HOTEL DEL UNIVERSO

Salir del hospital

CARLOS MARZAL
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ANTES de salir por la puerta de la habitación 354 del hospital, se dio la vuelta, observó aquel ámbito que había sido su casa durante tantos días (la casa del dolor, la casa de la zozobra; pero también la casa de la persecución de la salud, la casa de la esperanza) y se dirigió en silencio a su interlocutor: Cuida del que venga ahora, al menos, tan bien como lo has hecho conmigo. Y, sobre todo, que pueda marcharse cuanto antes en buen estado. Pórtate. La habitación del hospital tiene con su huésped un grado de intimidad que permite las confidencias, las confesiones, las sensiblerías incluso: no en vano ha visto nuestra sangre, nuestras lágrimas, nuestra bilis, nuestras heces; no en vano nos ha acunado mientras nos punzaban, mientras nos perfundían, mientras nos sondaban.

Después de esa conversación entre viejos camaradas fue a despedirse de los médicos, de las enfermeras, de los celadores, de las limpiadoras; es decir, de todas las divinidades mayores, intermedias y menores que rigen aquel lugar tan extraño en donde a todos se nos espera cada cierto tiempo. Les estaba tan agradecido que les hubiese propuesto a cada uno en matrimonio: hombres y mujeres, en una suerte de ecuménico y bienintencionado hermafroditismo sentimental. De no haber tenido ya esposa, habría querido emprender con cada uno de los empleados de la planta una vida plena, de longevidad bíblica, engendrando generaciones sempiternas de angélicos celadores, limpiadoras, enfermeras y médicos. Y a su mujer, tanto o más agradecida que él mismo, le habría parecido no sólo una buena ocurrencia, sino el asunto más natural del mundo.

Una vez en la calle, aspiró una bocanada de aire fresco, y le pareció la bocanada primigenia, el primer aire del universo, el hálito inaugural. Era, nada más y nada menos, que el aire de un día cualquiera, como cientos de días que había conocido; pero lo convertía en único el hecho de que soñaba con que fuese el primero de una serie innumerable de días venideros. Cuando dormía en el vientre de la ballena, en el intestino hospitalario —durante los momentos inhóspitos—, no añoraba nada extraordinario, nada excéntrico, sino tan sólo la excéntrica y extraordinaria rutina de su propia vida.

Acababa de comenzar el otoño, y había por el suelo hojas caídas de los plátanos de sombra. Si no hubiese tenido prisa por volver a casa, allí mismo habría emprendido una carrera de naturalista, y habría dedicado cien años al menos al estudio de aquellas maravillas caducifolias. ¿Han visto ustedes de cerca la nervadura de una hoja de plátano? ¿Han escuchado alguna vez un nombre más hermoso para un árbol: «plátano de sombra», que es como decir de cobijo, de frescura, de ponerse a ser feliz bajo su amparo?

Había una boca de riego para incendios, y le habría gustado abrirla, como si fuese un golfillo de Brooklyn, para bañarse en sus aguas lustrales. Y había una floristería a las puertas del hospital, con sus rosas juanramonianas, con sus orquídeas de la Cochinchina, con sus flores artificiales, y las flores falsas no le resultaron de una belleza menor, porque el plástico era una sustancia humana, y nada de lo humano le era ajeno. Y había taxis de color blanco, mucho más bonitos que los amarillos de Manhattan. Y pájaros en la mañana. Y sol: había un sol rotundo encaramado en el trono del cielo.

De modo que no se le ocurrió otra manera mejor de manifestar su agradecimiento hacia la realidad que detenerse en mitad de la calle, y brindar a aquel día la más entusiasta de su ovaciones.