Un «Reyno» en la ruta romántica

Un «Reyno» en la ruta romántica

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«Era una noche hermosa pero triste. Valencia desapareció muy pronto a nuestros ojos; pensé que tal vez no volvería a ver a España y lloré».

(Edmundo de Amicis. «España», 1873)

El palmeral de Elche atrajo a los románticos viajeros por tierras alicantinas

POR ESTEBAN VILLAREJO

VALENCIA. Fue en los últimos decenios del siglo XVIII y principios del XIX cuando se gestó el viaje romántico. Escritores, poetas, condes, mujeres intrépidas... buscaban lejos de la monótona (e industrial ciudad burguesa) la aventura de lo desconocido, el encuentro con el otro. Paisajes, ruinas y la vida cotidiana de los habitantes, con sus fiestas y tradiciones, forjaron su camino.

Destinos como las ruinas griegas -¡el mito clásico resurgía!-, Escocia, la Selva Negra de Baviera, Tierra Santa o España -como si estuvieran visitando una parte del viejo continente africano o la «tierra de los poetas árabes»- formaron parte de la leyenda. Y entre los destinos hispanos, también el antiguo Reyno de Valencia magnetizó a viajeros que provenían en su mayoría de Francia y el Reino Unido.

Charles Davillier, Théophile Gautier, P. L. Imbert, Marius Bernard, Joseph Townsend, la condesa de Gasparín, Émile Bégin, Gustave Doré... Todos relataron sus andanzas por los lugares más variopintos de las tierras valencianas.

La huerta, descripciones geográficas de las ciudades, comidas y bebidas, los castillos, la Historia, los caminos y vehículos, las posadas, la Guardia Civil, referencias sobre la política contemporánea, la lengua «valencià» o el juego de la lotería fueron algunos de los temas que trataron en sus obras.

«El verdadero atractivo de Valencia para el viajero es su gente, o mejor dicho, la de la huerta que la rodea», escribió el poeta romántico francés Théophile Gautier.

Las andanzas y desventuras de estos viajeros de carruaje y vereda comienzan con la visita del escritor y político francés Alexandre de Laborde quien relata, en su segunda parte del «Voyage pittoresque et historique», su periplo por ciudades como Valencia, Sagunto, Villafamés, Denia, Alicante, Elche o Calpe entre otras. Unos lugares que difícilmente se reconocerían hoy.

La leyenda de Játiva

«Desde hace tiempo se quiere dotar a Valencia de un puerto de mar. Algunos viajeros creen este deseo irrealizable a causa de la arena que los vientos del este acumulan en la desembocadura del río».

Laborde no visitó algunas de las ahora turísticas localidades, sino que prefirió adentrarse en el interior. El arco del triunfo de Cabanes fue objeto de su interés: «Da testimonio del establecimiento de los conquistadores del mundo antiguo en estos lugares».

La gran roca de Ifach, la leyenda de Játiva, Elche -«donde los palmerales se reproducen de manera excepcional y uno de sus árboles se parece al candelabro de siete brazos de Jerusalén»- y la experiencia de un hostal de época marcan también su itinerario valenciano: «Si algo puede distraerle mientras espera, es el movimiento que se registra en esta especie de sala. Hay monjes que rezan, mujeres que preparan la cena, soldados que explican sus aventuras. A menudo hay también estudiantes que cantan boleros acompañándose con una guitarra, con los que algunos viajeros comparten su cena». Toda una escena costumbrista.

Junto a Laborde, la londinense Lady Holland también fue una de las impulsoras del viaje romántico a tierras valencianas a principios del s.XIX.

En 1840 Théophile Gautier escribe su «Voyage en Espagne». En 1846 Prosper Meni_re su «Voyage en Espagne en aout et septembre 1846». En 1862 Jean-Charles Davillier su «Voyage en Espagne» con grabados de Gustavo Doré. En 1866 la condesa de Gasparín escribe «A travers les Espagnes».

Todos ellos hablan de las costumbres y de la terrible superstición de sus habitantes. Personajes agitanados y bandoleros recrean el transitar por carreteras polvorientas, caminos mal trazados, tortuosos, llenos de salteadores que merodeaban las montañas en busca de sus víctimas.

Pero también había tiempo para el descanso. Así, Marius Bernard contó cómo se desarrolla el veraneo en Alicante o al lado del pueblo del Cabañal: «Por un real se puede acceder como se entra a la comedia; hay sillas que se alinean sobre la arena y, con los pies en las olas, se puede, gracias al dinero, contemplar las bañistas con su oscuro camisón, con su albornoz de trapo... Incluso se alquilan prismáticos».

Fumar, «la plaga de España»

¿La «plaga de España»? La afición a fumar. Tampoco le gustó a Bernard la afición al palillo después del almuerzo: «...Este trabajo de dentista, este aseo repugnante, esta limpieza repulsiva... ¡Es intolerable!».

Con la aparición del barco de vapor y, sobre todo, del ferrocarril, los viajes y viajeros se suceden ante la mirada escéptica de los lugareños. Atraídos por las memorias arabescas, los viajeros desfilan por la tierra de «El Cid».

También hubo mujeres viajeras como la condesa de Gasparín -suiza de nacimiento- quien deja constancia de los agentes de la Benemérita: «Tras dejar Alicante hemos pasado un desfiladero que guarda un puesto de Guardia Civil». Davillier atribuye la seguridad en los caminos (y ausencia de bandoleros) a los agentes del cuerpo: «De los bandoleros ya no queda más que el recuerdo [...] Los civiles, cuyos uniformes se parecen a los de nuestros gendarmes, van siempre por parejas».

Y, por su puesto, la tradición religiosa y la fiesta. La condesa de Gasparín relata el silencioso ambiente de la Semana Santa: «no hay ómnibus, ni tartanas; los viajeros entran en la ciudad a pie, callados, conmovidos». P. L. Imbert llegó a decir: «en la ciudad de Valencia hay por lo menos tantos curas como habitantes».

Del otro lado: «Los valencianos estaban prestos al sarao en la menor ocasión». Moros y cristianos, pólvora y «ruido, mucho ruido».