Y no son pret-à-porter...

SE baja del estrado Pepiño -que va de telonero y acaba de «despedazar concetos»- corre el turno de las peroratas y sube José Luis. Apaisa la boca, insinúa una sonrisa giocondina, llena carrillos

OBDULIO JOVANI
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SE baja del estrado Pepiño -que va de telonero y acaba de «despedazar concetos»- corre el turno de las peroratas y sube José Luis. Apaisa la boca, insinúa una sonrisa giocondina, llena carrillos, enarca las bovedillas de sus ojos overos, zarcos, y así, cariampollado, semeja un angelote de cornisa, de los que esculpía Benlliure, don Mariano. Si dicen de Belloch -ayer ministro, hoy alcalde de Zaragoza- si aseguran que pasa las noches en un ataúd -tal amanece con gesto estricto, caridoliente- diríase del Presidente que las pasa en una nube; y que no se baja de ella, tal su gesto de panoli, tanto sortea los hechos, los soslaya, los obvia y los capea, los conjura, tal se escabulle, les da a las cosas de lado, se sale por la tangente, tal se escurre y se va por los cerros de Úbeda...

Llegado que es a la trona, balancea el cuerpo, encaja los dedos por sus yemas, abre los brazos como quien dice ¡ite, missa est! y le da, dale que te pego, a la fraseología, a las cataplasmas retóricas que los consuetas de Ferraz le han preparado para que las vocee. La última ha sido la de no subirse a un barco cuyo capitán tuviese dudas. Por lo visto, de su paso por la Universidad no le quedó que la duda es el único camino que conduce a la certeza, esa inestable conclusión. En este punto Campmany le habría contado lo de aquel viejo capitán de mil singladuras, que navegó todas las mares océanas, que salvó sargazos y piélagos, y bajíos, arrecifes, bósforos y columbretes, y marejadas, borrascas y galernas, llevando siempre a sus barcos a buen puerto. Sus alféreces, sus contramaestres y sus marineros, y sus pilotos, contaron que cada vez que amenazaba tormenta, bajaba a su camarote, abría la caja fuerte, sacaba una vieja libreta y leía alguna de sus hojas; la devolvía a la caja, subía al puente de mando y daba las órdenes oportunas a la tripulación. A su muerte se resolvió la intriga. Su sucesor abrió la caja, leyó la libreta que decía cosas así: «Babor, lado izquierdo mirando a la proa; estribor, costado derecho del barco mirado desde la popa». «Entrada al Canal de la Mancha, fla, fla, fla cada minuto, faro de la isla de Usan...». Y así las demás. Conclusión: la duda es prudencia, la certeza es temeridad.

Axiomático, incontrovertible, indubitable, palmario, dos y dos son cuatro, tres y dos son cinco, el Presidente ha dicho más: «El pesimismo no crea ni un puesto de trabajo». Optimista, vivalavirgen de cuentas galanas, discrepa un tanto de Rostand: «Soy optimista acerca del futuro del pesimismo». Al cabo, un pesimista no es más que un optimista bien informado...

Al contrario de Margaret Thatcher -«¡La gente sabía que diría que no!»- Zapatero, todo optimismo, buenista -es tan bueno que no parece de izquierdas, dijo una señora de Tierno Galván, como diría de Zapatero- para dar el sí no necesita más que petición de parte. Blando como un reloj de Dalí, ha dicho sí a estatutos que no son sino multiplos comunes divisores de España, ha dicho sí a ciertas lenguas con pedigrí excluyente, nacionalista - en próximo recuadro, de la mano de Gregorio Salvador, le daré cuenta de cómo incumplen la Constitución- dirá sí a insolidarios pedigüeños... Es un sí sostenido. En algo aciertan los socialistas. Al fin dirán sí al Estatuto de la Comunidad Valenciana, pasando de PSPV a PSCV.

Con toda la que está cayendo no falta quien le siga dando migas al gato. Para la vicepresidenta del Gobierno no hay crisis que valga. Cada día que pasa -y han pasado mil y tantos de ellos- luce un nuevo traje. Y no es pret-à-porter, sino exclusivo, de modista, alta costura. ¡Vaya ejemplo! Es el socialismo de «look»...