Juan Eslava Galán, durante la Velada Literaria Maestral en Alicante
Juan Eslava Galán, durante la Velada Literaria Maestral en Alicante - CRISTIAN CARRETERO
Entrevista

Juan Eslava: «Quien busque a Puigdemont dentro de cien años tendrá todas sus payasadas en hemerotecas»

El escritor e historiador jienense analiza el discurso independentista con perspectiva europea e idiomática, desmontando algunos tópicos, en una entrevista para ABC

ALICANTEActualizado:

El escritor y buen conocedor de la historia española Juan Eslava Galán ha experimentado por primera vez en Alicante -cosa difícil, sorprenderle todavía con una sensación nueva- el sano ejercicio de maridar literatura y gastronomía, con el gusto de degustar el mismo estilo de cocina y vino que paladearon los personajes de su novela. En este caso, su última obra, la «Enciclopedia Eslava», que ha inspirado un menú especial en las Veladas Literarias Maestral, en el que había un cucurucho de pescaíto frito de Cádiz con puntillas y un codillo de ibérico glaseado con pisto de la Mancha, regado con un blanco de moscatel y malvasía de la cercana bodega Casa Cesilia, entre otras delicias.

Y ya que se encontraba en tierras mediterráneas, era la ocasión de aprovechar su vasta cultura para indagar en curiosidades sobre Alicante y, entre otras cuestiones de actualidad, la pretendida afinidad e inclusión que desde el independentismo catalán se le atribuye con los mal llamados «países catalanes».

¿Qué le parece la idea de maridar literatura y comida? ¿Se lo habían propuesto alguna vez?

Fantástica, una idea muy feliz, sobre todo, porque vamos a hablar de un libro en el que hay mucha gastronomía. Y es la primera vez, estoy encantado, me parece una idea fantástica.

¿Hay alusiones a Alicante en alguna de sus obras?

Sí, en cuestiones de cocina, hay una historia de la gastronomía que se llama «Tumbaollas y hambrientos» que se editó hace veinte años y ahora se reeditará de nuevo, en la que se habla bastante de Alicante, y también en un libro sobre el aceite y el olivo, muy específico, en el que se habla de especies y variedades que son peculiares de esta zona.

Como gran aficionado y lector de la historia, ¿ha encontrado menciones de esta tierra alicantina vinculada a lo que algunos llaman ahora «países catalanes» desde el independentismo?

A mí me parece que los nacionalismos -que estaban latentes en Europa y ahora surgen, con más fuerza tal vez en Cataluña- van en contra el sentido de la historia, donde ahora se tiende a abolir fronteras y estamos haciendo una especie de koiné cultural, hemos evolucionado hacia instituciones comunes. Además, cuando se reivindica desde falsedades y no conduce a nada. Al margen de si es lícito o no, si es legal o ilegal, lo veo como una especie de reminiscencia romántica un poco tonta. Cataluña, hablando en términos generales, donde yo no integro como «países catalanes» esta tierra, pasó de la Edad Media al Romanticismo, se ha saltado el Renacimiento y la Ilustración, con lo que hay un fallo de comienzo. Y pasando también por el hecho de que el catalán, como sistema y definición gramatical, es muy reciente, de principios del siglo XX, antes se le llamaba el limusín. Ni siquiera ellos lo llamaban catalán, sino como un dialecto del limusín. Sin embargo, hay motivos para pensar que el valenciano existía desde el siglo XV, desde Tirant Lo Blanc, y había nacido como el resto de las grandes lenguas europeas. Por lo tanto, no es solo contradictorio, sino también contra el sentido lingüístico, que se hayan apropiado del valenciano, cuando tuvo una existencia muy anterior al catalán, con gramática y literatura, que no tenía el catalán.

Más allá de etiquetas o la antigüedad de cada lengua, ¿qué le parece retrotraerse en la historia -de la que se aprende siempre- para que tratemos de «rebobinar» y volver a otro período?

En absoluto, es absurdo. Además, Cataluña nunca había estado tan bien como está ahora, desde el punto de visto del bienestar material de los catalanes. Es una cosa extraña.

Otra vocación declarada suya es desmitificar falsos conceptos e ideas de la historia y el lector puede pensar que no se puede fiar de nada. ¿Hay fuentes razonables para consultar o hay que leer la historia un poco como se recomienda leer la prensa, de varias cabeceras para hacerse una idea más fiel?

Eso sería lo ideal. Voy a poner un ejemplo muy práctico: un investigador que dentro de quinientos años quiera indagar en cuáles eran los precios de la vivienda actuales, lo más lógico es que se vaya a mirar en los archivos notariales para ver qué valía un piso o una casa en Alicante a principios del siglo XXI. Qué fuente más fiable que un notario. Y sin embargo, se engañará, porque todos nos conocemos ya los trucos, con esos precios. De un día para otro, se falsifica la historia. Si mañana compramos un periódico de derechas y no tenemos también uno de izquierdas, la historia la vemos distorsionada. Antiguamente, no había periódicos, si indagamos sobre Isabel la Católica, tendremos lo que decían los cronistas de la época de ella, pero no sabremos nada de lo que contaban los cronistas de «La Beltraneja», que fue la derrotada de aquella guerra.

O sea, se falsifica en el mismo momento en que se escribe...

... A veces, ni siquiera de forma consciente, cada uno tiene su visión y deforma la realidad.

Claro, la historia es ciencia, pero al mismo tiempo es arte. Cada generación reescribe la historia, yo tengo mis maestros en los que me he basado, aunque también tiendo a no seguir y corregir al maestro, y luego vendrá un discípulo que me corregirá a mí.

¿El humor ayuda a divulgar la historia?

Si, a mí el humor me sale de forma natural, no es consciente, creo que soy un tío cachondo y cuando escribo no quiero aburrir al lector. No hay que abusar de dar datos ni adoptar la postura de «te vas enterar de lo que yo sé» que tienen algunos historiadores muy académicos. La historia se presta a hacer chistes sobre ella.

¿Y un personaje como Puigdemont? Si alguien se aproximara dentro de un siglo a esta figura, ¿cómo lo vería?

El escritor, durante la entrevista
El escritor, durante la entrevista- C. C.

Afortunadamente, ahora existen las hemerotecas y las filmotecas, las hemerotecas filmadas, con imágenes. Entonces, dentro de un siglo alguien que se aproxime a Puigdemont de forma seria tiene ahí todas sus payasadas patentes. Por ejemplo, cuando vemos un discurso de Hitler, aunque no sepamos alemán, ya lo vemos atacado de histeria y nos hacemos una idea de que este tipo arrastra a las masas, pero lo tomamos con cierta distancia. No digamos ya Mussolini, auténticamente un payaso. Eso arrastraba a las masas en su momento.

¿Cómo se puede escribir en un castellano que no es actual, que no se utiliza, como hizo en su obra «El comedido hidalgo»? ¿Qué dificultad entraña?

No, no tiene dificultad, soy muy lector de literatura de esta época y llega un momento en que te quedas con la música y a la hora de escribir no me esfuerzo. Me va saliendo y luego tengo que hacer un repaso para que no haya demasiadas palabras que desconcierten al lector, siempre dejo alguna para que tenga que buscar en el diccionario, pero lo limo un poquito. Uso trucos de la novela de entonces, esa inocencia, pero con todos los trucos de la novela actual. Es como cuando a una fotografía actual le pones el tono sepia, que parece de principios del siglo pasado. Y hay muchas frases hechas, que son el gran peligro para el escritor, es propio de escritores vagos, pero que en este tipo de libros de época te dan una verdad que realmente no contiene, es como una gema que tú cincelas. También he manipulado otras para que parezcan frases de época. Leo mucho del Siglo de Oro y creo que el idioma estaba más fresco y más directo.

Hay una tendencia al gregarismo y el sectarismo, a cada uno asumir que un arquetipo o un bando con «los buenos» en la historia...

Claro, sobre todo, en la historia reciente, que es la que nos compete más. Los españoles somos demasiados tajantes: si tú eres de izquierdas, rechazas a los «fachas» y viceversa, si eres de derechas a los «rojos». Por eso muchos lectores de la historia de España recurrían a hispanistas, a autores extranjeros, por su distancia. Parece mentira que han pasado 80 años y sigamos con la barrila de lo mismo. Es lo más cómodo y somos muy perezosos, cada uno es del Barça o del Madrid y acepta todo como la verdad de los suyos, mientras que lo de los otros es falso.

Aunque se dan situaciones atípicas, como que en la alianza de independentistas en Cataluña, estén juntos un partido de izquierdas como ERC y uno de derechas como PDeCAT. ¿Existen precedentes parecidos en la historia)

A veces se ha dado, es el populismo, la manipulación de la masa. Básicamente, el independentismo es una creación de las capas superiores de la sociedad catalana, que a veces arrastran a las capas inferiores con la misma idea. Mientras se dedican a transmitir ese «nos roban» también les da esa seguridad de sentir que «somos superiores». Tiene también un tono de superioridad moral, no solo el independentismo en Cataluña, sino los distintos movimientos nacionalistas en Europa, tienden a ser un poco racistas: los demás se están aprovechando de nosotros. Y el que está por abajo socialmente se siente superior también al que está fuera del nacionalismo y olvida de hacer otras reivindicaciones más sociales, lo que resulta cómodo para el de arriba que se ha inventado este discurso.

¿Cómo recomendaría la historia como bálsamo para aliviar tensiones?

Hacer una lectura crítica de la historia es muy conveniente, aunque sea un tópico, el ser humano tropieza y tropezamos mil veces en la misma piedra y siempre nos va igual. La historia que se manipula, se divulga, se basa en muchas cosas falsas. Deberíamos romper algunos moldes.

Además, estamos en un momento propicio, porque la literatura que más se lee muchas veces es histórica...

Sí, pero hay un poco de falsedad en esa percepción del gusto por la historia, en realidad es una especie de escapismo: la gente que no está a gusto en el presente se refugia en el pasado. Por ejemplo, en los años 40 y 50 estuvo de moda la novela social y de pronto hubo hartazgo de eso y llegó un momento que fuimos a la novela histórica. En España coincidió una serie de televisión, «Yo, Claudio» con la novela «El nombre de la rosa». Cuando uno está aperreado por la sociedad moderna, vivimos con mucha prisa, esa vocación del pasado, sirve.