Pronto será lengua muerta...

OBDULIO JOVANI
Actualizado:

EL nacionalismo, esa bomba de fragmentación territorial, esa exaltación del menudillo y del confeti, de la deslocalización política, esa involución en busca de un pedigrí pseudocultural que tanto tiene que ver con la corrupción para afiliar intelectuales «a posteriori», para socorrer adeptos con escudillas de sopa boba, para acallar disidentes con expectativas de destino -todo esto será tuyo si postrado a mis pies me adoras...- para demediar y escindir, para escaquear y plantar hitos y mojones, para marcar a sus fieles con hierro y divisa... todo viene de los tiempos tribales a los autonómicos, pasando por los de taifas; el nacionalismo -retomo el hilo- es una doctrina entrometida, infectocontagiosa; es de «un localismo feroz, sólo los tontos, o los pillos, no son localistas», pontificó Joan Fuster.

Esa metástasis introspectiva -el ombligo como cogollo de la ensalada mental- conduce a sus comensales a «abultar artificialmente los hechos diferenciales, violentar la naturaleza, tomar el idioma como instrumento de odios políticos, profanar el natural amor a la lengua materna inoculándole el virus de la pasión». Así lo entendía Ramón Menéndez Pidal. Tantos como son, tantos llevan a extremar sus convicciones -esas prisiones- que dejan en nada a los mismos papistas. Les enseñan los quintacolumnistas en los pupitres -educándoles para la ciudadanía de laxante y agravio- los valores del dígrafo «TZ» -¡que no está en las normas del 32!- y cualquiera de esos mindundis serviles de espíritu redentor lo aplica así: ¡Tzaragüells! Aunque lo último es el nuevo uso de este palabro nacido sin duda en el taller ortográfico de algún convicto: ¡Txitxarra!, con el que se conoce ese tren liliput que acaban de inaugurar en Almoines y que rememora -en minimal- el viejo ferrocarril Gandía-Alcoy.

Como la grafía a extinguir es la «ch», se la sustituye por la «x», aunque en aquel conciliábulo del 32 que firmaron unos cuantos señoritos -el pueblo crea las lenguas y ellos las lengüetean a su gusto- solo reconocen la «x» -sin «t»- en principio de palabra. Pero no faltan normativistas con ínfulas que creen que enrevesar la escritura le da altura ¡científica! He contado aquí que en los archivos municipales de Albocácer -que se salvaron de las hogueras que los «escamòts» de presidiarios liberados por Lluis Companys prendían por los pueblos- no figura ni una vez «Albocàsser»; pero atrévase usted a escribirlo sin esas «eses» -¡SS!- policiales y gestaporianas, que hasta un escolar de play station y mola cantidubi te dirá que eres un blavero secesionista, un castellanista, y hasta ¡un español!

Claro que aquí y ahora muchos hablan por boca de Pompeu. Son los que mangonean en la lengua, no por amor a ella sino porque sirven a la causa de la que se sirven -valga el retruécano- sea en las escuelas, sea en los areópagos académicos de San Miguel de los Reyes, sea en los platós realquilados de Burjasòt, todos clónicos de TV3, depredadores de léxico, sintaxis y fonéticas valencianas, quienes facilitan así su estandarización, condición «sine qua non» para el retranqueo de norte a sur de la franja costera mediterránea.

Son especímenes a extinguir. Un catalán, embajador de España en Londres-real, no de tenderete como los que están montando por ahí ¡y ya van setenta!- acaba de ganar el premio Ramón Llull por una novela en la que pone fecha de caducidad al catalán: 150 años; cuando muera - asegura- el último hablante en esa lengua... ¿Qué será del seny, ese mercadeo? ¿Tantos años vivirá Carod Rovira?