OPINIÓN

Ortografía cismática

OBDULIO JOVANÍ
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AQUÍ, nuestras Universidades, integradas con otras de allí en el «Institut Ramón Lull», a modo de Komintern del «Seny», más bien parecen centros evangélicos, tal es el número de apóstoles catequistas salidos de sus aulas predicando la guerra santa de las Normas de Castellón, ese viejo catecismo lingüístico-nacionalista, esa hijuela del testamento fabrista, todos arropados por el adjetivo absoluto de la unidad, esa argolla que ahoga la libertad, que miden por la propia y no por el grado que de ella disponen los demás, aun sin confesar sus imposturas ni haber hecho contrición de su altivez cultural y de sus alevosas convicciones.

«MC»No les toquéis, que así son los fariseos. Prefieren el orden —la unidad— a la justicia —la rica y plural diversidad. No les toquéis, que así son los infusos. Entran en el Gran Templo del Sofisma —su Palmar de Troya— entonando la «laudatio» de las Normas y salen de él por la puerta trasera «capiscolant la veu», lloriqueándoles el gorigori, ¡incumpliéndolas!´ Son normas adulteradas, espurias; Manuel Tarancón lo escribió así: «Las Normas de Castellón, tan normalizadas como manoseadas, no se corresponden exactamente al valenciano normalizado y enseñado por y desde la Universidad, son normas que se desnaturalizaron cuando pasaron por el tamiz del «Institut d'Estudis Catalans». Lo diré de otra forma: ¡atufan sus escamoteos! Coincido con Ernesto Sábato —salvadas las distancias, por supuesto, que precisamente murió ayer—: «Los idiomas acaban rechazando todas las imposiciones»; y cuando escribe contra la unidad lingüística: «Abandonad toda esperanza, le temida disgregación se producirá; los gramáticos empedernidos se pronuncian contra esta actitud, no queriendo aceptar que los únicos idiomas que no cambian son los que están muertos». Con él repudio ciertas actitudes adoratrices, cadenas y barrotes y celdas que son, prisiones, huyo de todos aquellos beatos que extraen de una norma la norma de que no haya otras normas. Recurrentes, recurren a ¡la ciencia!, de la que hacen superstición. Traigo al punto a un castellonense poeta, Bernat Artola: «¿Normalizant? Definidor de l'idioma/ que a despit d'ell/ a sa via/ creu que la llengua es de goma/ i esborra el pel i la ploma/ junt la parla/ teoría».

Traigo el tema «a carregador» al saber que el «Consell Valencià de Cultura» —¿a dónde irá el servil que no sirva?—a petición del Ayuntamiento de Castellón ha preparado un informe favorable para solicitar que las «Normas» sean declaradas «Bien de Interés Cultural (BIC) inmaterial», una forma de disimular lo que son: un coercitivo código político identitario. Puestos a blindarlas, no extrañe que pidan después que sean declaradas «Patrimonio de la Humanidad». Y que le cuelguen la medalla del progresista: «Hoy progreso menos que ayer, pero más que mañana».

Hoy, España, dispersa, con vértigos de cantil, no solo ha de soportar saqueos históricos, sino inquisiciones lingüísticas como las de la Junta Qualificadora imponiendo sus fervorines del «mitjà», «convencidos de que la lengua y toda la parafernalia que la rodea, son y deben ser tan inmutables como la momia de Tutankamón» como escribió Emilio García Gómez, de la Universidad de Valencia. No les toquéis, que la fe nacionalista, siempre exasperada, vive de un revanchismo revenido, como un cocido recalentado. Requiere, eso sí, la adhesión inquebrantable. Y eso se cobra.