¿Memoria histérica o histriónica?

OBDULIO JOVANÍ
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Lo supe desde muy niño —los chinos dicen que el niño es hombre desde la cuna... que el hombre es niño hasta la sepultura— lo aprendí en la calle, donde la sabiduría es vertida en adagios, cantares, consejas y romances, de los que tantos cervantistas dicen que D. Miguel tomó su inspiración para su Don Quijote, en aquel lugar de la Mancha del que no pudo acordarse... Yo sí me acuerdo del lugar de mi pueblo donde tantas veces oí decir, despectivamente: «Això tot son històries»; y supe allí de un «adage» valenciano: «Històries velles, mentires en elles»; y de otro: «Lo que no ho sapies no ho digues»; o «Molts sabrien parlar si deprengueren a callar»; o «Si vols mentir, digues lo que sents dir».

Claro que en la escuela tuve que creer en las historias que contaba el maestro; creí luego en la Historia —ya con mayúscula— que leí en los libros. Ahora, con tantas lecturas pasadas, y con tantos años crecidos, compruebo una Historia que está llena de cultos de piganillo, de muchos que cumplen con los deseos de Salvador Allende: «Para un periodista de izquierda, el deber supremo es servir, no a la verdad, sino a la revolución».

Y supe que la Historia se suele contar con hipérboles, ditiramboss y tamborileos; y con goma de borrar, con picaduras de víbora a veces, con navajazos cabriteros otras; la primera para magnificar unos hechos, la segunda para eliminar otros. Cuando el relato es del vencedor suele derivar en imposturas; cuando lo es del perdedor suele decantarse por el rencor; unos y otros suelen sustituir los valores éticos por los retóricos, valgan votos huelguen razones. Y si el relato es nacionalista, en su Historia cuentan más las hipótesis que las autenticidades, (Josep Pla)

Estamos en un tiempo en que se quiere dar lo mentido por verdadero, lo perdido por ganado. La Historia no se saca ya de los libros, sino de la memoria, siempre selectiva. Decía Baroja que «los muertos seculares aún tienen la sartén por el mango, aún nos gobiernan... seguimos viviendo bajo la influencia de las momias». De ahí la Ley de Memoria Histórica, para unos Histérica, para otros Histriónica, que alguien dijo que el PSOE es la razón social de una compañía de histriones...

Y de las cunetas, tan prosaicas, se pasan al Museo del Prado, tan manoseado por los cultos del cacareo. He ido a la Universidad de Valencia a ver una exposición sobre el traslado de aquellos cuadros a Suiza, Una autocomplacencia, que se cuenta y no se acaba de lo que hizo la II República por la cultura. Uno lo sabe bien, de aquellos rencores de entonces a estos de hoy «inducidos y subvencionados». Traigo un testimonio de Madariaga, nada sospechoso: «El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento fue uno de los mayores crímenes contra la cultura española que se han cometido jamás».

Fue en aquel tiempo en que Miguel Hernández, vuelto del frente, visitó a Alberti en su casa, un palacio expropiado en el que daba fiestas de disfraces, comedias... y comentó: «Veo aquí a mucha puta y a mucho hijo de puta». Recibió un bofetón de Teresa León, la mujer de Alberti: ¡Paaff!