De lo «tuyo» y lo «mío» en la literatura (I)

Mi amigo Jorge Maurevert es un escritor de gran talento, nacido en el Norte de Francia. Figuró mucho durante su primera juventud en la vida literaria de París, cuando estaba en auge la llamada

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Mi amigo Jorge Maurevert es un escritor de gran talento, nacido en el Norte de Francia. Figuró mucho durante su primera juventud en la vida literaria de París, cuando estaba en auge la llamada «escuela simbolista», y hace años vive en Niza, por amor a la dulce temperatura de la Costa Azul. Ha producido volúmenes de cuentos muy originales y estudios amenos sobre la vida de los principales personajes de la literatura francesa; pero, además de ser un creador literario, llama la atención por su vasta cultura.

Este cuentista es un hábil e incansable lector. Vive solo; su verdadera familia son los libros, y el radio de su curiosidad se extiende más allá de los límites intelectuales de su país. Conoce perfectamente la antigua literatura española. La ha estudiado con desinterés, por puro amor intelectual. Igualmente conoce a fondo todas las literaturas europeas de alguna importancia. Durante largos años se ha dedicado a una labor penosa, que exige las fatigas de una montería difícil, y más de una vez debe haber sonreído, con el orgullo del cazador que encuentra en el suelo el rastro, adivinado mucho antes por inducción.

Producto de esta labor tenaz es la obra que acaba de publicar, con el título de El libro de los plagios.

Maurevert ha buscado todos los plagios que consciente o inconscientemente realizaron los grandes hombres de la literatura francesa y algunas celebridades extranjeras. La cacería resulta abundantísima. Ningún escritor de los escogidos por él ha dejado de contribuir a tal batida con algunas piezas o con enormes montones. Y, sin embargo, Maurevert declara modestamente que su libro no pasa de ser un esbozo, que la materia ha sido apenas floreada por él, y los que le sigan en dicho trabajo encontrarán tal vez cosecha más abundante.

De su libro se desprende que el plagio es tan antiguo como la literatura, y allí donde hubieron escritores hubo plagios o acusaciones de este delito intelectual.

Aristófanes acusa a Eurípides de haber robado a Esquilo. A su vez, Aristófanes es acusado de entrar a saco en las obras de Cratino y Eupolis. Platón acusa igualmente al pobre Eurípides de haber copiado la filosofía de Anaxarogas; pero a Platón lo tratan de plagiarlo muchos de los autores de su época. Pocos se libraron en Grecia de la acusación de ratería literaria. Sófocles se ve casi tan mal tratado como Eurípides. Todo poeta, filósofo o historiador tiene que justificarse de los saqueos que se suponen en las obras de sus antecesores.

Los poetas de Roma resultan plagiarios de los griegos. Plauto y Terencio limpian la mesa de los dramaturgos de Atenas, y con sus migajas, aliñadas con salsa italiana, fabrican nuevas obras. Virgilio, el divino Virgilio, es el plagiario más desvergonzado de Homero. Macrobio, un autor de su época, enumera todos los autores saqueados por el dulce «cisne de Mantua» , y la lista resulta larguísima.

En la Edad Media, trovadores y bardos se copian unos a otros, y las canciones de gesta, así como los misterios, utilizan los mismos temas y emplean muchas veces los mismos versos. Los monjes cronistas roban descaradamente los escritos de sus antecesores... Luego, durante el llamado Renacimiento, los autores nuevos explotan fríamente los tesoros de la antigüedad. Maquiavelo repite los pensamientos de Plutarco sin indicar su origen, como si fuesen cosa propia. En los siglos sucesivos, poetas y filósofos consideran la literatura clásica como un campo sin dueño, y se apoderan de lo que les place.

Descartes es conocido del vulgo por una frase célebre. La inmensa mayoría de los que repiten el nombre del célebre filósofo no han leído sus libros; pero saben que dijo: «Yo pienso; luego existo». Pues bien; algunos siglos antes de Descartes, un señor llamado Ciceron, que vivía en Roma, escribió en uno de sus libros, Vivere est cogitare (Vivir es pensar). Lo cual, dice Maurevert, me parece que es exactamente la misma cosa.

Durante los siglos XVI y XVII, despojar a los autores antiguos fue considerado como una conquista y no como un robo. La palabra «plagio» era substituida por otra más discreta y decente, «imitación». Digamos de paso que esta palabra «plagio» fue inventada por un poeta español, el epigramático Marcial, nacido cerca de Calatayud, y que cansado de vivir a estilo bohemio en la Roma señora del mundo, volvió a terminar sus días en tierra aragonesa, como propietario rústico.

Después de muchos siglos aún no se ha llegado a un acuerdo sobre lo que puede ser considerado como plagio y la extensión de sus límites.

Algunos, al hablar de probidad literaria, muestran un criterio estrecho, un puritarismo irreductible, pretendiendo con esto hacer ver que no incurrirán nunca en el pecado que combaten, hasta que un día los acusan de plagio, como a los demás, y entonces se muestran menos intransigentes en sus apreciaciones. Es el caso de Alfredo de Musset, como se verá más adelante.

Otros son, desde el primer momento, tolerantes y liberales en todo lo que se refiere a la defraudación intelectual; achican considerablemente los límites del plagio, y cuando alguno los acusa de este delito, sonríen benévolamente, no dando una importancia enorme a la acusación. Es el caso de Anatolio France, que escribió hace muchos años una Apología del plagio, y al que dedica Maurevert largo capítulo, presentándolo como uno de los escritores contemporáneos que más ha tomado de los demás.

¿Qué es plagio...? Un tratadista del siglo XVII, que fue preceptor de Luis XIV, el olvidado La Mothe Le Vayer, decía así: «Se puede robar a estilo de las abejas, sin hacer daño a nadie, o sea chupando la miel de las flores; pero el robo de la hormiga, que se lleva el grano entero, no debe ser imitado nunca».

Esta distinción sutil gusta mucho a Anatolio France, que añade por su parte: «Una situación no pertenece al primero que la encuentra, sino al que la sabe fijar, con fuerza en la memoria de los hombres».

Y el gran maestro contemporáneo añade a su opinión la que expone Pierre Bayle en su Diccionario histórico y crítico. «Plagiar es llevarse, al mismo tiempo que los muebles de una casa, la basura del suelo; tomar a la vez el grano y la paja de los residuos y el polvo». De modo que el que se lleva de la vivienda ajena únicamente los muebles y el grano, dejando las barreduras y el polvo, no es un plagiario en el sentido absoluto de la palabra.

Digámoslo más claro. El robo de la idea o de la invención no es nada; sólo es digno de reproche el robo de la expresión. De lo que resulta la paradoja literaria que la idea vale menos que la forma y la expresión, o sea la palabra, es lo único esencial y digno de respeto. Esta opinión no la tengo por más cierta que otras muchas opiniones que puedan oponerse a ella.

La mayor parte del libro de Maurevert está dedicado a examinar , uno por uno, los grandes autores sometidos a su ojeo literario.

Dante, Milton, Rabelais y Shakespeare figuran a la cabeza del volumen, como cuatro enormes plagiarios. Dante ha tomado de leyendas irlandesas, crónicas italianas y obras de poetas árabes, muchas de las escenas de su Purgatorio y de su Inferno. Sería largo enumerar aquí todos los ejemplos que ofrece Maurevert de estos «empréstitos» hechos por el «viejo gibelino». Rabelais, como tantos autores del Renacimiento, explota sin escrúpulo los libros antiguos y modernos que conoce; griegos, latinos, italianos, franceses. Gargantúa y Pantagruel están fabricados con reminiscencias, «empréstitos» o simples plagios.

De Shakespeare no es nuevo lo que dice. Bien sabido es que este dramaturgo -tan misterioso y discutido, que hasta muchos niegan su existencia- resulta más superior por la forma que por las ideas propias. El gran William no parece que se esforzó mucho en inventar sus fábulas. Las tomó hechas de las viejas crónicas, de los novelistas italianos, como Bandello, o las robó buenamente a sus contemporáneos, que le acusaron repetidas veces de plagio. Además, un crítico inglés, Malone, descubrió hace más de un siglo que de los versos existentes en la obra de Shakespeare, 1.171 fueron tomados enteros de otros escritores, y 2.373, «desmarcados», o sea desfigurados, más o menos cínicamente. El mismo en la dedicatoria de us poema Venus y Adonis llama a este libro «primer hijo de mi invención», y en aquella época llevaba ya representadas media docena de obras dramáticas. Milton, el «Homero inglés», aparece apropiándose en su Paraíso perdido las escenas y las expresiones de varios misterios representados en Italia.

Montaigne y Pascal no salen mejor librados del examen a que los somete el autor de El libro de los plagios. Los Ensayos, de Montaigne, son, según Maurevert, una antología de «empréstitos» más o menos reconocidos. Montaigne mismo, con una humanidad tal vez excesiva, dice que su libro está hecho con despojos de Plutarco y de Séneca. Los Pensamientos, de Pascal, contienen a su vez numerosas reminiscencias de las obras de Montaigne.

¿Quién no conoce las famosas Máximas de La Rochefoucauld...? Este duque filósofo fue admirado hasta hace un cuarto de siglo, época en que la crítica empezó a darse cuenta de que su obra no es más que un amontonamiento de plagios. Rara es la máxima que no pueda encontrarse en algún libro ajeno. El duque Francisco de La Rochefoucauld ha desfigurado algunas y otras las copió textualmente. De las 504 máximas coleccionadas por él, van ya descubiertas 300 como inspiradas por los escritores antiguos o contemporáneos del nombre moralista. Y estos descubrimientos no han terminado aún, lo que hace sospechar que el famoso libro representa una de las más sorprendentes mixtificaciones literarias. Como dice Maurevert, la obra de La Rochefoucauld es un monumento de la sabiduría humana; pero de la sabiduría... de los otros.

En aquella época, España gozaba aún de una influencia universal; el idioma español era conocido por todos los escritores de la Europa culta, y a causa de esto, el aristocrático moralista, al apropiarse pensamientos ajenos saqueó preferentemente en tierra española. Algunas de sus máximas están sacadas de las obras de Baltasar Gracian; pero donde más estragos hizo fue en las Novelas ejemplares, de Cervantes Ciertos pensamientos de éste los copió textualmente. Otros están arreglados a su modo, haciéndoles perder la sobriedad con que los escribió Cervantes.

Pero hemos llegado al momento en que los autores europeos empiezan a ejercer el arte del plagio a costa de la España, dominante en aquellos siglos, y esto merece «capítulo aparte».

Menton (Alpes-Maritimes), Febrero de 1923