Joaquín Guzmán - Crítica

Escena de Graham Vick con música de Mozart

«Si bien es la quinta vez que trabaja en ella, posiblemente a Vick esta obra le venga grande para lo que en esta ocasión pretende»

Joaquín Guzmán
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Aunque pudiera parecerlo a primera vista, esto no va de un apolillado público de Les Arts todavía incapaz de asimilar propuestas rompedoras del repertorio clásico, y más si se trata de una ópera de Mozart. De hecho, ya se han representado revisiones modernas de óperas sin un solo abucheo, sino todo lo contrario. Véase las producciones firmadas por Damiano Micheletto. Por lo que a mi respecta, hay desde el “escandaloso” Anillo de Patrice Chéreau de 1976 hasta hoy, propuestas trasgresoras, más o menos “dinamitadoras”, y ya históricas, que me parecen de gran interés, logrando engrandecer libretos y música escritos en los siglos XVIII y XIX y otorgándoles el marchamo de intemporalidad. Lo que sucede es que en estas propuestas “ideológicas” hay una delgada línea roja que es fácil traspasar, con el peligro, en este caso, de asistir, inicialmente, a una Flauta Mágica con escena de Graham Vick, para acabar en una propuesta de Graham Vick con Música de Mozart.

La idea de hacer algo rompedor con celebérrimas obras instaladas en el imaginario colectivo es algo que me seduce desde el principio, y debo reconocer, que inicialmente me atrapó la idea de trasladar al presente social la acción de la fábula mozartiana, situándola en tiempos de zozobra económica, desigualdad y dominio de las élites. E incluso, un buscado feísmo me pareció un recurso aceptable (la excavadora como serpiente, Papageno como hombre anuncio de una empresa de pollos, el retrato de Pamina compuesto por un tanto cutre puzzle de fotografías de sus ojos…). No es mala, a priori, la idea de la reivindicación social que domina toda la producción, pues hay que pensar que el trasfondo de la obra de Mozart, estrenada dos años después del estallido la Revolución Francesa, es un canto del cisne del Antiguo Régimen y una bienvenida de los nuevos ideales que trae la Ilustración. Pero Vick quiere hacer de libretista y ahí es donde empieza el desparrame. Tuve la esperanza de, quizás, asistir a una pequeña genialidad, pero desgraciadamente asistimos a un ejercicio de egolatría que iba engordando, y se expandía como el universo, en el complicadísimo segundo acto. Si bien no hay mucho esmero en la ejecución de los escenarios que, como me decía en el descanso un aficionado con mucha ópera a sus espaldas, eran más propios de una función de fin de curso, sí que hay que aceptar una trabajada y compleja dirección de actores, que se movieron delante y detrás de la orquesta invadiendo el patio de butacas un tanto caprichosamente. No puede afirmarse si uno es justo que no haya trabajo detrás de este cóctel de autocomplacencia, porque lo hay y mucho, aunque sea persistiendo en el error; y, si bien, es la quinta vez que trabaja en esta obra, posiblemente a Vick esta flauta le haya venido grande, al menos para lo que en esta ocasión pretendía.

Imagen del ensayo general de «La flauta mágica», de Mozart, una coproducción de Les Arts y el Macerata Festival de Italia con dirección musical de Lothar Koenigs y escénica de Graham Vick
Imagen del ensayo general de «La flauta mágica», de Mozart, una coproducción de Les Arts y el Macerata Festival de Italia con dirección musical de Lothar Koenigs y escénica de Graham Vick - EFE

El complejo segundo acto se convierte en un galimatías conceptual para un espectador con la paciencia al límite y con signos de agotamiento, entre baterías de misiles dirigidos no sabemos a quien y con el reloj con la cuenta atrás activada, a la imagen de la Virgen con una venda en los ojos o contemplando a Papageno fumando un canuto cuando lo que canta se refiere al vino. Detalles un tanto pasados. La, a priori, interesante idea de hacer intervenir a un grupo de ciudadanos no profesionales, con frases en español para “guiarnos” en la idea Vickiana que recorre esta ópera (como ven a estas alturas ya nos hemos olvidado de Mozart), pudo aportar algo de haberla puesto en práctica puntualmente, pero fue un manoseado recurso empleado en abundancia, y se le fue de las manos…como casi todo. En el terreno de lo contradictorio llamaba la atención presentar una Pamina ridículamente aniñada, caprichosa y poco responsable de sus actos (acentuando el sesgo machista de la obra, que ciertamente existe), y a su vez “blanquear” -¿corrección política?- a Monostatos que en el libreto de Schikaneder es un negro, colocándole un pasamontañas, y por tanto no presentándolo como lo que es: un hombre de color.

Al final, tras un éxito notable musical, llegó el pandemonium con una avalancha de abucheos, histórica en este teatro, que debo reconocer, me sorprendió por la virulencia, hasta el punto de que una persona que estaba cerca de mí, experto en lides teatrales, dudaba de si formaba parte de la propuesta escénica del director británico, que en el último sprint ya estaba sumida en el terreno de lo disparatado. Vick ya había probado el amargo sabor de los abucheos en el estreno en Macerata, este verano, aunque en aquella ocasión hubo una mayor división de opiniones (que yo pensaba, equivocadamente, que aquí también se produciría). La sentencia extendida de que en València se aplaude todo (haciendo referencia a una mezcla entre poca tradición en el sentido “livermoniano” y falta de sentido crítico), fue enterrada definitivamente. No es agradable ver abuchear y más cuando más allá de Vick hay un trabajo de mucha gente que puede salir mejor o peor, pero la reacción del público no fue en absoluto impostada, al contrario, fue un ejercicio de libertad espontáneo y sentido.

Mozart y la música

Creo que la dirección musical de Lothar Koenigs es mejor de lo que se pudo escuchar y digo esto porque creo que no disfrutamos en toda su dimensión la propuesta del director alemán, sencillamente porque a Vicks se le ocurrió instalar pasarela tan ancha entre el foso y el público que el sonido, tanto en volumen como en transparencia, se vio seriamente perjudicado. ¿Lo habría aceptado Maazel?. Piensen en un equipo de alta fidelidad de muchos miles de euros, una grabación de la Flauta Mágica excelente, pero los altavoces dirigidos hacia el lateral o tapados con una manta. Esto no es Bayreuth ni concha que se le parezca. Mi impresión es que la orquesta tocó estupendamente y Koenigs llevó una buena dirección musical elegante, acompañando con gusto a los cantantes. Eso si, no optó por los contrastes dinámicos, sino que extendió un suave manto a los pies de las voces.

Los cantantes se movieron en un terreno entre lo bueno y lo notable. Me gustó el Tamino de Dmitry Korchak, que, aunque no es el cantante más refinado del mundo para roles como este, sin embargo, tiene una voz con cuerpo, el fraseo es estupendo y realmente da gusto escucharlo. No disfruté tanto de la Pamina de la italiana Mariangela Sicilia, que se llevó las mayores ovaciones. Una cantante que es capaz de grandes momentos, pero que presenta una emisión irregular, que en ocasiones hace que su voz se adelgace demasiado, en determinados momentos, hasta el punto de no traspasar adecuadamente el foso. Muy bien Mark Stone como Papageno tanto vocal como actoralmente. El bajo Wilhelm Schwinghammer cumple perfectamente con un elegante y noble Sarastro, hasta que hay que bajar a los terrenos abisales donde entonces pasa apuros para mantener la línea. Tetiana Zhuravel fue mucho mejor en la celebérrima y complicada coloratura que Mozart escribió para la Reina de la Noche que en los pasajes dramáticos que demandan una voz más ancha y dramática que transmita poder y maldad. No es fácil encontrar una cantante que aborde esas dos caras de la misma moneda con iguales prestaciones. Bien Moisés Marín como Monóstatos y excelentes las tres damas y el trío de niños.

Escena de Graham Vick con música de Mozart

1 de diciembre 

Palau de les Arts

La flauta mágica, ópera en dos actos de W.A. Mozart

Dmitry Korchak, Mark Stone, Tetiana Zhuravel, Wilhelm Schwinghammer, Mariangela Sicilia, Moisés Marín Júlia Farrés-Llongueras.

Cor de la Generalitat

Orquesta de la Comunitat Valenciana

Lothar Koenigs, director musical

Graham Vick , dirección de escena

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