LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO (Times they are a-changin´)

ENRIQUE BENAVENT«VENID gentes de todas partes y reuníos aquí...». Este viernes volvió a resonar en los jardines de Viveros la voz nasal del juglar de Minnessotta exhortando a las gentes a dejar paso a

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ENRIQUE BENAVENT

«VENID gentes de todas partes y reuníos aquí...». Este viernes volvió a resonar en los jardines de Viveros la voz nasal del juglar de Minnessotta exhortando a las gentes a dejar paso a lo nuevo «porque los tiempos están cambiando», evocando una época en que las respuestas estaban en el viento y el mundo iba a cambiar, porque, por primera vez, los jóvenes tenían el poder de hacerlo. Eran aquellos gloriosos 60 en que John Lennon, mejor músico que Dylan, pero mucho menos inteligente que él, en un arrebato de megalomanía, se le ocurrió decir que para la juventud los Beatles eran más importantes que Jesucristo.

Lennon nunca hubiera imaginado que el Rosario de la Familias en la playa de la Malvarrosa pudiera congregar a más jóvenes que un concierto de una estrella del rock, pero Dylan sí. Seguro que a él no le sorprendió. De hecho, a finales del los 70, Robert Zimmermann, verdadero nombre de Dylan, tras una profunda crisis existencial, reflejada magistralmente en aquel enigmático «Cambio de guardia» de su LP, Street Legal, renacía musical y personalmente con «Slow Train Coming», proclamando su conversión al catolicismo. Al parecer, aquel chico rebelde de ascendecía judía, como evidencia su apellido Zimmermann, había encontrado la respuesta. Lennon no pudo; en diciembre del 80 un loco se lo impidió. John no presenció cómo los tiempos cambiaron en un sentido muy diferente al que él esperaba: un valiente y entrañable polaco, Karol Wojtila, demostró que Jesucristo seguía seduciendo a los jóvenes como nunca antes lo ha hecho nadie.

Algunos achacaban este fenómeno al carisma de Juan Pablo II y a sus innegables tablas teatrales, como si el mensaje evangélico fuera una cuestión de marketing. Pero cuando le sucedió un sesudo teológo alemán advirtieron consternados que, a pesar de no tener la atrayente personalidad de su predecesor, su poder de convocatoria no había mermado un ápice, como se ha demostrado en Valencia. No entienden que lo que atrae es el mensaje, la buena nueva, no el mensajero. Me hubiera gustado asistir al concierto de Dylan, pero tenía un compromiso en la Malvarrosa: yo también quiero contribuir a que «los tiempos sigan cambiando».