OPINIÓN

Plumillas de pato

OBDULIO JOVANÍ
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ACABAMOS de entrar en apresuros, en un abejorreo codicioso de candidatos que corren a apuntalar su peripecia personal, todos con los retortijones propios de las correncias electorales, lujuriosos postulantes de las bicocas, sinecuras y regalías que se alcanzan en una poltrona pública, unos con la credencial de su pretérito histórico, otros militantes apostólicos de una sociedad de socorros mutuos en conchabanza de conveniencias; de simples correveidiles. Pasan así, en unos días, de la vehemente adhesión de los arrebatos del tocomocho a la reposante quietud de la acomodación, unos pocos en el banco azul, otros en la claque de las galleras de hemiciclos y salones de plenos; se les unirán luego los asesores, hasta completar el aforo de la ambrosía oficial. Así, se encastillan, con la poterna cerrada y el pestillo de las listas corrido. Los que quedamos fuera del caudal de la meada pública veremos una vez más escurridas nuestras carnes, considerados como adjetivo numeral, no sustantivo: un hombre, un voto. Soberanos por un día, electores de coyuntura para engorde y exageración de la estadística, que a eso reduce Borges la democracia. Todos acabarán eludiéndonos de seguido con la evasiva de la crispación, de las discusiones estériles, sometiéndose a la falacia táctica del «consenso», esa negación de la mayoría. Con exaltación de la dignidad, eso sí, cualidad de altísimo frontispicio moral, tan socorrida para solapar alevosas coacciones, extremismos de los tibios, instaurando incluso la épica luctuosa, sea de cuneta, sea de UVI. Muchos acartonados en una soñarrera aldeana y paleta —ecumenistas de cercanías— vuelven a las pedanías nacionales donde encuentran un arsenal de argumentos para la ojeriza, el encono y el agravio. Y muera la Historia de más allá de la Plaza Mayor, valgan la conseja, la paremia, el romance de ciego, el chascarrillo... y el bando municipal. Vengo de aquel tiempo de tintero en el pupitre que te rellenaba el maestro —la tinta «Samas»— del palillero con plumilla de pato afilado con el jibión de sepia que guardábamos en el «plumier», con un culín de goma de borrar, una hojilla usada de afeitar como sacapuntas, alguna canica a veces, o un tallo de vidalva que fuera nuestro primer cigarrillo... y andamos ahora metidos de lleno en la informática, esa inteligencia artificial (?), en cuyo catálogo entran la computadora, la consola y el display, el scaner, el laser, la impresora, el joystick, el modem, el monitor, el mouse, el plotter, el servidor, el chip y el microchip, el baudio, el bit, el gigabyte, el pixel y mil artilugios más que se me hacen ajenos todos. Porque al cabo solo identifico la arroba, esa «a» con capuchón«MC». Hace años que entendí que son máquinas de dominación cuando en un ordenador de la Facultad de Filología de Valencia recibían a los alumnos con una pantalla de apertura —me dicen que se dice «tapiz»— con un mapa que incluía a Valencia y a Baleares, aunque al pie figuraba solo «Catalunya». Apenas si sé «entrar» en un ordenador, pero me voy sometiendo a tal modernidad, visto el uso que podemos hacer del Yotube, del Facebook, del Twitter y de otros. Cualquiera puede «colgar» en esas pantallas modernas armas de destrucción masiva, sean fotografías, sean puñaladas traperas. Ellos nos dejan votar, nosotros les podremos «botar», ponerles en estado de imputación permanente. Todo gracias a las Redes Sociales, verdadero Gobierno del pueblo soberano. ¡A por ellos!