«El milagro es que no pase nada»

POR ESTEBAN VILLAREJOFOTOS: MIKEL PONCEVALENCIA. No hay mejor cirineo para adentrarse en el centro de preventivos de Picassent que el padre Miguel Fons García. Cualquier pasillo, módulo, patio o

POR ESTEBAN VILLAREJO. VALENCIA
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No hay mejor cirineo para adentrarse en el centro de preventivos de Picassent que el padre Miguel Fons García. Cualquier pasillo, módulo, patio o dependencia de este área de la cárcel valenciana que alberga a más de 1.100 presos -en total junto al centro de cumplimiento hay 2.400 internos- tiene para él una explicación. Un lugar para la esperanza entre rejas.

Y en cualquier rincón es interpelado por alguno de los presos que ven en él un punto de apoyo hacia el exterior: la libertad... no sólo en el sentido físico del deseo.

«Padre, ¿qué hay de lo mío?», es una de las expresiones que le rodean. Lo «mío» puede ser el último entuerto judicial en el que se ha metido el interno, una recomendación para poder asistir a uno de los cursos que ofrece la capellanía, un mensaje para algún familiar o un simple pitillo para aliviar durante unos minutos la espera del tiempo. La gran mayoría de internos y todos los funcionarios le conocen.

Fue hace seis años cuando el padre Miguel -originario de la localidad valenciana de Turís- decidió compaginar su sacerdocio en la parroquia de Gandía con su labor humanitaria y de servicio espiritual en la cárcel de Picassent, donde coordina a unos cuarenta voluntarios que se involucran en talleres tan diversos como manualidades, expresión corporal, expresividad, costura, contra el alcohol, Biblia, así como la atención neocatecumenal, entre otros.

Unas actividades a las que asisten todo tipo de presos: «Nunca miramos el credo», explica el padre Miguel para quien el «hecho religioso» en la cárcel -propósito de este reportaje para el cual nos pusimos en contacto con Instituciones Penitenciarias- tiene como mensajes fundamentales «el amor de Dios, la gratuidad, la esperanza y la humanización».

«Es muy importante que nuestra labor, en esta mole tan hostil, pueda servir para dignificar y humanizar la estancia de los internos». Futuro, creer en sus posibilidades, autoestima, superación de la ruptura interna que supone la vida privados de libertad y la noción del perdón -«muy importante cuando todo lo que han visto son juicios»- son otros de los mensajes subrayados por el padre el Miguel durante sus homilías en la misa que se celebra en el centro penitenciario cada sábado. «La cárcel te engancha».

Una de esas «enganchadas» es Higinia, voluntaria del taller de habilidades sociales, comunicación y escucha activa. Es apodada por los reclusos como «Canin» y es profesora en un colegio de Valencia.

«Entablar un diálogo»

Hoy, como una de las actividades, los reclusos pintan una careta -muchos no ha tenido ningún tipo de formación educativa-, «es la excusa para entablar un diálogo, hablar de sus preocupaciones, de lo que sienten, de sus anhelos. Lo que más quieren es que les escuches».

Uno de los reclusos lleva dieciocho de sus 40 años entre rejas. Su casa. «El momento en el taller es como una rendija a la libertad», cuenta «Canin» quien explica, emocionada, la satisfacción que le supone este servicio de voluntariado en la capellanía católica del centro penitenciario. «Entre lágrimas ha venido uno de ellos y me ha dado las gracias. Es mucho más los que recibes que lo que tú ofreces». Tres mujeres (también están María Soler y Mayte) frente a una decena de presos que tatuados reciben al periodista y el fotógrafo con efusión y miradas cómplices. «Mucha suerte», nos despiden.

La vida en el «talego» en los últimos cinco años ha cambiado... «y vaya que ha cambiado», comenta Nicanor, uno de los funcionarios del centro que nos acompaña en la visita con el padre Miguel.

La población reclusa inmigrante es la que empieza a predominar en los patios o en la piscina que mitiga el calor del páramo donde se ubica el centro de Picassent (algo característico en los demás centros de la Comunidad Valenciana).

Marroquíes, rumanos, argelinos, colombianos, nigerianos,... conforman un nuevo crisol que supone a su vez un desafío para la seguridad y el día a día del centro penitenciario. Casi el 20 por ciento de los presos son inmigrantes.

Desde algunos sindicatos como Acaip se denuncia que la tasa de sobreocupación de las cárceles de la Comunidad Valenciana -junto a Picassent están Alicante I, Alicante II, Alicante psiquiátrico y Castellón- ha pasado del 166% al 199% en tan sólo dos años. Desde el 2000 el número de presos ha crecido un 52%.

«Algunos de los presos, sobre todo los de Europa del Este, responden a una pauta más organizada, han estado en estructuras militares en sus países de origen, son muy fuertes... todo un reto», explica otro de los funcionarios del centro de preventivos de Picassent. También hay un grupo de presos «yihadistas» ligados a la red terrorista Al Qaida: «No dan ningún problema». Los rumanos, por su gran número, son ahora la gran preocupación.

Cuando un recluso entra en la prisión se le asigna un módulo tras analizar su situación. «Nunca se encuentran un argelino y un marroquí juntos; o un ruso con un lituano... porque se llevan de por sí mal entre ellos y pueden ocasionar problemas».

La irrupción de los inmigrantes en las cárceles también ha influido en el hecho religioso. En el centro de preventivos de Picassent además de estar «acreditados» dos sacerdotes católicos (el padre Chimo, «toda una institución», es el otro), también hay dos pastores evangélicos, un testigo de Jehová y uno de la iglesia de Filadelfia. Además pastores protestantes, un rabino y alguna vez («pocas», comentan) ha venido un imán de la mezquita.

Sobre la conflictividad dentro de la cárcel, el padre Miguel nos da el titular: «El milagro es que no pase nada». Un «milagro» cimentado en el trabajo de los funcionarios, de los voluntarios que humanizan la vida en el «talego», de la capellanía católica y asentado también en la propia conducta de los presos que, aunque en ocasiones puedan generar algún altercado, más de los deseados («no hay que olvidar que esto es la cárcel»), en general la conducta es adecuada, sostienen los funcionarios consultados en los pasillos de la visita a Picassent.

En el módulo 23

«Existe mayor agresividad en la calle que en el interior de la cárcel», ironiza uno de ellos al tiempo que vigila un extraño movimiento de uno de los reclusos que deambula junto a una de las canastas de baloncesto (sin tablero ni aro) de uno de los patios de la cárcel.

El módulo más conflictivo es el 23. En él el padre Miguel se mueve como pez en el agua. En el momento que le ven, los presos se agolpan en los barrotes del patio -pasamos por el pasillo- para hablar con él. En este módulo, donde los presos no tienen apenas medios económicos, llega otro voluntario con el «ropero solidario». Se trata de ropa que se ha recolectado en diferentes parroquias y que se le ofrece a los indigentes del centro.

Emprendemos el camino hacia el exterior. Las puertas, una tras otra, se cierra a nuestras espaldas. Nos encontramos con «Macu», uno de los presos más veteranos en Picassent. Entre otras, tiene encomendada la labor de repartir el periódico a los presos etarras -el diario «Berria»-. «Su vida está aquí. Hay algunos presos que no saben vivir ahí a fuera. Aquí son alguien. Es triste, pero es cierto», reflexiona el padre Miguel quien en el camino se topa con uno de sus tantos presos conocidos que mochila en mano le espeta un «¡Padre me voy!»... «¿Te vas a la calle? ¡Qué bueno! Bendito sea Dios que todo llega».

«Humanizar la prisión», éste es uno de los objetivos del padre Miguel Fons, coordinador del voluntariado dentro de la cárcel de Picassent: Un lugar para la esperanza entre rejas _Marroquíes, rumanos, argelinos, colombianos,... conforman un nuevo crisol que supone un desafío para la seguridad

El padre Miguel dialoga con un grupo de reclusos del centro preventivos de Picassent

Taller de habilidades sociales, comunicación y escucha activa donde colaboran tres voluntarias de la capellanía católica