Elogio de la visceralidad

POR OBDULIO JOVANÍ
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EN el primero de los recuadros que escribí en estas páginas —¡y ya llevo cerca de mil!— hice un «Elogio de la discordia». Hacía poco que dos conspicuos valencianos, Mollà y Mira, llamaron a la concordia en su ensayo «De impura natione». En un lado de la mesa situaron a Fuster: «tonant pare, raó, verb, vent i núvol, trascendència»; en otro «el blaverisme fanàtic, els escamòts de la component legionaria-patibularia, les ties maries, les cohorts obertament feixistes», evidenciando la imposible concordia entre un santón y unos infieles. Hubo otro que pedía «un diálogo fundado en la ilustración y la luz, no en la primacía de la víscera y la adrenalina». Uno más, sindicalista de CC.OO., ofrecía diálogo «pero desde la civilidad».

¿Cómo se podía dialogar con aquel, coronado de laurel; o con este, encarnación viva de la mismísima Roma? Respóndale al primero Karl Jung, discípulo de Freud: «El sentimiento es una función racional ordenando un acto voluntario». O Campanella: «La visceralidad —la razón del pueblo— triunfará sobre el cinismo de la razón». Y aún Papini cuando escribe de «la concupiscencia viciosa de la razón, de la infatuación de la inteligencia».

Entonces escurrían el bulto con el sambenito de las «discusiones estériles, bizantinas», con cuyas evasivas pretendían ahogar la inteligencia ajena, troquelando mentes a su servicio... «al hablante no se le da la palabra —decía— al escritor se le adapta la letra»... para que todos usaran para hacer la O un canuto del 32.

También hice un elogio de las faltas de ortografía: «Alavanza y helogio de las faltas de hortografia», por rebeldía, pues horneando aún los rencores de la guerra civil, ya en el patio de la escuela entendí lo que más tarde aprendí del lingüista mejicano Raúl Ávila: «La ortografía se ha utilizado para reprimir a los pueblos». Más recientemente leí a Paul Valery: «Formulación imperiosa e imperativa de errores y falsas etimologías artificialmente fijadas por decisiones inexplicables».

Escribí también un «Elogio de la crispación». Aduje para la ocasión memoria de un loco a quien el psiquiatra Vallejo Nájera quiso aliviarle el dolor por la muerte de su esposa con unas pastillas curativas y recibió del paciente esta respuesta: «Por favor, doctor, no me quite su recuerdo que es lo único que me queda».

Me recude aquella loca lucidez cuando desde el Poder, ese abuso de poder, se nos quiere medicar con pastillitas de hipócrita moderación —placebo restrictivo de nuestras libertades—y no puede sino pedir que no nos quiten la crispación... que es lo único que nos queda.

Hemos pasado, bien afilados picos y espolones, a la dialéctica de los dicterios que se practica en los escaños de las galleras —de Madrid, de Valencia...—._ en las «sesiones de control», más bien «de desahogo», que ahí va de gallo a gallo la palabra áspera, la amenaza pronta... No nos dejemos quitar «la razón del pueblo», lo poco que nos queda, pues el voto nos lo vienen hurtando con engaños, con promesas incumplidas. Qué «razón» la de aquel indígena que le dijo a otro viendo llegar las carabelas de Colón: ¡Estamos perdidos, traerán un Parlamento!