en tercera persona

Motivos para la indignación

Había muchos motivos para indignarse. Incluso porque a los «indignados» no les pasaba nada por incumplir la ley

javier molins
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Alguien sabía qué es lo que pedían los indignados del 15M? Democracia real, contestó uno. ¿Y eso qué es?, preguntó otro. Pues más participación ciudadana. Eso suena muy bonito pero ¿en qué se concreta? Ni idea.

Era una conversación que había oído en distintas ocasiones y con distintas formas a lo largo de los últimos días. Mucha gente simpatizaba con los indignados sin saber muy bien en qué consistía este movimiento y cuáles eran sus peticiones. Era algo normal. Lo raro era que, con cinco millones de parados, los indignados no hubieran aparecido antes. La capacidad de indignarse era consustancial al ser humano. Era algo muy sencillo, la dificultad radicaba en saber encauzar esa indignación.

Uno podía indignarse con la corrupción, fuera del partido que fuera, pues dolía mucho que alguien metiera mano en el dinero de todos. Uno también podía indignarse con la mala gestión, con que te frieran a impuestos y estos luego se dedicaran a regalar 2.500 euros por cada bebé nacido, fuera del vientre de una indigente o del de la hija de un acaudalado constructor (una medida que poco tenía que ver con la redistribución de la riqueza). Uno podía indignarse porque le multaran por sobrepasar el límite de velocidad de 110 km/h (cuando en la vecina Francia era de 130) y ver que a alguien que acampaba de forma ilegal en una plaza pública no le pasaba nada por incumplir la ley.

Uno podía indignarse porque el Tribunal Constitucional legalizara un partido político como Bildu, que aparentemente estaba ligado a la banda terrorista ETA, y ver como un concejal del Partido Popular tenía que salir escoltado por la policía por dar la alcaldía de Elorrio al PNV frente a los insultos y amenazas de los seguidores de Bildu. Uno podía indignarse por perder el trabajo con 45 años, pasar a engrosar las listas del paro y angustiarse ante la imposibilidad de poder mantener a su familia y ver como había jóvenes que se tomaban el paro como un año sabático pues tampoco tenían la menor intención de buscar un trabajo si el Estado les pagaba igual por no trabajar. Uno podía indignarse cuando su pequeño comercio se veía abocado al cierre, perdía todo lo que tenía (pues había hipotecado su casa para sacar adelante el negocio) y tenía que leer carteles de jóvenes del 15M en los que leía que los empresarios eran unos explotadores capitalistas. Uno podía indignarse cuando lo echaban del trabajo dentro de un expediente de regulación de empleo de una empresa y veía como el liberado sindical de la misma empresa seguía cobrando por no hacer nada. Uno podía indignarse cuando el gobierno central creaba una ley de Dependencia que prometía una serie de ventajas a unos grupos con muchas necesidades y luego veía como no dotaban con dinero dicha ley. Uno podía indignarse cuando comprobaba que el 80% de las líneas de enseñanza pública en Castellón eran íntegramente en valenciano y luego veía que tan solo un 1,2% de los padres encuestados querían la enseñanza solo en valenciano.

La verdad es que había muchos motivos para indignarse pero unos pocos hacían mucho ruido frente a una mayoría silenciosa que optaba por interiorizar su indignación pues tenía cosas más importantes que hacer, como trabajar y pagar sus impuestos.

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