PRODIGIO EN LA NOCHE

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VÍCTOR CHARNECO

OCURRIÓ en Valencia hace unos días y, si se lo perdió, puede que no tenga más oportunidades de verlo; cada una de sus actuaciones podría ser su canto del cisne. Fue, como todos los prodigios, una secuencia afortunada de maravillas, hiladas con maestría y secundadas por el fervor del público. El hecho se concentró en apenas dos horas pero, como si el tiempo pudiera ser flexible, en ese lapso de tiempo se condensaron años de vida gastada y batallas casi siempre perdidas.

Él apareció por el escenario menos delgado que en otras ocasiones, paseando del brazo de una meritoria a la que ha convertido en estrella y secundado por los compinches gracias a los que ha vuelto a las andadas. Traía el gesto cómplice y canalla de siempre, el bombín de los últimos tiempos y esa facha entre golfa y trasnochada con la que trata de encarnarse en galán bohemio y marchito. Durante el tiempo de su comparecencia fue cortés, mordaz, apasionado, melancólico y zalamero, como si el tiempo no le hubiese dejado ninguna muesca.

Y, sin embargo, está de vuelta de una isquemia cerebral, que sólo le alteró un poco los planes, y de una depresión, esta vez sí, que casi lo retira para siempre. Se ha dejado muchas lágrimas y algunas ilusiones en la «nube negra», pero ha salido de ella gracias a los brazos recios de Luis García Montero, Benjamín Prado, Caballero Bonald, los cuates del escenario y el impredecible bálsamo de Fierabrás que es su Jimena.

Sobre la voz de Olga Román, la batería de Pedro Barceló y los múltiples instrumentos de Pancho Varona y Antonio García de Diego proyectó la voz aguardentosa y reveló el universo completo de sus muchas fábulas. En cualquier lista hay ausencias, pero obsequió muchas de sus canciones esenciales: Princesa, Y sin embargo, Calle Melancolía, Que se llama soledad, Peces de ciudad, 19 días y 500 noches... Cuando dio las gracias y se perdió entre las bambalinas de la madrugada, todos supimos que habíamos asistido al prodigio en la noche de un concierto de Joaquín Sabina; lo decían las caras de felicidad, también las almas reconfortadas.