La doma épica

La doma épica

CARLOS MARZAL
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WILLIAM Faulkner dejó escrito, en unas páginas magistrales de su novela Light in August, que la épica tiene un olor específico: el de los caballos extenuados tras el esfuerzo, con sus cuajarones blancos de sudor que se les deslizan por el pecho abajo, mientras resoplan con los ollares palpitantes. La épica huele a establo estercolado y a paja húmeda de orina caliente recién vertida. Basta con oler ese aroma alguna vez para saber que no hay duda: ese es el olor de la épica.

La doma western es a la doma clásica lo que el break dance al universo del ballet con sus tutús vaporosos y sus zapatillas de punta: una disciplina de apariencia descoyuntada, pero que se encuentra sometida a un orden cartesiano. Y es que en casi todos los ámbitos de la vida, desde los relatos en prosa a la carrera por la conquista espacial, los americanos han considerado que la estética es un sinónimo de eficacia. Las piruetas sin finalidad, las sinuosidades de la conciencia y los saltitos en el vacío constituyen maneras europeas de perder el tiempo. Maneras con larga tradición, pero maneras de perder el tiempo.

Los caballos appaloosas tienen leyenda de nerviosos. Para montarlos en estampida, transmitirles las ayudas durante sus giros de vértigo y soportar sus arreones y paradas, hay que tener un equilibrio de funambulista y unas piernas de acero con los abductores de un atleta. Lo demás es inspiración y compenetración entre la mente de la amazona y su montura, que se adivinan el pensamiento antes de que el pensamiento haya ocurrido. Lo demás es sudoración: la del caballo y la de la amazona. Es decir: lo demás es épica.