«Entiendo que el valenciano y el catalánson la misma lengua»

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Valenciano de Onteniente, Francisco Ferrero es director del Cervantes en Viena y marido de la ministra austriaca de Exteriores, futura candidata a la Cancillería

Dejó su tierra natal a los 21 años con destino a Tenerife. Desde entonces, ha vivido y trabajado como profesor en ocho Universidades de España, Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Austria. Hace ocho años llegó a Viena acompañando a su esposa, Benita Ferrero-Waldner, la actual ministra de Asuntos Exteriores de Austria, que tiene muchas posibilidades de optar a la presidencia del Gobierno. Y desde hace dos años dirige el Instituto Cervantes de Viena.

-¿Cómo llega un valenciano de Onteniente a Viena y cómo se adapta a dejar atrás el Mediterráneo?

-Al principio mal, porque yo soy mediterráneo, soy un hombre de luz y de paisaje y aquí hay otra cultura, otra civilización y otra forma de ser. Pero en un matrimonio de distintos países y de distintas carreras, uno tiene que ceder. Cuando yo tenía preparado un contrato en la Universidad de Columbia, en Nueva York, surgió lo de la política de mi mujer. Me dijo que quería venir a Viena. Justo cuando me estaba adaptando a Nueva York, que por otra parte es más fácil que Viena, porque es una ciudad muy cosmopolita, y yo soy un enamorado de la diversidad.

- Cómo aceptó el reto de dirigir el Instituto Cervantes?

-Eso fue al cabo de unos años. Yo llegé a Viena casi sin trabajo y logré unos cursos en el Cervantes sobre el cuento, tanto español como latinoamericano. Me fui integrando cada vez más hasta que fui profesor titular y desde hace dos años ejerzo de director. Antes fui profesor en la Universidad y en el Instituto de Traducción.

-¿Cree que el público austriaco está abierto a lo español?

-Yo he encontrado una buena disposición. Han surgido muchas instituciones públicas y privadas en las que se estudia español. Nosotros hemos elevado el número de matrículas en más de cien alumnos desde el pasado curso. Viena es un centro importante para la promoción del español cara a los países del Este, un trampolín hacia el antiguo Imperio Austrohúngaro.

-¿Toda esa ilusión por el trabajo compensa el hecho de no estar en casa?

-El tiempo no atenúa el sensimiento de añoranza. Uno tiene los amigos y la familia por ahí. Tengo muchísimos amigos en Valencia, en las Canarias, donde viví veinte años, en Nueva York, donde viví dos, en París, donde estuve seis. Uno se va dejando trocitos del corazón en todas partes. He conocido muchas lenguas, muchas culturas. Y eso es fundamental frente a las cerrazones actuales, de mirarse el ombligo y pensar que se tiene el más bonito. Hay que pensar que todos los ombligos son bonitos.

-Pero siempre hay un punto de partida al que se vuelve.

-Sí, claro. Pero amar lo de uno no significa pensar que eso es lo más importante del mundo. Se conocen otras cosas y uno se da cuenta de que ni la torre del pueblo es la más alta del mundo ni las morcillas de Onteniente son tan buenas como las de otros sitios. Cosas que uno aprecia pero sin perder lo demás.

-Pese a ello, sigue considerando que Valencia es su hogar?

-Sí. En Valencia me encuentro muy cómodo. Amo profundamente mi tierra, el campo, Denia, Altea, los montes. Cada vez que veo un incendio, como este verano en Buñol, me quema el alma. Tengo casa en Jávea, en el Montgó, y allí ha habido incendios y veo lo que se pierde. Uno es de allí, pero ya no lo es. Quiero aquello, pero ya no soy sólo valenciano, sino también de otros muchos sitios.

-¿Cómo valoraría la idea de un instituto valenciano de cultura para promocionar el idioma valenciano en el exterior?

-Para empezar, entiendo que el valenciano y el catalán son la misma lengua. Creo claramente que dos personas que se entienden es porque hablan la misma lengua y yo, como hablante de valenciano o catalán, si hablo con un gerundés, me entiendo. Claro que hay palabras distintas, pero eso pasa también entre España y Latinoamérica. Una lengua y su cultura es una riqueza y España es un país con cuatro lenguas oficiales. Hace falta que los españoles sean concientes de ello y a partir de ahí darle a cada lengua la importancia que tiene. Una lengua no puede ser un arma política de división y de exclusión. Una lengua no puede excluir a nadie. Eso es terrible, un tipo de discriminación. Yo soy de origen valenciano y me gusta mi lengua y he tratado de mejorar mi valenciano. Pero también mi español o mi alemán o mi francés o mi inglés. Y ojalá pudiera estudiar chino.

-¿Se acostumbra uno tanto a viajar y a estar fuera que pierde la idea del regreso?

-Yo no me planteo mi regreso. Yo tengo casa en Jávea, paso allí un tiempo, pero no me planteo regresar. Me planteo el día a día. Aquí hay una batalla que hay que hacer. Las vacaciones casi siempre las pasó allí. Mi mujer y yo nos sentimos muy cómodos en España, aunque también en Austria.

-De todas formas, ¿no se habrá acostumbrado tanto a Austria que prefiera el típico Wiener Schnitzel a la paella?

-No, me gustan las dos. Eso es lo bueno, que de cada país se coge lo mejor. Hay que buscar siempre lo positivo de cada sitio y analizar lo negativo.

TEXTO: ANTONIO SÁNCHEZ SOLÍS, corresponsal en Viena