Damas de blanco

POR RAFAEL RIPOLL
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DIFÍCILMENTE otro país en el mundo provoca tantas y tan diversas sensaciones entre los españoles como Cuba. Desde aquella Isla Juana como la bautizó Colón, pasando por el hogar de Hemingway hasta la actual penumbra en la que sobrevive el país, muchos trazos han marcado su historia.

De todos ellos destaca especialmente el tizón negro con el que la dictadura de los hermanos Castro ha marcado gran parte de la historia cubana de los últimos cincuenta años.

Testigos del triste presente que vive Cuba son sin duda la Damas Blancas que piden el reconocimiento de sus familiares como presos políticos frente a la condición de reos comunes que les asigna el régimen cubano.

La más tenue de las concepciones de una justicia como tal debería amparar la esencia de su reivindicación, que no es otra que salvar del fanatismo político parte de la naturaleza del hombre, como es su libertad de expresión o pensamiento.

Creo que las peticiones de estas vejadas Damas Blancas no encuentran suficiente amparo en Occidente que, como en tantos temas, mira al infinito con la excusa de la no injerencia en los asuntos internos de otro estado.

Ésta parece ser la posición del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que ha ignorado sistemáticamente a la disidencia democrática.

Es más, ha fracasado en su intento vía diplomacia silenciosa de que el régimen variara un ápice sus postulados antidemocráticos e incluso ha puesto en entredicho la posición común de la Unión Europea fijada en el noventa y seis, que señalaba a Cuba su camino hacia la transición pacifica y democrática. Deberíamos de llegar a la conclusión de que el ser humano no es asunto reservado a ninguna soberanía o Estado y requiere respeto y apoyo de todos, allá donde se entienda violentado en sus dimensiones básicas como la libertad de expresión.

Se trataría de tomar conciencia de todo ello, superar algunas inconsistentes barreras ideológicas y denunciar donde acontezca cualquier vejación del ser humano. Concienciación acompañada de acción.

Hasta Saramago escribió tras un horrendo asesinato político en la Habana el famoso «hasta aquí hemos llegado» condenando el régimen castrista.

No cabe oír sin informar, escuchar sin denunciar. Occidente recuerda aquella película donde Al Pacino pregunta al protagonista ante su indecisión: ¿tú eres parte de la solución o del paisaje? El colosal Baroja describe en el «Árbol de la Ciencia», quizás influido por Schopenhauer, la reacción dispar de los españoles al conocer la pérdida de Cuba. Ignoro su adecuación con la realidad pero hoy el problema no es de pérdida territorial o de soberanía, se trata de decenas de seres humanos encarcelados y de un grito unánime de libertad que apenas atendemos. Alguien dijo que cuando la voz de un enemigo acusa, el silencio de un amigo condena.

Las Damas de Blanco iniciaron su andadura en el año 2003, tras la Primavera Negra de Cuba; poco después recibieron el Premio Sájarov prolibertad de pensamiento que otorga el Parlamento Europeo. Hoy, tras siete años de lucha, siguen vetadas por las autoridades cubanas que incluso han impedido en varias ocasiones sus marchas pacificas.

Estas mujeres ponen de manifiesto ante el mundo el silencio de la complicidad y la palabra de la disidencia.