El fenómeno rosa arrasa con todo

ZABALA DE LA SERNAVALENCIA. A la bajada de los toreros mediáticos de las furgonetas de cuadrillas, una marabunta de adolescentes cargadas de cámaras, madres y abuelas les esperaba como desatado club

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ZABALA DE LA SERNA

VALENCIA. A la bajada de los toreros mediáticos de las furgonetas de cuadrillas, una marabunta de adolescentes cargadas de cámaras, madres y abuelas les esperaba como desatado club de fans; ellos, los jóvenes, padres y abuelos, más prudentes, simplemente acompañaban, no sin curiosidad. Pero ya dentro de la plaza ellos y ellas fueron una piña, una sola voz. El fenómeno rosa generado por los programas del género había arrasado en la taquilla -se colgó el «no hay billetes»- y los tendidos se convirtieron en el plató de «Tómbola» sin regidor. «Tómbola», al fin y al cabo, nació y creció en el tubo de ensayo de la televisión valenciana para después extenderse por todo el territorio mediático nacional: mismo formato, distintos nombres. O sea que tampoco hay por qué extrañarse de que Valencia respondiese así a la llamada de Jesulín de Ubrique, Manuel Díaz «El Cordobés» y Francisco Rivera Ordóñez. Aunque sí, al menos, sorprendan las reacciones de corte histérico y pueblerino ante muletazos trapaceros o faenas ramplonas, cuando no histriónicas. O sea que el fenómeno arrasó como un tornado no sólo con el boletaje, sino también con los parámetros de mínima seriedad que se le suponen a una plaza de primera. Episodios sucedidos ayer son al toreo lo que la película de Borat al cine.

Llenar una plaza, o hacerlo con asiduidad, no legitima todo. Los críticos somos esos señores de negro a los que nos fastidia que el personal se lo pase bien y se divierta. Y sin embargo a mí me pareció estupendo que la gente lo gozase con la segunda faena de Jesulín, que tuvo el temple por bandera y un fondo bueno como el toro. Como toda la inválida corrida de Barral, blandeó, pero se sostuvo en manos del hombre que se despedía de la afición valenciana o de lo que queda de ella. Había principiado la faena sentado en el estribo, para después erguirse y hacer el mejor toreo de la tarde sobre la mano derecha, despacio y asentado. Mil veces más hubiera merecido su hacer la oreja, de no pinchar, que la que se le entregó en su primero, un toro que se lo pensaba, que dudaba mínimamente -respondía a su nombre de «Dudoso»- y que hizo dudar al diestro de Ubrique. Poco a poco se afianzó. El viento también molestó lo suyo, a la vez que colaboró a que la terna escogiese los terrenos de sol, donde el personal agradece incluso algún desarme. Al final Jesulín había metido a todos en el canasto, de rodillas, de espaldas, antes de despacharse con un espadazo eficaz que se unió a estos últimos momentos.

La oreja que cortó El Cordobés al flojísimo y manejable quinto entrará en la historia cachonda de esta plaza, que como toda cosa seria debe tener su lado anecdótico. Díaz se desmelenó en rodillazos, derechazos infames sin cintura y, por supuesto, en el salto de la rana. Los amagos de cabezazos al toro se celebraron entre oles femeninos y risas masculinas. La tetraplejia del anterior toro impidió cualquier mal mayor.

Rivera Ordóñez casi empata a sus compañeros en trofeos. Con la vara de medir que había, raro fue que el palco no le entregase la oreja del noble tercero. Hubo algunos redondos y verónicas destacables. La vuelta al ruedo transcurrió con una parsimonia que no apareción con un grande sobrero de Martelilla de muchos pies. Rivera banderilleó con alarde de facultades entre la algarabía general y muleteó a velocidad de vértigo. Todavía entonces por la sombra volaba un sujetador en busca de su dueña, seguramente más en puntas que la corrida.