Ensayando círculos

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P OR más que se haya convertido en una ceremonia que se celebra en público con mucha frecuencia, el acto de fumar un puro es un rito de absoluta intimidad. Se trata de un ejercicio de uno mismo en compañía de la conciencia propia y de los propios sueños. Porque el fumador, cuando inhala el humo azul de un habano, aunque parezca que está junto a nosotros, en el presente, se halla muy lejos de aquí, en un instante fuera del tiempo. Su imaginación lo lleva de paseo por los tabacales de Pinar del Río, en Cuba, que es el paraíso adonde viajan las fantasías benéficas de los fumadores, para acariciar las hojas de las plantas en las vegas y dejarse mecer por el viento de fuego húmedo que allí sopla. La imaginación de los fumadores tiene querencia caribe y suele acompañarse de un roncito.

La fuma -que es el hecho solemne de fumarse un cigarro puro- es una disciplina espiritual, de hondas raíces meditativas. Uno aspira el tibio humo aterciopelado de un tabaco -que es como debió seguir llamándose siempre a los cigarros puros- y se convierte en pequeño filósofo, aunque sea de su mismidad pequeña. Uno da una bocanada del humo sagrado de una corona mitológica, después de encenderla con mimo entre los dedos, y se siente reconfortado con la existencia. Piensa que el mundo está bien hecho, al menos durante el tiempo que dura su habano.

Un poeta dijo que la vida era una tarea de ensayar círculos. Puede. Pero en cualquier caso, también círculos de humo.