Joaquín Guzmán - Crítica

Excelente «Lucia» con algún pero

Tanto la orquesta como el coro de «Lucia de Lammermoor», de Gaetano Donizetti, se despidieron de la temporada en máximos de calidad

Joaquín Guzmán
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Fueron buenas, muy buenas, sin duda, las sensaciones tras esta Lucia, aunque no vi cumplidas todas las expectativas que había depositado en la protagonista de la función, que tan gran Amenaide del Tancredi Rossiniano nos había regalado. Pero Donizetti no es Rossini. Ya en su primera intervención junto a una fenomenal Olga Siniakova como Alisa incluso llegué a pensar que la Pratt no se encontraba en sus mejores facultades puesto que su voz no “llegaba” en diversas ocasiones. Pensé también en cierta reserva de la cantante, a la vista que se trata de un rol muy exigente vocalmente a lo largo de los tres actos. Tampoco era eso, como se vio después. Es un tanto peculiar su canto, que tantas cualidades posee pero que proyecta adecuadamente sólo en ocasiones, y cuando no, es arrollada por la orquesta. A su timbre, salvo en las notas altas que las da a la perfección en colocación y presencia le falta cierta carnosidad. En la conocida escena de la locura, en esta ocasión con intervención de la armónica de cristal, las dificultades las supera con holgura y virtuosismo, convirtiéndose quizás en su mejor momento de la velada. A la vista de la disparidad de opiniones al respecto de Pratt he podido comprobar algo que me ha sucedido en un par de ocasiones en Les Arts posiblemente como consecuencia del amplio foso, tal como sucede en otros teatros de estas características, unido a que aquí el sonido orquestal emerge con especial brillantez por las características acústicas de la sala y su revestimiento cerámico. A lo que vamos: una voz que en ocasiones con dificultad superaba el foso y que a penas llegaba en condiciones a mi fila (la 18), cuando en otra función me había situado más cerca del escenario la experiencia era completamente diferente y “me llegaba” sin problema alguno. Es posible que esto haya sucedido con la Pratt a la vista de la disparidad de opiniones sobre sus prestaciones.

También fue una sorpresa pero en este caso para bien el tenor chino Yijie Shi que protagoniza un excelente Edgardo. Magníficamente cantado, justo, eso sí de medios, pero con una bonita, expresiva y cálida voz que reguló a la perfección evidenciando excelente escuela. No cumple con las expectativas el discreto barítono italiano Alessandro Luongo, al que al menos se le valora el arrojo y que quizás el rol no es muy adecuado a su voz. Aprobado sin más. El vozarrón de Vinogradov, un fijo de la casa desde la apertura del teatro, siempre impresiona, y aunque en ocasiones está algo lejos de ser refinado y detallado siempre es un gustazo escucharlo, en esta ocasión con un sensacional Raimondo, con tal autoridad y presencia tanto vocal como escénica. Quizás la mejor noticia de la velada, por auténtica sorpresa que supuso, fue la breve intervención del tenor vasco Xavier Anduaga como Arturo que nos dejó pegados a nuestra butaca con una bellísima voz y un fraseo excelente. Un cantante desconocido en nuestro teatro pero que convendría seguir muy de cerca y que pronto podría darnos grandes noches con roles más importantes.

Abbado, como no podía ser de otro modo en este repertorio, domina la partitura pero no le saca el partido que sí hemos podido comprobar que lo hace con Verdi con quien se le ve más relajado y a gusto y del que puede considerarse un auténtico especialista. Realizando una buena dirección lo vi demasiado pegado a la partitura y preocupado en que todo estuviera en su sitio, lo que no ocurrió en todas las ocasiones en lo que al volumen se refiere, lo que perjudicó a las prestaciones de Pratt. Se trata de la última producción como director principal del teatro y creo sinceramente que su balance ha sido positivo brindando muy buenas noches de ópera en un repertorio que domina a la perfección, el italiano, y que ha sido abrumadoramente mayoritario estas temporadas. Tanto la orquesta como el coro se despidieron de la temporada en máximos de calidad.

La atractiva y excelentemente iluminada escena de Grinda, de claro corte romántico en el sentido “alemán decimonónico” (por tanto desplazada en el tiempo), y de estética claramente Friedrichiana, es por tanto de corte clásico, lo sin embargo representa cierta novedad hoy en día. La dirección de actores no aportó gran cosa salvo algún detalle como el suicidio de Edgardo arrojándose de un acantilado. Grinda renuncia a significados más allá de lo que literalmente nos cuenta el libreto de Salvatore Cammarano.

Joaquín GuzmánJoaquín Guzmán