HUBO UN TIEMPO

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HUBO un tiempo en que sólo había dos canales de televisión, en blanco y negro, que se llamaban la Primera Cadena y el UHF. Aquellas siglas me llenaban de la reverencia sacra que provocan los enigmas irresolubles. UHF: como quien deletrea la clave de un secreto más allá de toda comprensión, el código cifrado de una verdad tan arriesgada que resultaba preciso descomponerla en ondas electromagnéticas y comunicarla a través del aire. UHF. Por las sombras chinescas de aquellas pantallas deambulaban -lo recuerdo- tambaleantes astronautas sobre la superficie rugosa de la Luna. Los cantantes vestían, sí, pantalones muy ajustados en la cintura, con camales acampanados de pata de elefante, y solían disponer de un coro de trillizas lánguidas que bailaban con pequeños saltitos idénticos, mientras mantenían los brazos pegados al cuerpo y las muñecas flexionadas hacia fuera, como bestezuelas a las que les aquejara el baile de San Vito.

Hubo un tiempo en que con una unidad de una vieja moneda llamada peseta los niños compraban a la salida del colegio regaliz en rama -aún puedo sentir en la punta de la lengua, tatuado en las papilas, el ácido rastro de su amarillo gustativo-, y pétreos chicles de la marca Bazoka (con un interminable sabor a fresa, o a cocacola, o a clorofila) y un paquete de pipas Churruca, y un polo de hielo con sabor a vainilla, que sacaba del vientre polar de su heladera ambulante un vendedor con mandil y gorro blancos. Hubo un tiempo en que mi abuela Carmen me contaba que hubo un tiempo en que con una pequeña fracción de aquella misma moneda de curso legal los niños compraban enormes canutillos de crema. Yo siempre pensé que mi abuela exageraba, para hacerme creer que hubo un tiempo parecido al mío.

En aquel tiempo remoto, cuando en los colegios se enseñaba una asignatura que se llamaba Lengua y Literatura Españolas, leí a un poeta que declaraba aquello mismo que mi abuela pretendía inculcarme: el hecho de que a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor.

Hubo un tiempo con transportes eléctricos que sembraban de cables el cielo de la ciudad. Se llamaban trolebuses y de su cornamenta saltaban chispas al discurrir por las avenidas. Hubo un tiempo en que a casa llegaban mensajes escritos con pocas palabras, las menos posibles. Se llamaban telegramas, y podían decir en su tartamudez cosas así: Lamentamos muerte. Pésame. Hubo un tiempo en que existían unos artilugios de acero para trasladar nuestros pensamientos al papel. Se llamaban máquinas de escribir y producían una música metálica a medida que avanzaban las letras en la página, un sonsonete que daba a las ideas una corporeidad industriosa y fabril. Hubo un tiempo en que con aquellas máquinas se podían hacer varias copias al mismo tiempo, incluso cinco o seis, introduciendo entre cada hoja una película entintada que se llamaba papel de calco. Los duplicados resultaban paradójicamente distintos, cada cual con su concreta tonalidad de gris, como si fuesen reproducciones tristes de su modelo, vástagos enfermizos de un padre más claro.

Hubo un tiempo con realidades que se llamaban ferrocarril de vía estrecha, y tocadiscos, y telégrafo, y transistor, y papel secante, y linimento de Sloan. Aún los escucho, aún los puedo tocar, aún los huelo.

Te lo digo, hijo, para que sepas que habrá un tiempo en que casi todo lo que te rodea pertenezca a una borrosa condición terrenal, equidistante de lo existente y de lo inexistente, hecho de materia palpable y de niebla espesa. Entonces te preguntarás si en verdad hubo o no ese tiempo que uno jura que hubo.