Consideración del Norte valenciano

ManuelMiliánSer valenciano y valencianista son dos anclajes irremediables, inexorablemente aunados en el alma de quien se siente hijo de una tierra pobre y montaraz, como Els Ports de Morella, allá

Por Manuel Milián
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Ser valenciano y valencianista son dos anclajes irremediables, inexorablemente aunados en el alma de quien se siente hijo de una tierra pobre y montaraz, como Els Ports de Morella, allá donde acaba el Reino y se engarza con Aragón y Cataluña en el Toçal del Rei. Siempre me he preguntado por la escasa consideración que la Comunidad Valenciana ha tenido por estas altas tierras que Isabel II reunió bajo el apelativo -históricamente errado- de Alto Maestrazgo. Justamente en tierras de realengo, que nunca fueron sometidas a otra autoridad medieval que no fueren los Reyes. Aquí no hubo feudos, ni infeudaciones, ni ordenes militares que rigieran estas latitudes. El Maestrazgo de Montesa finiquitaba en los valles de Xert y su sede magistral (mensa magistralis) estaba ubicada en Sant Mateu. ¿Por qué el común pensar, y sus consecuencias, fueron siempre más propias de las fronteras limítrofes de la Corona de Aragón que del dominio efectivo valenciano? Esa es una cuestión histórica que ha impreso carácter. En primer lugar, los morellanos no secundaron la causa de la Germanías en el siglo XVI; se rebelaron contra ellas, las combatieron activamente y sus tercios derrotaron a los agermanats en la batalla de Morvedre, Sagunto. Hoy aún doblan en el campanario de la basílica morellana los bronces fundidos de los cañones tomados en esa contienda a los valencianos. En segundo lugar, en la guerra de Sucesión mis paisanos lucharon para la causa de Felipe V, quien les reconociera su apoyo con un día de mercado franco los jueves, complemento del mercado medieval otorgado por Jaime I el Conquistador en 1232, tras la reconquista. En tercer lugar, en estos puertos la causa carlista arraigó hasta la consumación de toda una afiliación bélica de la mano del general Cabrera que obligó a Espartero a reconquistar todo lo que la Reina de España había perdido antes de 1840.

Esta realidad, además de su propia condición eclesiástica tortosina invariable desde la Romanización, ha forjado un modo de ver y de hacer las cosas sustancialmente distinto al de los valencianos del mar y de la huerta. De ahí que Joan Fuster escribiera que «los morellanos catalanean». Y, sin embargo, su carácter obsesivamente tenaz (que no de otra manera se puede vivir, o sobrevivir, en estas serranías) es tan valenciano o más que el de la costa mediterránea. Pero de otra manera. La lengua es una herencia de los repobladores de la Conquista medieval procedentes de Lérida y Gerona. De esa raíz proceden la mayor parte de nuestros apellidos, al igual que no somos ajenos, ni por nombres, ni por usos, ni por tradición de la considerable población judía que abundó en el Medievo, atraídos por los privilegios que otorgó en el siglo XIII el Rey D. Jaime I y su hijo Jaime II. «Morella fa per nul hom de mon sino a Rei» escribe el Conquistador en su Crónica. Y Joan Fuster se enamoró de nuestra lengua de resonancias leridanas, al igual que Joan Corominas, el gran filólogo catalán que recorrió nuestros pueblos, masías y aldeas recopilando términos y vocablos que andaban todavía adheridos a los arcaísmos del valenciano antiguo o el catalán aquí hablado. Pero no es mi ánimo acudir a polémicas lingüísticas, aunque existe en el Archivo Eclesiástico de la Arciprestal Basílica de Morella un «Capvespre» del s. XIV sumamente documentado que admiró como fuente lingüística al autor del Diccionari etimològic i complementari de la llengua catalana (1980-1991).

En el vértice de la frontera aragonesa los hombres de Els Ports son -o eran- laboriosos, tenaces, aguerridos, ahorradores y con notable espíritu de iniciativa. Sus industrias textiles medievales, claro ejemplo de la protoindustrialización, se ampliaron a un tejido muy productivo y fabril hasta bien mediado el siglo XX, en un paralelismo muy curioso con Alcoi en el otro extremo levantino. Todavía hoy perduran muchos apellidos de raíz judía, idénticos en muchos casos a los de los «xuetas» mallorquines. Y no faltaron mercaderes (como los Aster) orfebres del siglo XIV y XV (como la familia Santalinea) una tradición hebrea que persiste hasta el siglo XX con los hermanos Gallén Ferreres, que cierran esta saga de varios siglos (El punzón de Morella, de M. Milián Boix).

Este espléndido Norte valenciano, tan rico en monumentos y cultura, con una tradición folklórica y etnológica asombrosa, a veces nos remite a claras influencias italianas, producto sin duda de los mercaderes toscanos. El siglo XIV y parte del XV se constituyen en tierras de Morella y Sant Mateu centros de comercio internacional de lanas, que procedían de la Mesta castellana y del valle del Ebro. Estos emisarios del famoso mercader Francesco di Marco Dattini (de Prato) han legado una abundante correspondencia que hoy atesora el Archivo Dattini de aquella ciudad toscana próxima a Florencia. Dicha documentación fue en su día estudiada por el profesor Melis, y publicada en parte por el historiador M. Milián Boix. Abundan las curiosidades en los informes que proporcionaban sus enviados, como Tuccio di Genaio, donde se especificaba, por ejemplo, que en las riberas del río Bergantes se producía «el mejor azafrán del mundo».

Aquel comercio mediterráneo aportó materiales, instituciones y obras de arte (algunas desaparecidas en los sucesivos expolios del general Bazán y de Espartero, durante la Desamortización de Mendizábal o la conquista de Morella en 1840) que hoy perduran en la cultura dels Ports: la obra monumental y renacentista italiana de la escalera del coro de Santa María de Morella, obra del italiano Giuseppe Belli en el siglo XIV-XV; el terno de Sant Julià, espléndidos ornamentos litúrgicos florentinos y venecianos del siglo XV; las danzas del Sexenni, en particular els Torneros, clara traslación sienesa de corte señorial y palaciego, y más tardíamente la Madonna de Sassoferrato (Juan Bautista Salvi, nacido en Florencia en 1601). Tal vez la más clara influencia italiana sea el Real Convento de Sant Francesc, apenas cien años después de la fundación de la orden franciscana por San Francisco de Asís, con la espléndida Dansa de la Mort -y el desaparecido Banquet de la Vida en la pared de enfrente- en la sala penitencial del Convento. Una obra mural de matriz toscana, aunque su autoría hoy todavía permanezca en el anonimato, y que guarda relación probablemente con el autor del trascoro gótico de la basílica.

Tanta riqueza cultural merecería una mayor dedicación por parte de las autoridades valencianas. Pocos acervos monumentales, pocos conjuntos urbanos, son comparables en toda la Comunidad al tesoro dels Ports de Morella. De ahí mi empeño en que la política cultural de la Generalitat debería patrocinar un esfuerzo presupuestario mayor del hasta hoy efectuado. Un ejemplo de estas prioridades lo estaría dando la Diputación castellonense desde los años de Carlos Fabra, padre, a estos convulsos tiempos de su hijo Carlos Fabra, actual presidente de la institución. Políticas muchas; lo que falta es una política general que revitalice tantas bellezas.

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