¿Sangre jacobina?

LA memoria -ese retrato en sepia de un ayer rugoso, ya en verdín, ya legañoso, archivo íntimo, cámara secreta de pretéritas peripecias, vuelta atrás, reculo del tiempo...- la memoria, digo, la

Por Obdulio Jovaní
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LA memoria -ese retrato en sepia de un ayer rugoso, ya en verdín, ya legañoso, archivo íntimo, cámara secreta de pretéritas peripecias, vuelta atrás, reculo del tiempo...- la memoria, digo, la guardamos los más en sinuosos escondrijos, en los anaqueles de las anfractuosidades cerebrales.

Los hay, en cambio, que la llevan colgando de la canana, a punto de gatilleo. Nuevos redentores andan buscando un ayer enlutado, acusica, culpable y revanchista. ¿Puerto Urraco? Filólogos del rencor absoluto buscan sinonimias entre abuelos y memoria. ¡Que vuelva Galdós y escriba un nuevo Episodio Nacional! Y el inefable Antonio Machado: «El numen de estos campos es sanguinario y fiero...». ¿Llevamos sangre jacobina?

Por mis años, por mis ya numerosas circunstancias «históricas», bien podría escribir aquí... algunas cosas que recordar no quiero... un larguísimo memorial de agravios. ¿Y quién no? Ocurre que todo tiene sus tornas. Así lo decimos en lengua valenciana: «No te rigues de mon dòl, que quan lo meu serà vell, lo teu serà nou».

Hace unos años, en la revista «El Temps» que dirigía aquel travestido político que fuera Vicent Ventura -que pasó sin solución de continudad de «nacional» de correaje a «nacionalista» de barretina- en sus páginas se publicaron las listas de fusilados en la localidasd valenciana de Paterna tras la Guerra Civil, a modo de palmarés, de martirologio acusatorio.

Ocurrió que unos amigos repasaron la relación referida a un pueblo de la comarca de La Ribera. Junto a cada nombre anotaron los de aquellos que años atrás habían sido sus víctimas, las más en las tapias del cementerio de Algemesí, a la luz de los faros de un Ford T... requisado, claro.

Meses atrás, con motivo de la exposición «La Luz de las Imágenes» que se celebró en mi pueblo, se levantó el suelo de la iglesia y aparecieron numerosos cadáveres.

Algunos descabezados, que allá por los años treinta alguien sacó sus calaveras a la calle y se entretuvo en dispararles con tirachinas. Pues no faltó de hecho quien me lanzara la acusación -de laico a creyente, claro- de que dentro de la iglesia solo enterraban a los ricos. Callé. Porque yo sabía -¡mi interlocutor no!- que una de las familias del municipio que gozaban de ese privilegio siglos atrás llevaba sus mismos apellidos ¡eran sus antepasados!

Sin duda, habían venido a menos. Mi familia nunca tuvo reserva de suelo sacro. ¿Acaso andaría aún por la Lombardía? Solana, que lo pinte Solana. Cela, que lo describa Cela. Yo mismo me atrevo: todos tenemos un ayer que no merece sino los lindes de un definitivo epitafio...

El retranqueo, eso es lo nuestro. Leo a Miguel Delibes en «La Primavera de Praga», que escribe entre suspenso y admirado: «He conocido en Checoslovaquia a muchísimas personas que ya en su propia carne, ya en la de sus padres, hijos o hermanos han padecido el suplicio de la represión. A ningún checo he escuchado expresiones airadas o de revancha. A lo sumo se limitan a referir su odisea...»

Me sorprendió de forma extraordinaria el escritor granadino Ángel Ganivet en su «Idearium Español», en definitivo comentario sobre los comuneros de Castilla que tantos reivindican ahora tanto: «Y en cuanto a la batalla de Villalar, parece averiguado que ni siquiera llegó a darse». «En 1898 -escribe Joaquín Costa- España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no saliera a cabalgar».

Sí, candemos tanta épica luctuosa, otra vez con Machado: «El sol murió... ¿qué buscas, poeta, en el ocaso?».