OPINIÓN

No todos son iguales

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SE habla mucho, desde hace tiempo, de la crisis de valores para explicar las actitudes que caracterizan a nuestra sociedad en la actualidad. Parte de esa crisis se manifiesta, de modo pasivo, a través de un cierto fatalismo y resignación que pretende igualar a todos los humanos en su virtuosidad, en su bondad y maldad. Mediante ese relativismo moral los más agresivos pretenden encontrar el éxito y, por desgracia, lo alcanzan en numerosas ocasiones.

Pero también se manifiesta de modo activo. La frase «todos son iguales», añádase el sustantivo que convenga, es una coartada para evitar un juicio moral, tanto para elaborarlo como para someterse al mismo, y como consecuencia de ello, para alcanzar la impunidad.

Sin embargo, y aunque cueste abrir vías para su conocimiento, hay manifestaciones que nos demuestran la imposibilidad de ser todos iguales. No se es, ni se está, ni se siente ni se piensa por igual, y por tanto, no podemos confundirnos.

Ahí está la flamante Premio Cervantes, Ana María Matute, para dar cuenta de la sencillez, de la modestia y del optimismo creador. Ahí está el legado y la memoria del longevo y recién fallecido, el maestro Ernesto Sábato, que impregnó toda su existencia y obra desde el compromiso ético y el más profundo sentimiento.

Y ahí está José María Aznar para quien la búsqueda de familiares desaparecidos, o mejor aún asesinados por la intolerancia y el ansia de rapiña, no es sino un remover de huesos.

Es evidente que no somos todos iguales.