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La coz como argumento

obdulio jovaní
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El pasado lunes reproduje aquí un comunicado de las Juventudes Socialistas de Cataluña, de 1931, «dispuestas a impedir el triunfo del separatismo reaccionario», con recomendación de que «en escuelas, institutos, normales y Universidades públicas no debe usarse otro idioma que el español».

Las propuestas de las juventudes suelen hacerse con osadía, con argumentos a rajatabla; la juventud, esa anarquía jubilosa, esa estampida, esa bulimia vital insaciable, viene hoy arropada por un bienestar de altos decibelios, de luminosos watios, amén de bits, megas, gigas y otros excitantes electrónicos. Muchos adoctrinados de Logse cargan hoy la exaltación de la ignorancia, muchos han pasado por las Universidades, grandes checas ideológicas; junto a la matraca cientifista, traen argumentos de bafle, de pegatina y de tumulto; tributarios de la rabia, piden lo imposible, que para alcanzar lo posible hay que madrugar y emprenderlo. Aprovechen este receso quienes lo deseen y sálganse de la generalización; muchos son jóvenes suficientemente preparados...

De 1931 a 2011. Las Juventudes Socialistas de hoy, como siempre, toman biberones, papillas y potitos de utopía. Que luego «hay que sobrealimentarla con la crueldad, que es el único alimento de la utopía cuando alguien decide implantarla», escribió en estas páginas Carlos Luis Álvarez, «Cándido». Ahora, para mostrar su oposición al «Diccionario Biográfico Español» de la Real Academia de la Historia lo expresan así: ¡Dale una patada al Diccionario! A los argumentos arriba referidos hay que añadir el argumento de coz, tan propio de potrillos de cuadra.

Juan Van-Halen, académico-historiador, escribió el pasado jueves en una «Tercera» que bajo el Gobierno González, con Semprún ministro de Cultura, se publicó un Diccionario Biográfico en el que no se decía que Franco fuera un «dictador», ni tampoco «autoritario». No se produjo entonces ninguna polémica, añade Van-Halen. El nuevo, que tampoco lo dice, como se ve, ha sido coceado. Porque —como escribió Semprún y Van-Halen reproduce— la memoria que ha espoleado Joan Saura, comunista «desde joven», no es una memoria histórica, testimonial, es una memoria ideológica.

El nuevo Diccionario lo han paralizado. Y algunos han pedido la desaparición de la Academia de la Historia: es «una institución vieja», alegan. Nada de esto sorprenda. El 19/8/36, el periódico socialista «Claridad» editorializaba: «La Alianza de Escritores Antifascistas debería decidirse, de una vez por todas, a la acción revolucionaria. Sería un buen principio tomar algunas medidas renovadoras o aniquiladoras con la llamada Academia Española, institución propia de una época, el siglo XVIII, en que se tenía una concepción antipopular de la cultura». ¿Y cuál era la cultura popular en los años 30? Yo la conocí, pero mejor la definió aquí Campmany: «Al telón de acero lo llamaban libertad, al partido único democracia, al trabajo sin ilusión justicia; a la pobreza sin esperanza paraíso; y a su fracaso progreso».

Por cierto, Juan de Ávalos, escultor de La Piedad y de los Cuatro Evangelistas en la Basílica y en la Cruz del Valle de los Caídos, tenía el carnet número siete de las Juventudes Socialistas de Mérida. Estaba exiliado en Lisboa pero fue llamado, sin reparos, a presentarse al concurso abierto. Y muy a pesar de todo, lo ganó.