La «pequeña Rumanía» se agrieta

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POR PEDRO A. ORTIZ

FOTO EDUARDO MANZANA

CASTELLÓN. Los bares regentados por rumanos han cerrado las puertas. Las discotecas que pinchaban «manele» se han esfumado. La debacle del ladrillo y la cerámica ha tumbado, como piezas de dominó, la mayor parte de los negocios levantados por los miles de ciudadanos rumanos que emigraron durante los últimos años a la provincia de Castellón. Lo que se denominó la «pequeña Rumanía» sufre momentos convulsos. La crisis económica ha enterrado el «milagro español».

Sin ser la provincia más poblada en términos numéricos, la de Castellón es, en proporción, donde la que más importancia tiene la colonia rumana: los 52.000 empadronados (aquí no entran los miles no registrados) suponen cerca del 10% de las población total. El imán del pleno empleo castellonense atrajo, a partir del año 2000, a miles de ciudadanos rumanos.

«Empezamos a cobrar sueldos desconocidos. Hablo de gente que superaba los 2.000 euros al mes de nómina». Maria Cristina Dobre es la mediadora intercultural de la Asociación Rumana de Castellón. El salario medio neto en Rumanía no alcanza los 350 euros. «Como nunca habíamos tenido tanto dinero, hemos cometido excesos», explica, más que en plural mayestático, en nombre de muchos rumanos de Castellón.

Nadie contaba con que España pudiera ser escenario de una crisis tan terrible. «Los bancos te llamaban continuamente ofreciéndote préstamos, y como se podía hacer frente a los pagos, se aceptaban». El dinero fácil animó a muchos ciudadanos rumanos a meterse en una hipoteca o a adquirir «los coches más caros». El «sueño español» funcionaba como un reloj.

Las deudas ahogan

Y explotó la crisis. De forma implacable. En especial, entre la población inmigrante. Castellón es la provincia donde más ha crecido el desempleo en España: un 123% en un año. Los cotizantes extranjeros han caído, a la vez, más de un 22%. «Con el paro mucha gente no paga ni las deudas», señala Maria Cristina, curtida ya en dramas personales.

Maria dibuja una mueca en su rostro al ser preguntada por el presidente de su asociación. «Está preparando su regreso a Rumanía; su mujer e hijos ya están allí», explica. Tras perder su empleo de intérprete y no encontrar trabajo, su último nexo con España es un piso cuya venta ya está tramitando. Otros no esperan ni a eso. Ante la incapacidad de pagar las cuotas, regresan a Rumanía dejando atrás los créditos y dando las llaves de su vivienda al banco. En Rumanía siempre hay familia y los gastos de comida y vivienda son más bajos.

Ante la ausencia de datos oficiales, las compañías rumanas de autobuses que operan entre España y Rumanía son el mejor indicador del cambio de tendencia. Los autobuses, antaño atestados de camino a la Península Ibérica, agotan desde hace algunos meses los billetes en su trayecto hacia el este europeo.

La promesa de José Luis Rodríguez Zapatero de un pago único de todo el paro a cambio de regresar al país, a falta conocer el proyecto de forma concreta, sólo produce escepticismo. El mismo que generan las «promesas vacías» del presidente rumano asegurando puestos de trabajo para los compatriotas que regresen a su país. «Allí también hay crisis», asegura.

Además de las deudas, los hijos retienen a los rumanos en Castellón. Niños que llevan ya años de escolarización en España. Muchos de ellos se expresan mal en rumano. «Hay casos de niños que han vuelto, y en el colegio se frustran e insultan a la maestra en español», indica.

Los que seguirán en España

Pero sólo los casos más desesperados están de camino a los Cárpatos. Los que todavía tienen un sustento en la familia, aguantan. «Para ganar una miseria en Rumanía me quedo aquí», afirma un ciudadano rumano haciendo cola para ser atendido en un atestado Consulado de Rumanía. Y el sustento viene de la mano de las mujeres. Los servicios de limpieza doméstica han aguantado mucho mejor las turbulencias, algo que no se ha repetido en oficios de hombres.

Estos, junto a las capas más pobres de los inmigrantes -en general, personas de etnia rumana dedicados a la mendicidad- y los que todavía mantienen su trabajo, o vínculos afectivos, o una hipoteca de la que no pueden deshacerse, permanecerán en Castellón. En espera de épocas mejores. El resto, de continuar esta coyuntura, está abocado al retorno.