El desierto de Narbona

Apunto de darle la vez al otoño, ese tiempo apaciguado de hojas caedizas, tardes en mengua y noches anticipadas que empadronan la añoranza y resignan la esperanza, cercanos ya los encogimientos del

POR OBDULIO JOVANI
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Apunto de darle la vez al otoño, ese tiempo apaciguado de hojas caedizas, tardes en mengua y noches anticipadas que empadronan la añoranza y resignan la esperanza, cercanos ya los encogimientos del invierno, tiempo retraído y anoréxico, a Santander se ha ido doña Cristina -para unos «la aguadora», para otros «la sequera»- a llevarles a los cántabros nuevos usos del agua, el quita y pon, en verano os la doy, en invierno me la devolvéis; cerca de Fontibre, donde antes nacía el Ebro según aprendíamos en los años 40 del XX, que ahora nace «en tierras extrañas» según se enseña a «la canalla» en escuelas catalanas, allá donde el hecho diferencial es valor eterno, unidad de destino en lo universal, «recerca» identitaria de obsesiva recurrencia, factor RH coagulador de meninges -en las que España no cabe si no tienen via libre para acceder a ella por la puerta de la beneficencia- que así se exalta la ignorancia, donde enseñar ya no es corregir sino adoctrinar, cantaleteando la Historia hasta convertirla en romántica, donde los ortodoxos hacen del retranqueo apartheid,.. y de la pela, pela. Un inciso: muestro mis afectos por Santander, a cuya ciudad ayudamos con aportaciones los escolares de toda España -aún entera, aún solidaria- cuando un incendio destruyó su barrio viejo; en mi escuela recorriendo pueblos del entorno haciendo teatro.

De vuelta al caño, le recuerdo a la doña unas palabras de Indalecio Prieto: «No puede ser obra partidaria sino nacional, no de impulso sino de continuidad histórica a través de Gobiernos de todos los matices». Pero la señora ministra -de cuota, de Vogue y de estirpe franquista- está por traernos a Valencia soluciones desaladoracionales, para que hagamos la paella en salmuera, mientras ese río que «guarda silencio al pasar por el Pilar», nos haga ¡tururú! al desaguar en Amposta. Aunque si hacemos caso de los agoreros del tiempo -antes de los del agujero de ozono, después de los del calentamiento global, ahora de los del cambio climático- en diez años Valencia será un desierto -Grisolía dixit- con lo que ya podemos aviarnos en la cría de camellos, en plantar chumberas, en aprender las artes de guisar cuscús, en olvidarnos del jamón de pata negra, en doblar el espinazo descalzos, en leer el Corán, dale que te pego al arabesco; y los hombres en hacer acopio de camas en Ikea para tanta Fátima y tanta Mairén como nos corresponden, Alá es el más grande.

Todo vendrá al mismo tiempo que los reinos de taifas, que las baronías, muy a pesar de los lamentos de Carlos Marx sobre «las pugnas de los pueblecitos raquíticos e impotentes para lograr la independencia»; tan arrebatados llevan sus perrenques levantiscos que cada día amenazan con un nuevo descarrío: que si la huelga fiscal -¡calaix tancat!-, ya se sabe, «ahora cuento, ahora creo»; que si el fútbol Catalunya-USA -antes tan denigrada como invasora de Irak y ahora tan deseada -no se olvide que «la Caixa» patrocina la selección de fútbol ¡de España!-; que si amago la bandera, que si la cubro, que si matando vocablos a filologazos, tal como nuestro «paraigües» que ahora es de obligado cumplimiento sustituirlo por «paraigua», como hacen en Guantánamo 9, ese penal de Burjassòt donde sirven tantos jusmesos, mantecas y megas; que «el que badalla no rota». Esto acabará siendo «El desierto de Narbona», a pesar de que sus biógrafos digan que «piensa en verde». Pongámosle nombre ahora que aún tenemos alguna escorrentía para el bateo y «bajoqueta» para el hervido, que en un tris tras... no vamos a tener ni eso, ya verán.