El mapa del desencanto

Tras la ilusión por la victoria en el Congreso Nacional, la Ejecutiva de Joan Ignasi Pla empieza a caer en el pesimismo. Mientras las crisis orgánicas se suceden, en los círculos de Blanquerías se empieza a pensar en una derrota casi inevitable en 2007

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TEXTO: V. VILLAPLANA/I. BLASCO ILUSTRACIÓN: ANTONIO TERUEL

VALENCIA/ALICANTE. Corría el verano de 2004. Tras años de crisis, gestoras y líderes efímeros, Joan Ignasi Pla, salía de X Congreso Nacional como secretario general del PSPV con un apoyo del 82 por ciento de los compromisarios. Con el respaldo a su reelección, el político de Atzaneta d´Albaida utilizó la victoria para, durante esa misma noche, hacerse una ejecutiva a su medida, libre de ataduras de corrientes. Se trataba de darlo todo, de aprovechar su última oportunidad para el ambicionado éxito electoral en el camino hacia el Palau de la Generalitat, y los históricos del aparato de Blanquerías se allanaron sin hacer ruido -pero sin olvidar la afrenta-.

Las sinergias del congreso, celebrado en la Jaume I de Castellón bajo un calor de justicia, empujaban al líder socialista, que llegó al inicio de curso político con nuevo equipo de su máxima confianza y pletórico de fuerzas. El primer debate de Política General sirvió de piedra de toque, y Pla lo pasó con buena nota. El PSPV arrancaba en las encuestas y en el PP y en el Consell empezaba a haber unos más que evidentes nervios.

Pero más de un año después, los socialistas siguen como mínimo con diez puntos de desventaja en los sondeos frente al PP -Blanquerías muestra orgulloso una encuesta que los coloca a «sólo ocho puntos»- y el mapa del socialismo valenciano está tan dividido como lo había estado siempre.

La insatisfacción latente empieza a afectar al hasta ahora siempre optimista círculo cercano de Pla en la sede valenciana. Comienza a haber una conciencia de desencanto, de que el partido, y sobre todo el líder, «no dan» para alcanzar la victoria en las autonómicas de dentro de un año y medio. Ni Pla ni el PSPV han logrado sacar rentabilidad a la gran oportunidad de tener un Gobierno central de su mismo color, ni al desgaste lógico de un década de ejecutivos populares.

«Efecto bumerán»

Con esta perspectiva, Blanquerías se sacó este verano de la manga la «Ofensiva por la Transparencia» que, efectismos aparte y con muchos socialistas en contra desde el principio, ha empezado a volverse contra el PSPV y, desde hace unos días (García Ortuño), contra el propio secretario general.

Los socialistas valencianos son conscientes de que, en esta lucha, tienen mucho que perder, no sólo por los casos de supuesta corrupción que van surgiendo en su seno, sino por motivos de sociología electoral. El embrutecimiento del debate político es el mejor repelente para el voto joven, precisamente uno de los caladeros clásicos de la izquierda.

Esta misma semana, Pla admitía en público que la crispación política «no es buena para los ciudadanos». Eso sí, durante las dos jornadas siguientes Ana Noguera -«Vamos a tirar de la manta en Ciegsa»- y Andrés Perelló -RTVV- siguieron a la carga con la ofensiva. Mientras, la configuración de la Comunidad Valenciana como feudo popular garantiza más votos al PP, que ha cerrado filas ante el debate de bajezas y descalificaciones.

Con Blanquerías confeccionado a su medida, los problemas internos tenían que evidenciarse, en primer lugar, en las agrupaciones locales. Moncada, El Puig, Náquera, Oropesa, Cabanes y Albocàsser, hacia el Norte; y Elda, El Campello, Alicante y Orihuela hacia el Sur -además de la ejecutiva crítica de Valencia- son una muestra de la ruptura interna municipal del PSPV.

Desde los grupos locales se echa en cara a Pla que haya sido un líder muy lejano a las inquietudes de los municipios y que no se haya fijado en las organizaciones sociales de fuera del ámbito socialista, base de la estructura cívica de las medianas y grandes localidades, que no cuentan con el secretario general como referente.

Sin tiempo para cambios

Si en algo coinciden los críticos de fuera de Blanquerías y los desencantados de dentro es en que no tienen tiempo para cambiar de candidato y los mimbres serán los que hay. Para promocionar ahora a un nuevo cabeza de cartel, primero habría que luchar contra la historia reciente del PSPV y poner de acuerdo a las corrientes y, de conseguirlo, alguien debería dar un paso adelante. Pero con año y medio de tiempo y con el PP a más de diez puntos en las encuestas... ¿Quién puede atreverse a coger el toro por los cuernos?

Así, sólo queda caer en manos de una planificación para perder y, acaso, salvar los muebles. Ésa es la estrategia en que se afana el aparato de Blanquerías con vistas a las reválidas electorales de 2007. Las sorprendentes revelaciones de algunos activos «históricos» del socialismo valenciano, ahora defenestrados por «no querer entrar en la rueda», apuntan a que tanto el secretario general de los socialistas valencianos como su tan nutrido y exclusivo séquito, sólo aspiran ya a preservar la honrilla personal y a poner la mejor cara posible ante una derrota en las urnas que los elementos hipercríticos conceptúan como «inevitable».

Consumido un dilatadísimo periodo de cortesía, el clamor contestatario al líder del PSPV ha comenzado a hacer fortuna en la Comunidad. A decir de quienes conocen las «cloacas» tan bien como para haberse sentido cómodos en ellas, la discrepancia con el inevitable candidato y con la inoperancia de quienes lo rodean es general en las agrupaciones clave.

La teoría de que el desasosiego sea infundido resulta, eso sí, tan inverosímil como aterradora. De acuerdo con esta hipótesis, la anulación de la disidencia, o el ostracismo más absoluto, contribuirá a evitar los cuestionamientos abiertos y las peticiones de cabezas que, con toda seguridad, correrán paralelos a la confirmación oficial de los resultados.

Además, el reguero de descontento traspasa fronteras y hay quien echa de menos un punto de valor en la provincia de Valencia para que se deje de observar las formas y comience a llamarse a las cosas por su nombre.

En brazos del personalismo

Lo que sí constituye un hecho incontrovertible es el progresivo paso a las filas del personalismo de muchos cargos institucionales del PSPV que confían más en sí mismos que en las siglas para alcanzar el objetivo de salvarse de la quema. La marca PSPV no vende mucho, y hay que probar con candidaturas alternativas.

No sólo el cristalino García Ortuño en Orihuela; también se detecta un inquietante rumor de estampida/escisión/lucha en localidades alicantinas como Guardamar del Segura, Altea, Calpe, Benidorm, Benijófar, Alcoy... Más al norte, «terra incognita».

Con todo, la disconformidad amplía horizontes geográficos precisamente ahora, cuando se ha instalado la clásica impresión de que resulta del todo imposible sustraerse del «fatum», de ese inexorable destino que, según el clamor esencialmente subterráneo, Pla y su comitiva han buscado con admirable denuedo. En algunos ámbitos del socialismo valenciano se empieza a escucha el ruido de los sables internos, con el convencimiento de que a la batalla electoral le seguirá una guerra sucesoria.