, empezó a hacerse llamativa la confusión de planos que ha venido caracterizando al presidente de provincial en el ejercicio de sus funciones. Chocó especialmente —si es que en Alicante puede chocar algo a estas alturas— ver a Margarita de la Vega, la esposa del presidente, con despacho propio en las dependencias del Palacio Provincial. Igualmente, el lujo suntuario con que revestía cada uno de sus desplazamientos oficiales como presidente de la Diputación. Esta espiral acabó el 6 de julio, cuando fue detenido por la Policía. Desde entonces, Ripoll ha ido cediendo hasta quedar aplastado por un lacerante varapalo electoral, lo único que no se perdona a un político.