A PUNTO

La niña se llamará Esperanza... o Socorro

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QUE no entusiasme no quiere decir que no interese. Escribo de la campaña electoral de las autonómicas y municipales, a la que le quedan tres telediarios.

No nos llamemos a engaño: a partir del próximo lunes, sea cual sea el resultado, haya arrasado el PP o remontado el PSOE, la campaña proseguirá con la vista puesta en las generales. El presidente del Gobierno, que sigue siendo José Luis Rodríguez Zapatero, se ha enrocado en su idea de acabar la legislatura como si en ello le fuese su pase a la posteridad. Posteridad que ya tiene ganada, y nadie le discute, por deméritos propios.

Manda huevos que con la que está cayendo, a la ministra de Sanidad, Leire Pajín, le dé por promover una ley de la que, de inmediato, dijo que no pretendía facilitar la eutanasia ni el suicidio asistido. Otra vez se insiste desde las instancias gubernamentales en el buen rollito epicúreo a despecho del trabajo —excelente—de tantos equipos de médicos y enfermeros que han dado lo mejor de sí a la hora de aplicar métodos paliativos.

Ese anteproyecto de ley es una bofetada al trabajo tan esforzado, tan comprometido, tan profesional y tan humano de prestar asistencia a quienes el dolor ha secuestrado sus vidas. Digo yo si la pretensión paliativa del Gobierno sea que a falta de una vida digna, tan difícil de conseguir cuando son cinco millones de trabajadores los que están en el paro, quiere darnos boleta con facilidades.

Una de las cosas buenas que tiene el final de la campaña electoral es saber cómo se las apañan los dirigentes políticos de aquellos partidos que contando con expectativas de triunfo se quedan pasando la mano por la pared. Ahí les quiero ver tratando de justificarse ante los suyos y los medios de comunicación.

En eso hay que reconocer sus habilidades exculpatorias. «Hemos obtenido —pese a perder por goleada—los mejores resultados desde que España ganó el Mundial», dirán unos. «Hemos conseguido que el triunfo de la derecha no sea arrollador y se haya quedado sólo en abultado», dirán otros. «No hemos superado la barrera del cinco por ciento por culpa de la conjura bipartidista, pero hemos mejorado en medio punto sobre los anteriores comicios». Y así hasta que el último periodista cierra el bloc de notas, recoge la grabadora y les deja apurando hasta las heces la amarga copa de la derrota.

Lo bueno del final de la campaña es que mi amiga Concha sabrá, por fin, el nombre de su nieta. Su embaraza hija, según asegura la inminente abuela, se mantiene en sus trece de no decidir el nombre de la primogénita hasta en tanto no sepa el resultado electoral. Según se vea en las urnas ella hará. La historia no me resulta novedosa, es más, creo recordar haberla recibido en un correo electrónico, pero la abuela asegura que se trata de una apuesta del todo inédita. «Mi hija dice que si gana Compromís la criatura se llamará Milagro; si es Esquerra Unida la triunfadora, Dolores; si, tal como ella cree y quiere, es el Partido Popular quien gana su nombre será Esperanza y si, por el contrario, el PSOE vence la niña se llamará Socorro». Que ustedes lo voten bien.