Isabel II, una reina rocambolesca

Isabel Burdiel publica una biografía sobre la soberana española que es ya una referencia imprescindible

VALENCIA Actualizado:

Resulta difícil hallar en la historia europea una dignataria real tan peculiar como Isabel II. Superficial, inculta, cruel aunque también generosa, la primera reina constitucional de España, todavía anclada en el absolutismo en el que fue educada, distaba mucho de la respetable reina Victoria de Inglaterra —identificada con los valores burgueses y liberales que la hija de Fernando VII nunca llegó a comprender—, o de la buena madre cristiana que encarnaba María II de Portugal. Isabel II fue, en suma, una mujer «extraordinariamente rocambolesca». Lo afirma Isabel Burdiel, catedrática de Historia en la Universitat de València y autora de «Isabel II. Una biografía (1830-1904)» (Taurus), un extenso estudio que recopila diez años de investigaciones acerca de los años de formación de la soberana, su exilio y los trabajos políticos para la restauración de la dinastía borbónica en su hijo Alfonso XII.

Este apasionante ensayo, escrito con la prosa divulgativa y amena de Burdiel, no se detiene por tanto en el final del reinado isabelino, sino que acompaña a la polémica reina hasta sus últimos días en el Palacio de Castilla en París, donde seguía viviendo «a la española» y comiendo cocido prácticamente a diario. El libro describe el progresivo deterioro físico y psicológico de Isabel II, dolida por la contumaz oposición de los conservadores de Cánovas a su retorno a España, por temor a que manchara la imagen de la nueva monarquía. No en vano, su propio nieto, el rey Alfonso XIII, eludió viajar a la capital francesa en 1904 para dar el último adiós a su abuela, recién fallecida.

Fruto de su búsqueda en archivos privados, así como en documentos diplomáticos desclasificados franceses, británicos y vaticanos, la autora realiza importantes aportaciones sobre las intrigas políticas que determinaron la transición del absolutismo al liberalismo moderado, con el clima cultural romántico de trasfondo. Así, el libro destaca el profundo anclaje de posturas absolutistas dentro de la corte, representadas entre otros por el propio marido de la reina, Francisco de Asís, que era carlista.

El factor femenino

«Dado que era joven, mujer e inculta, su círculo dio por hecho que su poder era secuestrable», defiende Burdiel. «Ella, por su parte, tenía una concepción patrimonial de la monarquía y el Estado; el liberalismo era un laberinto en el que no se orientaba, pero también es cierto que mucha gente hizo lo posible para que nunca lo entendiera bien».

La imagen pública de Isabel II como una mujer de deseo sexual insaciable («algo totalmente falso, porque tuvo amantes como los tenían la mayoría de las mujeres aristócratas») se atribuye no sólo a la difusión entre la población de las famosas sátiras de los hermanos Bécquer, sino principalmente a las conspiraciones urdidas desde la propia corte. «Desde el principio de su vida, se la incitó a entablar una serie de relaciones que luego se utilizaron para chantajearla políticamente», apuesta la autora.

«La reina inocente», que llegó al trono a los trece años como símbolo de la libertad y la armonía entre partidos, acabó convertida en la deshonra de España, representando los grandes vicios que se achacaban a la monarquía: el oscurantismo, el fanatismo y el gobierno de un solo partido. Así se explica el desentendimiento de sus sucesores borbones, que pretendían aunar monarquía y liberalismo. Sólo la historia ha conseguido redimir la figura de una soberana instrumentalizada hasta su muerte.